Trropas bolcheviques desfilando en la Plaza Roja de Moscú en 1917

Antony Beevor, Rusia y el origen de todo: Revolución y guerra civil, 1917-1921

Que la revolución rusa y sus dirigentes han ido perdiendo el atractivo que alguna vez tuvieron es algo palpable a cada nuevo título aparecido. Si todavía en 1971 el gran Edmund Wilson podía escribir que, “a diferencia de Stalin, había en Lenin una fibra de bondad”, hoy tanto la figura del padre de la Rusia soviética como la de su revolución están mucho más deterioradas. Aunque todavía quedan marxistas (Neil Faulkner y alguno más) que dan una imagen favorable de ambos, esos autores van quedando claramente en minoría. Se vio hace cinco años con la oleada de nuevos títulos suscitada por el centenario de 1917.

Ahora,  Antony Beevor, el historiador británico experto en temas militares –ha dedicado libros a prácticamente todas las batallas importantes de la segunda guerra mundial: Stalingrado, Berlín, Creta, Normandía, Las Ardenas, además de una historia de La segunda guerra mundial y otra de La guerra civil española– se ocupa de la revolución rusa y sus secuelas en Rusia. Revolución y guerra civil, 1917-1921 (Crítica). El libro tiene la minuciosidad habitual en Beevor (los hechos están contados prácticamente mes a mes) y esa característica también suya de no escamotear el horror de los desastres de la guerra. Que en el caso de Rusia alcanzaron niveles que desafían la comprensión humana.

Beevor empieza por constatar algo también evidente, que la situación para la mayoría del pueblo en la Rusia zarista era difícilmente soportable. “Las condiciones de trabajo en las fábricas eran tan horripilantes como peligrosas. Para los propietarios los obreros eran material fungible”. Y por debajo estaba “el lumpemproletariado de los desempleados: un mundo subterráneo de prostitución infantil, hurtos y peleas entre borrachos, una existencia aún más dura que todo lo descrito por Dickens, Hugo o Zola”. Lo único que podía empeorar aquel panorama, dice Beevor, era una guerra europea. La que estalló en el verano del 14 lo empeoró todo, en efecto, y a la vez abrió la puerta de la revolución. La vida de los soldados rusos en las trincheras era “una experiencia inhumana” y estos empezaron a desertar en masa y a nutrir las filas de los revolucionarios que hormigueaban en la Rusia zarista desde hacía años.

La voluntad de hierro de Lenin

Y los zares cayeron. Fue en febrero de 1917 por una revolución popular, aunque no incruenta, que pilló a contrapié y fuera de Rusia a los protagonistas del futuro golpe de Estado (fue eso más que una revolución) de octubre. Lenin, que a esas alturas pensaba que no viviría para presenciar una revolución en Rusia, se puso inmediatamente en marcha desde su exilio suizo y entró enseguida en escena y en acción. Lo hizo como un vendaval, imponiendo sus convicciones contra la opinión generalizada del resto de revolucionarios, incluyendo la mayoría de los bolcheviques, que, a fuer de marxistas, pensaban que el proceso revolucionario debía cumplir sus etapas y estaban en la de la república burguesa. Lenin, ya en el tren que le llevaba a Rusia, fue pergeñando sus famosas tesis de abril. Su idea básica era que había llegado el momento de una revolución socialista y a las etapas, que les fueran dando.

A algunos de sus propios camaradas aquellas ideas les parecían propias de un loco. Muchos de sus adversarios las veían tan extremas que no las interpretaban como una amenaza seria. Pero “nadie, ya fuera bolchevique o de cualquier otra orientación política –escribe Beevor-, podía aspirar a igualar su voluntad de hierro y confianza ciega en sí mismo”, algo bien palpable en sus escritos. “Lenin seguía adelante con la determinación de un rompehielos”, y “la pura fuerza de su personalidad” acababa por doblegar a los otros. Tuvo además la suerte de contar con un Trotski que preparó el golpe de octubre “con una habilidad carente de escrúpulos”. Lenin estaba convencido de que había llegado el momento de lanzarse a la revolución socialista, aunque no estaba totalmente seguro de que fueran a triunfar. “Dentro de seis meses o colgaremos de la horca o estaremos en el poder”, dijo.

Soldados checoslovacos asesinados por bolcheviques en 1918

Soldados checoslovacos asesinados por bolcheviques en 1918

El periodo de febrero a octubre fue de una intensidad y una agitación superlativas. Sobre el nuevo Gobierno Provisional se cernía la pinza amenazante de los revolucionarios (esencialmente, bolcheviques y algunos eseristas -socialistas revolucionarios- de izquierda) y el ruido de sables de militares zaristas, entre los que destacaba el general Kornílov. Sostiene Beevor que este no planeaba dar un golpe de Estado (no hay pruebas, al menos), como han sostenido los historiadores soviéticos, pero sí tenía una influencia creciente, un “peligroso carisma”. Pero quien sí creyó en ese peligro fue Kerenski, el presidente del Gobierno Provisional que se imaginaba a sí mismo como el Bonaparte de la revolución rusa, y que creyó necesario acercarse a la izquierda mostrándose obsequioso con los revolucionarios.

Parece que no comprendió hasta qué punto le estaba sirviendo el poder en bandeja a los bolcheviques, escribe Beevor. El caso es que al poder teórico y formal del Gobierno Provisional se oponía el poder fáctico del Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado. El primero apenas podía llevar nada a término sin la aprobación del segundo. En esas condiciones, el poder real y definitivo estaba en medio de la calle –Trotski dijo algo así- para quien quisiera cogerlo. Lo hicieron los bolcheviques, que empezaron a colgar de la horca a muchos, muchísimos de sus enemigos, incluso de sus aliados coyunturales, mencheviques y eseristas. Como la historia, si no se repite, rima, Lenin dijo aquello de que había que ahorcar a unos cuantos kulaks (propietarios campesinos) para dar ejemplo y meter miedo; frase en la que podía resonar el “aristócratas a la farola” de la revolución francesa.

Una guerra civil de una crueldad inaudita

Los hechos de la revolución son, en general, bien conocidos. Mucho menos lo son los de la guerra civil que vino a continuación, que es de lo que se ocupa Beevor en la mayor parte de su libro (de este asunto –quiénes y porqué lucharon contra los bolcheviques- se ha ocupado también en España Blas Piñar jr.). Los bolcheviques mostraron desde el primer momento que no tenían la menor intención de compartir el poder, ni siquiera con el resto de revolucionarios (“las mentes abiertas nunca tuvieron nada que hacer frente a la implacable fijación de los bolcheviques”, escribe Beevor). Y sus adversarios se dispusieron a combatirlos también desde el primer momento.

Ya el 26 de octubre, al día siguiente del golpe de Estado, hay un primer levantamiento antibolchevique en el extremo sur de los Urales, dirigido por el coronel Dútov. Enseguida, el domingo 29, otro intento de resistencia contra los bolcheviques triunfantes por parte de eseristas moderados sólo concitó el apoyo en Petrogrado de algunos jovencísimos cadetes de academia, dirigidos por sus instructores (una famosa escena de la película de John Ford Misión de audaces diríase inspirada en aquellos cadetes). En noviembre, el coronel Semiónov se alza en Siberia.

El Ejército Blanco empezaba a conformarse y, por supuesto, Kornílov estuvo en la primera hora. Si el caballo de Kornílov galopaba enfurecido, como escribiera en tiempos Félix de Azúa, otro general, Alekséyev, formó el Ejército de Voluntarios, poco numeroso al principio, compuesto mayoritariamente de monárquicos reaccionarios que querían restaurar el zarismo. Kornílov, por supuesto, quiso dirigirlo. Sería el comandante de campo, y Alekséyev, el jefe político, económico y administrativo. Las relaciones entre ambos no mejoraron nunca. “Kornílov poseía el arrojo de un león, pero el cerebro de una oveja”, escribe Beevor; y “su valentía personal era una forma de arrogancia”. Esa arrogancia le costó la vida al exponerse demasiado y fue sustituido por otro protagonista del Ejército Blanco, Denikin.

Ejército de voluntarios antibolcheviques al sur de Rusia en 1918

Ejército de voluntarios antibolcheviques al sur de Rusia en 1918

Deficientes en caballería, los Blancos la encontraron en los cosacos que se les unieron. La región del Don con sus cosacos fue la más beligerante, convirtiéndose en uno de los campos de batalla cruciales de la guerra civil. La Marcha del Hielo del Ejército de Voluntarios por el Don helado desde Rostov hasta el sur del Don, y el periplo del general Drozdovski desde el frente rumano por 1.200 kilómetros hasta Rostov constituyen los mitos fundacionales de los Ejércitos Blancos en el sur de Rusia a principios de 1918. En junio de ese año se crea un Ejército Popular antibolchevique, que sufriría una alta tasa de deserciones por la brutalidad de sus oficiales.

Lo que caracterizó desde el primer momento la guerra civil fueron un horror y un odio inconcebibles y difíciles de explicar. La violencia extrema generó un círculo vicioso. Un testimonio habla de que los bolcheviques enterraban vivos a los oficiales capturados y los oficiales blancos quemaban vivos a los bolcheviques. El resentimiento alcanzó una escala extrema, inhumana. Los prisioneros, por supuesto, eran habitualmente fusilados sin contemplaciones (una película de Nikita Mihalkov, La esclava del amor, alude a estas prácticas de la guerra civil).

Pragmatismo bolchevique

Un gran error de los generales Blancos fue creer que debían mantener la lucha contra Alemania en los estertores de la guerra mundial mientras luchaban contra los Rojos. Esa postura belicista les enajenaba el favor de los campesinos y exsoldados. Otros problemas de los Blancos tenían que ver con el mantenimiento de prácticas zaristas, como azotar a los soldados que habían cometido un error, o la corrupción absoluta de la retaguardia, “la podredumbre que imperaba por detrás de los ejércitos de Denikin”. O con divisiones políticas entre quienes querían restablecer la Asamblea Constituyente del periodo del Gobierno Provisional y quienes pensaban en una dictadura; además de alguien, como propio Denikin, comprometido con la causa de la integridad del Imperio Ruso, lo que distanciaba a Finlandia, los países Bálticos y Polonia.

Los bolcheviques, por su parte, se debatían entre aplicar a la guerra los ideales revolucionarios –postura de la Oposición de Izquierda de Bujarin y de los eseristas de izquierda, que rechazaban el concepto de ejército profesional- y la necesidad, de la que Lenin y Trotski eran muy conscientes, de hacer un Ejército Rojo efectivo formado por expertos. Se impusieron estos, naturalmente, y suboficiales de talento fueron ascendidos; algunos de ellos, como Zhúkov o Voroshílov, llegarían a la cúspide militar en la Segunda Guerra Mundial. La guerra civil, que, al decir de Zhúkov, convirtió al país en un campamento militar, fue su bautismo de fuego. Pero los bolcheviques también reclutaron a oficiales del zarismo. Al final de la guerra civil no menos de 75.000 oficiales zaristas habían servido en el Ejército Rojo. Muchos, obligados por las circunstancias o por amenazas a sus familias, pero en la mayoría de los casos fueron leales y colaboraron con los comisarios políticos.

En una guerra que se dirimió a menudo en las vías férreas, destacaron el fuerte liderazgo y el genio organizador de un Trotski que se desplazaba en tren blindado con imprenta móvil incorporada desde la que emitía folletos con órdenes y consignas. Su oratoria, además, obraba milagros. Cuando Petrogrado peligró, “logró convertir un pánico de masas en arrojo de masas”.

El minucioso Beevor presta una atención especial a los aspectos bélicos, su especialidad. Pero no se olvida de los personajes del drama. Junto a los grandes protagonistas, están en su libro un Kérenski de gran habilidad dramática y oratoria incomparable, actor hasta la médula; Féliks Dzerzhinski, el jefe de la Cheka, un fanático, absolutamente incorruptible, al que parece cuadrarle el verso de Borges: “Pude haber sido un mártir. Fui un verdugo”. Y otros no por poco conocidos menos interesantes, como Néstor Majnó, “uno de los líderes más extraordinarios de la guerra civil”, que puso en pie un Ejército de Insurgentes que enarbolaba banderas negras anarquistas y acabó, por supuesto, enfrentado al comunismo de Estado.

La guerra civil rusa, resume Beevor, citando a un colega, fue una guerra mundial condensada, dada la participación en ella de numerosos extranjeros y de potencias europeas como Gran Bretaña, que se implicó activamente con los Blancos. Acarreó la muerte de entre seis y diez millones de personas. La perdieron los Blancos por varios motivos: la inflexibilidad que les hizo negarse a promover una reforma agraria o a dotar de autonomía a las nacionalidades del imperio, su prácticamente inexistente administración civil. Y, sobre todo, las divisiones internas, lo que, curiosamente, les relaciona con los republicanos en la guerra civil española, señala Beevor. “La alianza del todo incompatible entre los social-revolucionarios y los monárquicos reaccionarios tenía todas las de perder contra una dictadura comunista de ideas muy firmes”. Pues si “demasiado a menudo los Blancos representaron los peores ejemplos de la humanidad… en lo que atañe a la inhumanidad implacable, nadie superó a los bolcheviques”.

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