El Bolero de Ravel salva la antorcha

Dos guerras mundiales silenciaron los Juegos Olímpicos. Una pandemia ha callado el estadio olímpico de Tokio. Dos guerras mundiales cortaron las ilusiones de los deportistas que en aquellos tiempos buscaban la gloria de su especialidad. La pandemia no ha impedido que más de once mil participantes luchen por el ideal de sus días. Y lo van a hacer en medio de silencios, en medio de eventos deportivos en que no sonarán sus exclamaciones, ni los aplausos. Ayer fue encendido el pebetero que mantendrá la llama durante la celebración del programa. Nunca jamás he visto un acto tan deprimente. Ni en Munich, que fue mi primera experiencia, ni en lugares tan dispares como Los Ángeles, Sidney, Seúl, Pekin o Londres, había vivido una ceremonia tan poco alentadora a pesar de que hubo emociones humanas en el transporte de la llama. El Bolero de Ravel, que sonó durante todo el recorrido de la antorcha por el estadio, mitigó esa especie de respetuoso  funeral que son Juegos sin público.

El olimpismo tiene en sus entrañas mitos humanos y mitos sentimentales. No es difícil imaginarse la llegada del portador de la antorcha, que no es la misma que cuando uno la transporta durante un kilómetro y la entrega al relevista de turno, pero todos los espectadores de la ceremonia se ven reflejados en la ilusión y emoción de los últimos que cumplen con la tradición del estadio.

Arrancaron oficialmente los Juegos  y con ello los pronósticos, la llegada de las grandes figuras, pero ni siquiera las maravillas de la gimnasta estadounidense Simone Biles, que seguirá haciendo maravillas podrá contar con la ovaciones de los espectadores. En Tokio caerán récords que hace unos años parecían imbatibles. Los mejores continuarán subiendo a los podios, para debutar en tal acto o reeditando triunfos anteriores. Tokio fue sede en 1964, y de aquellas maravillas que ya llegaron en color no queda ninguna en pie. Sin embargo, aquellos que obtuvieron el laurel de los viejos ganadores griegos, seguirán teniendo en su memoria abrazos de competidores y admiradores y, sobre todo, los aplausos de los espectadores.

Aquellos Juegos cercenados por las guerras eran casi exclusivos de los hombres. Ahora, prácticamente, están en paridad. El doble abanderamiento para homenajear a las mujeres ha sido la gran novedad. Se ha vencido, en buena parte al resto de machismo que habían  abanderado el COI y todos los comités olímpicos nacionales. En ello ha ganado Tokio.

Posdata. Benzema ha regresado con coronavirus y el Villarreal ha suspendido dos partidos amistosos por dos contagios en su plantilla. ¿Volverán los espectadores?