Nadal difuminó a Djokovic

Rafael Nadal ha roto con la variedad de elogios que se pueden dedicar a deportistas extraordinarios. Ya empiezan a sobrar los adjetivos. Bastan las cifras que son la parte fría de los acontecimientos. Ha ganado por decimotercera vez el Roland Garros. Ha llegado ya a la cifra de veinte grandes premios del Gran Slam. Está en la escueta lista de los campeones y campeonas que han llegado a la elevada cantidad de los grandes trofeos. En ella se ha colocado al lado de Roger Federer. Ya no queda el momento de hacer comparaciones porque no ha lugar. Ha vencido en todas las grandes competiciones mundiales. El remate del año de la pandemia, el año en que los aplausos son en todo menor, en que ha habido ausencia de los miles de aficionados que suelen ocupar la pista central parisiense, ha tenido como colofón el modo en que ha conseguido la victoria.

Djokovic es jugador a quien también se le pueden decir párrafos elogiosos y por ello la victoria de Nadal tiene más trascendencia deportiva. Una cosa es ganar y otra apabullar. El triunfo en tres sets puede no ser siquiera demostrativo de una magnificencia. Pero hacerlo dejando casi en ridículo al número uno del mundo dice más que todos los exámenes que se puedan hacer del juego desplegado. Tres mangas resueltas con 6-0, 6-2 y 7-5 transportan al historial de las grandes finales la sensación de que el campeón no tuvo enemigo.

El deporte español vivió durante muchos años de los casi inesperados éxitos de los campeones singulares. Lo fueron Bahamontes, Blume, Santana y Ballesteros por poner ejemplos diáfanos y Miguel Indurain se acercó al camino de Nadal. En todos los casos la magnificencia de los historiales no ha sido comparable al de Nadal. Todos los grandes méritos de quienes han representado al deporte nacional han quedado oscurecidos tras lo conseguido por el balear.

Rafael, como siempre le llama su tío, ha ganado en toda clase de canchas y en la tierra ha establecido marcas que, probablemente, nadie conseguirá igualar. En París ha habido el frio que no había en otras ocasiones, las bolas han sido distintas y ha recogido el trofeo sin perder un set. Nadal posee una capacidad de concentración y adaptación a las mejores condiciones del adversario que le permiten mantener firmeza e imaginación en todo momento. Y más si hay que remontar. Ante la adversidad siempre se crece. A los tenistas que osan oponer resistencia y llegan a los cinco sets les ocurren dos cosas: pierden el partido y acaban rendidos físicamente y arrepentidos de haber aguantado tanto.

Posdata. Tengo la impresión de que será ejercicio vano preguntarse por quien es, o ha sido, el mejor tenista de la historia.