Alfa y omega del nazismo: de la euforia inicial a la epidemia de suicidios al final del régimen

National Archives and Records AdministrationLos cuerpos del jerarca nazi Ernst Kurt Lisso y de su esposa tras quitarse la vidaLos cuerpos del jerarca nazi Ernst Kurt Lisso y de su esposa tras quitarse la vida

Historia

Alfa y omega del nazismo: de la euforia inicial a la epidemia de suicidios al final del régimen

Florian Huber estudia un fenómeno vinculado al catastrófico final del III Reich: el de las decenas de miles de alemanes que decidieron quitarse la vida en 1945

Alemania, año cero. El hundimiento. La caída de los dioses. Son expresiones empleadas para referirse al catastrófico final del régimen nazi. Este tuvo un desenlace a tono con la grandiosidad y la barbarie que lo caracterizaron. En aquel derrumbe estrepitoso en medio de una Alemania arrasada se dio un fenómeno que añadió negrura a la tragedia, una verdadera epidemia de suicidios que ha sido analizada por el estudioso Florian Huber en su libro Prométeme que te pegarás un tiro (la historia de los suicidios en masa al final del Tercer Reich), recién publicado en España por Ático de los Libros. Esta novedad coincide con una reedición en la misma editorial de otro título sobre otro momento, muy distinto, del nazismo, el de sus primeros años, y sobre las impresiones de los numerosos viajeros que visitaron un país lleno de luces y sombras: Viajeros en el Tercer Reich de Julia Boyd. Los dos libros, además de componer una suerte de alfa y omega del nazismo, se comunican entre sí; no sólo por la obvia coincidencia del escenario y el régimen político, sino porque el desplome emocional de 1945 no se explica sin la euforia del periodo 1933-1939.

En ese largo sexenio, los alemanes vivieron una exaltación especial; y muchos de los que viajaron entonces al país registraron esos sentimientos, aunque a otros no se les escaparon los aspectos más siniestros. Julia Boyd recoge testimonios muy diversos de periodistas, diplomáticos, escritores, estudiantes, turistas, gente que viajaba a un país de pueblos bonitos, donde encontraron “alojamiento barato, buena comida, sirvientes risueños y gente amiga que les dio muchos consejos sobre el mejor camino que podían tomar”. Todo eso, y la gran cultura alemana; y el esplendor decadente del Berlín de Weimar. Encontraban también una propaganda constante sobre la dureza para con Alemania del Tratado de Versalles de 1919 y los esfuerzos del país para salir de la crisis económica. Los más atentos también presenciaron alguna paliza callejera propinada por grupos de camisas pardas, supieron de las quemas rituales de libros, oyeron hablar de campos de concentración y persecución a los judíos, y vieron como los bares de ambiente que abundaban en Berlín iban desapareciendo: los homosexuales más inteligentes se retiraron con discreción, pero “los tontos siguieron paseándose por la ciudad exclamando que los soldados de las tropas de asalto estaban muy sexis en sus uniformes”, escribe la autora, citando a Christopher Isherwood.

Alemania en marcha

De modo que la pregunta sobre si era fácil para un extranjero entender lo que estaba pasando realmente en la Alemania de los primeros años del nazismo no tiene una respuesta clara. En todo caso, entre la maraña de testimonios, abundan, sobre todo en los primeros años del sexenio, los favorables. Y eso, más allá de lo acertados o equivocados que estuvieran los que así pensaban, explica algo importante acerca del régimen nazi y del modo en que acabó, concretamente de la epidemia de suicidios de la que se ocupa Florian Huber. Porque lo que aquellos viajeros veían en la pujante Alemania de 1933-1939 era “el grado de idealismo y devoción patriótica que los alemanes de a pie expresaban”, una “sensación de objetivo común”. Y esa devoción y ese idealismo, cuando se desvanecieron, tuvieron forzosamente consecuencias trágicas.

ÁTICO DE LIBROS _ Portada de 'Prométeme que te pegarás un tiro' de Florian Huber

Hagamos una elipsis cinematográfica, con un adecuado fundido a negro si se quiere. Han pasado otros seis años y una guerra devastadora desde 1939. Estamos en 1945 y el ejército alemán se ve empujado y aplastado desde dos frentes: el oriental, donde avanzan los rusos como una apisonadora, y el occidental, donde progresan con no menos ímpetu las tropas angloamericanas. El sueño ha terminado y el paisaje es dantesco: un flujo interminable de refugiados, una procesión de miseria desparramándose por calles, plazas y campos, la necesidad de abandonar equipajes, mientras mujeres y estudiantes cavan las últimas trincheras y un ejército de niños y viejos, llamados a filas como un recurso desesperado, defiende las últimas posiciones. Ya algunas derrotas significativas como las de Stalingrado en 1943 o Normandía en 1944 habían empujado a algunos alemanes al suicidio. Pero ahora, en abril de 1945, el suicidio empieza a ser un recurso común. Los alemanes se ahorcan, se envenenan, se disparan, se ahogan. El 12 de abril, a la salida de un concierto de la Filarmónica de Berlín, miembros de las Juventudes Hitlerianas reparten cápsulas de cianuro. Y un mes antes, Goebbels ya había hablado del suicidio como último recurso. “Para el régimen, lo lógico era arrastrar al pueblo consigo en su autodestrucción”. Así que el suicidio se convirtió en parte de la vida cotidiana y, como escribe Florian Huber, los vivos miraban con envidia a los muertos.

De esa oleada de suicidios siempre se tuvo noticia, pero nunca se habló demasiado. “Los suicidios habían sido un completo tabú durante décadas”, dice Florian Huber. “Primero en la antigua Alemania Oriental comunista, porque las historias habrían arrojado sombras sobre el glorificado Ejército Rojo. Después, porque estas personas no encajaban en el patrón con que los alemanes acostumbran a afrontar el Tercer Reich, ya que no eran ni villanos ni víctimas. En cualquier caso, no fui el primero en descorrer el velo. Algunos investigadores y museos regionales ya habían publicado sobre los suicidios a nivel local. De forma más general, el historiador Christian Goeschel había escrito sobre los suicidios en la Alemania nazi. Sin embargo, nadie se había centrado en el fenómeno masivo de los suicidios en 1945, como yo he hecho en mi libro”.

NARA _ El cadáver de Walter Dönicke tras quitarse la vida en el Ayuntamiento de Leipzig

Otra dificultad para descorrer la cortina ha sido la desaparición y dispersión de las fuentes. “Al final de la guerra”, explica Huber, “las estadísticas, la documentación o los informes médicos desaparecieron o evitaron la cuestión de los suicidios. Por eso tuve que buscar fuentes no oficiales. Los documentos, informes y fuentes que encontré estaban dispersos por todo el país: diarios escritos por soldados, refugiados, médicos, sacerdotes o estudiantes. Encontré listados de víctimas redactados apresuradamente por guardias municipales, vigilantes de cementerio o soldados enemigos. También encontré recuerdos de personas hoy ya mayores que recuerdan su juventud. Recibí cartas de personas que fueron testigos de suicidios, algunas de las cuales escribían desde lugares tan lejanos como Estados Unidos. Tuve la oportunidad de conocer a supervivientes de los horribles sucesos de entonces y hablar con ellos. La mayoría de las veces, sentí como si alzara un velo que cubría algún secreto que llevaba mucho tiempo oculto”.

Pérdida del sentido de la vida

En cuanto a las explicaciones y las causas de las decenas de miles de suicidios que se produjeron son variadas. En opinión del autor del libro, “en la Alemania de 1945, muchos factores crearon un estado de ánimo catastrófico: el miedo a la violencia, el miedo a la venganza, el sentimiento de culpa y de complicidad, la pérdida del sentido de la vida, la pérdida del hogar y de los seres queridos y una cierta atmósfera contagiosa”. “Cuando cada vez más gente a tu alrededor se suicida, tiendes a hacerlo tú mismo. Por eso, cuando se habla de una epidemia de suicidios no se trata de un fenómeno exclusivo de los nazis, sino de un sentimiento generalizado de fatalidad. Había hombres, mujeres y niños por igual, jóvenes y viejos, obreros y patrones: era como un caleidoscopio de la sociedad alemana. Podía afectar a cualquiera”, añade.

Pérdida del sentido de la vida, dice Florian Huber. Algo así dijo Magda Goebbels antes de quitarse de en medio junto a su marido y llevándose por delante a sus hijos. Más dura fue la caída desde la exaltación y el optimismo de los primeros años, optimismo que se acrecentó con los éxitos de la guerra relámpago y que sólo empezó a tambalearse cuando Hitler metió a Alemania en el avispero de Rusia. “Hay que tener en cuenta”, señala Huber, “que durante todo el Tercer Reich se mantuvo a los alemanes en un estado de permanente emergencia emocional a lo largo de 12 años. En los años de paz, era una cuestión de esperanza y gloria, de fe y amor. En la primera etapa de la guerra, llegó el sentimiento de orgullo, poder y superioridad. En los últimos años, aparecieron el dolor, el miedo, la desesperación e incluso el autoodio. Este proceso culminó con la devastadora experiencia de la aniquilación de la Sagrada Alemania. No hay que olvidar lo que los nazis repetían a su pueblo: O todo o nada. Y resultó que iba a ser nada. Esto provocó una descomunal pérdida de sentido para millones de personas”.

NARA _ El cuerpo de Hermann Göring

Y, por supuesto, el miedo, sobre todo a los rusos; un miedo muy verosímil (las violaciones a las alemanas es un asunto del que, como de los bombardeos aliados, tardó en hablarse), azuzado, además, por una propaganda que resultó contraproducente: más que a resistir, animó a huir a los alemanes. Cada una de esas historias de suicidas, escribe Huber en el libro, “nos habla de la profundidad del abismo que se abrió ante los alemanes al final de esos doce años bajo el poder nazi”.

El “prométeme que te pegarás un tiro” del título no es retórico; es la frase real que un padre llamado a filas dirigió a su hija de veintiún años. Curiosamente, la chica se lo pensó mejor e, igual que el mariscal Friedrich Paulus dos años antes en Stalingrado, decidió sobrevivir.

“Esto no termina, esto no termina nunca”, dijo en alguna ocasión Günter Grass a propósito del nazismo. Florian Huber está de acuerdo. “Alemania nunca se librará de su pasado nazi como factor esencial de su ADN histórico. La pregunta sobre por qué los alemanes pudieron llegar a tales profundidades, hasta negar cualquier límite de civilización no terminará nunca. Cada generación tendrá que encontrar sus propias respuestas a esta inquietante cuestión. Y sobre las formas de evitar el regreso de los nazis”. Amén.