Neymar es mal negocio

Neymar no es de fiar. Es un gran jugador. Es capaz de crear jugadas de auténtica exhibición y en cualquier equipo es capaz de brillar. Pero por poco tiempo. Es inconstante. Se cansa pronto de la casa en que habita. Es caprichoso y cuenta con el beneplácito de su papá, muy interesado económicamente, que apoya sus desplantes. El papá ya ha comenzado a mover fichas. De una parte se lanza la idea de que volvería encantado al Barça y se afirma que el club  barcelonés lo recibiría con los brazos abiertos. También vende la idea de que su próxima estación puede ser el Bernabéu.  Papa Neymar cree que puede obtener tajada si consigue que Madrid y Barça se peleen por su hijo.

El muchacho vale 222 millones de euros, al margen del salario que no puede ser más que astronómico.  Neymar es gran jugador, pero es incapaz de cargar con la responsabilidad de un auténtico líder. En la selección no acaba de ser la estrella que fue en otros tiempos, Ronaldo. O antes, Romario y por supuesto, Pelé. En el Barça, cuando  estuvo lesionado Messi, se pensó que con la necesidad de demostrar que no era inferior al argentino cargaría sobre sus espaldas al equipo y demostraría que es tan capaz como el ídolo del Camp Nou. Y no.

Neymar llegó a París convertido en la estrella mundial, por los dineros que costó y cobra, se entiende, y de ningún modo ha sido tan determinante en el PSG como Messi en  Barcelona o Cristiano en Madrid. De momento, ya se ha cansado del PSG. El argumento de que en el Madrid tendría más fácil ganar el Balón de Oro se ha convertido en idea casi obsesiva. Tal galardón lo podía haber obtenido si en París hubiera dado el do de pecho. Con Brasil en Rusia tampoco deslumbró aunque se esperó que lo hiciera. Se conforma con detalles, con instantes de ilusionista. No es de fiar.

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