Juan de Dios Román, grandeza humana

Juan de Dios Román, por encima de sus logros como deportista, por delante de los títulos que conquistó y su magnífica dirección de la Federación Española de Balonmano, fue extraordinario ser humano. Más que un hombre peleado consigo mismo para engrandecer el balonmano, disciplina que tardó años en abrirse camino y el fue pionero en esa maratón, fue pedagogo cuando le tocó dirigir, maestro cuando tuvo que dar lecciones y siempre, un caballero, individuo que permanentemente tuvo claro cuál era su papel en cualquiera de los puestos que ennobleció.

Juan de Dios no fue entrenador al uso. Fue deportista que antes de tocar un balón se enfrascó en las asignaturas de la Univocidad de la que salió con bagaje cultural y preparación suficiente para, posteriormente, ser profesor en el INEF donde todos cuantos fueron sus alumnos ponderan el modo en que impartió docencia y la manera en que explicó el temario de cada año.

En su labor al frente del Atlético de Madrid, equipo al que hizo campeón varias temporadas, tanto de Liga como de Copa, tuvo que luchar contra potentes clubes catalanes de mayor tradición en esta disciplina. Juan de Dios, que partió del balonmano, acabó ejerciendo maestría para entrenadores de otras disciplinas. Bien sabido es que en la cancha del Estudiantes, Antonio Magariños, donde se simultaneaban la preparación del equipo colegial de baloncesto con el suyo balonmanista rojiblanco, solía tener espectadores para presenciar sus sistemas de preparación. Juan de Dios no era solamente el técnico que insiste en la repetición de las normas en el examen de las cuestiones tácticas, sino que trataba de concienciar a sus jugadores para que llegaran al convencimiento de cuáles eran las buenas soluciones para los problemas del juego.

Juan de Dios hizo grande al Atlético de Madrid, club que con la llegada a la presidencia de Jesús Gil decidió abandonar este deporte. En años en que el equipo de fútbol pasaba de largo de los títulos, el balonmano era la compensación moral para la entidad.

Hace tal vez quince días hablé con él por última vez y a pesar de que la conversación era distendida y su voz proclamaba cierta esperanza, su mensaje final era el de la impotencia ante un cuerpo que le estaba abandonando. Me emocionó que tuviera espíritu de resignación. Conocidas sus actitudes vitales durante años sorprendía que detrás de palabras de alguien que se resiste a llegar al final, no dejara de exponer la serenidad con que me explicaba que su caso no tenía solución. Quedamos en volvernos a hablar y ya no ha habido caso. Se ha ido un deportista grande, un hombre ciertamente histórico en el balonmano nacional, pero nos quedará siempre la memoria de su grandeza humana.

Posdata. El Madrid volvió a pifiar. Zidane dijo que no tenía palabras. Tal vez lo que no tuvo fueron soluciones.