Kobe Bryant, duelo universal

La NBA enganchó a muchos seguidores del baloncesto con figuras como Kareem Abdul-Jabbar. La televisión nos proporcionó ídolos como el citado y Michael Jordan, Fueron muy seguidos los partidos entre los Lakers y los Celtics de Boston. Con ellos los nombres inolvidables de Magic Johnson. Parish y Larry Bird entre otros. Tras estos grandes jugadores apareció la estrella que los había de emular y en algunos casos superar. Llegó Kobe Bryant y los Ángeles Lakers volvieron a ser el equipo al que seguimos casi como forofos muchos españoles. Personalmente viví con gran satisfacción personal entrar en el mítico pabellón angelino donde los Lakers seguían ganando los famosos anillos.

En ese pabellón vi ganar la medalla de plata olímpica a la selección española, hazaña memorable y de la que siempre recuerdo le hecho de que Juan Antonio Corbalán saliera a la calle después del encuentro con la camiseta de su equipo de formación, el de su colegio, San Viator. Fue un acto de agradecimiento hacia quienes le había ayudado desde niño. No es fácil encontrar deportistas que muestren su querencia hacia su lugar de nacimiento deportivo. Fernando Martin, la última vez que hablé con él me confesó que su última alegría sería regresar y retirarse en Estudiantes.

Estas fidelidades no suelen ser frecuentes. Menos cuando lo que se manejan son millones y se va de unos colores a otros. En el caso de los estadounidenses, de dólares. Kobe vivió su mayor gloria baloncestística en los Lakers, pero siempre mantuvo cariño por la que había sido su casa. No renunció a su integración, aun desde fuera, al equipo en el que había ganado cinco veces el inigualable torneo de la NBA.

Kobe fue el hombre que nos hizo olvidar a cuantos le había precedido e incluso a aquellos con los que había llegado a competir. Por encima de los títulos, de sus grandes estadísticas, siempre mantuvo su carácter ganador y su espíritu solidario. Como el que mostró aprendiendo español cuando supo que iba a tener a Pau Gasol como compañero. Y como hermano si no olvidamos que, como tales, ambos se han tratado.

Kobe arropó a Gasol en los momentos importantes como los de su llegada y cuantas veces tomó contacto con el deporte español lo hizo con la sonrisa y el esfuerzo por saludar en nuestra lengua. Por supuesto que en la mayoría de las ocasiones era él quien podía ser admirado, quien contaba con millones de seguidores que en el mundo y adquirían la camiseta amarilla de los Lakers. En el momento de su muerte han sido muchas las imágenes en las que en muestra de fervor y admiración entrañable muchos aficionados han lucido el amarillo que tanto enalteció con sus canastas, sus vuelos casi impasibles, sus reversos aéreos para evitar a sus marcadores y encestar. Su constancia fue la visión del aro, su inacabable deseo de fortalecer el resultado. Por encima de los datos estadísticos, que lo colocan en el podio de los más grandes, ha estado su bonhomía, espíritu combativo y ganador, su ejemplaridad para quienes aspiran a ser jugadores de élite. Nunca bajó los brazos. Nunca aceptó la derrota. Siempre buscó el triunfo de su equipo. Kobe se ha ido y ha dejado una estela de deportista cuya imagen perdurará.

Posdata. Nunca a un deportista se le dedicó un duelo tan mundial y multidisciplinar y causó tanto dolor incluso entre sus mayores adversarios. Todos pudieron aprender de él.