El Athletic saca de nuevo La Gabarra

“La Gabarra” volverá a surcar las aguas bilbaínas. El Athletic, tal vez inesperadamente, ha ganado la Supercopa tras eliminar primero al Real Madrid y vencer en la final al Barcelona. Triunfó el equipo vizcaíno llevado de la mano táctica de Marcelino, que en su debut más comprometido le ha dado una lección, primero a Zidane y luego a Koeman. El Athletic que jugó los dos partidos con el mismo sistema, con lucha denodada por cada balón y repliegue efectivo en su área, impidió al Barça que jugara a su estilo. Es más, le robó el balón y lo usó más minutos. Lo inaudito. Lo sorprendente. La final la ganó merecidamente el equipo vasco. El catalán perdió con sus indecisiones y su falta de valentía para crear juego incisivo. Y además, acabó con la expulsión de Messi que agredió a Villalibre, jugador que había marcado el segundo gol de su equipo. La final la enalteció futbolísticamente el tercer tanto logrado por Williams. Los dos tantos barcelonistas fueron calcos de los que durante años ha venido protagonizando, Entrada por la izquierda de Jordi Alba con Messi en la jugada y esta vez con dos remates de Griezmann.

En dos minutos por no decir un instante, que es como perdieron la inocencia nuestros primeros padres, los reyes de Copas, Barcelona y Athletic Club, hicieron honor a su condición de miembros de la mejor clasificación en las finales de esta índole. Hasta el minuto 40 todo fue orden y concierto. Todo transcurrió casi con complacencia porque ninguno de los dos equipos parecía dispuesto a ganar. Y fue en dos minutos como llegaron los goles de Griezmann y De Marcos que pusieron sobre La Cartuja la sensación de que, al fin, habíamos visto un partido de fútbol. Hasta entonces todo habían sido estudios del contrario. Juego lento, y poca imaginación. La victoria la consiguió el conjunto barcelonés con una jugada calcada de las cientos que ha practicado durante varios años.

El Athletic rompió el cantable de la obra porque se empecinó en mantener la posesión más que el Barça, equipo especializados en estas lides. Los bilbaínos salieron con la lección bien estudiada. Nada de perder balones, nada de permitir que el adversario saliera de sus zona jugando el balón y esporádicos ataques por las bandas, para evitar que Jordi Alba y Dest se sumaran al juego ofensivo.

La preocupación de ambos bandos era no correr riesgos y para ello en cuanto había el menor obstáculo la pelota volvía hacia atrás. Hasta el minuto veinte no hubo un disparo a gol y poco después llegó el primer corner contra el Barça. Hasta el 26, no vimos el primer despeje meritorio de Ter Stegen y, casi a continuación, Messi ensayó su primer disparo y le salió alto.

No hubo otra cosa que reseñar que la aparición sensible de Messi, su balón hacia Jordi Alba y remate final de Griezmann. Éste al fin encontró portería pero sirvió de poco porque De Marcos, Villalibre y finalmente Williams pusieron el título en San Mamés. Fue una final en la que hubo menos Pedri y menos Messi de lo que necesitaban los azulgrana para llevarse a casa otra copa. Koeman volvió a ordenar cambios de manera incoherente. De nuevo puso en los pies de Riqui Puig, al que tiene marginado y solo desea que encuentre otro club para marcharse y fue este quien puso cierto orden en los minutos que jugó.

Vista la alineación final barcelonista tal vez se podría preguntar a los tres aspirantes a la presidencia cuántos jugadores de la final ficharían para un Barça para ser campeón.

Sobre el autor de esta publicación