Al fin, no lloró Argentina

Estábamos entonando el “No llores por mí Argentina” cuando en uno de los acosos con más corazón que sentido común se pudo añadir “mi alma está contigo”, Mercado, defensa lateral, desde el puesto de extremo derecha centró al área y Rojo, de volea, con todas sus fuerzas, sin buscar precisión, con el alma en la bota, logró el segundo tanto. Argentina recobraba en ese momento el puesto en los octavos de final y contra Francia. Para favorecer el tránsito, Croacia ganaba a Islandia y los argentinos, 25.000 en el estadio, celebraban una victoria sufrida, dolorosa, impensadamente casi cruel. Se había perdido la posibilidad de seguir con el penalti pitado a Mascherano, que fue el empate y puso a los argentinos mirando a Buenos Aires.

Los seguidores habían invocado con pancarta al Papa Francisco, buen aficionado al fútbol y socio de San Lorenzo de Almagro que para su equipo fue milagroso. Tras la fumata blanca San Lorenzo ganó la Copa Libertadores. Esta vez se precisaba más que invocar al Papa. Llegó un momento en que se necesitaba recurrir a todo el santoral. Argentina dominaba el partido, pero no jugaba de acuerdo con su tradición. Llegó el gol clasificatorio en jugada a lo tradicional, entrada por la banda, centro al área y remate de delantero a la antigua usanza, al modo al que muy pocos se atreven porque lo que prima ahora es llegar con el balón en los pies hasta el área pequeña.

Argentina necesitaba ganar. Incluso venciendo se podía quedar fuera del Mundial. La necesidad hizo que los jugadores se emplearan a fondo desde el comienzo. Sampaoli, que no ha encontrado formula de juego ni equipo idóneo, esta vez cambió sus ideas y colocó en el campo un once mucho más razonable. Para que Messi pudiera tener el balón en sus pies y crear peligro era necesario que detrás tuviera alguien capacitado para llevar la pelota hacia adelante con  sentido, con precisión, con visión de juego. En San Petersburgo, junto al L´Ermitage, había que pedir cierto aire artístico. Y así ocurrió cuando Banega le mandó el balón a Messi en disputa con un defensa. Éste se lo acomodó con el muslo, lo condujo con el pie y el tercer toque fue para batir al guardameta nigeriano. Fue el primer brochazo para el cuadro que se deseaba pintar.

El gol restó nervios a los argentinos. Contra la presión nigeriana hubo más serenidad. El dominio del juego fue cada vez más efectivo a pesar de que en los últimos minutos el primer tiempo los defensas argentinos pasaron algunos apuros cuando los nigerianos se lanzaron al ataque en busca de la igualada.

El mando no se tradujo en grandes ocasiones de gol. La mejor oportunidad fue un libre directo lanzado con la habitual maestría por Messi que el guardameta del Fabril coruñés tocó muy poco con los dedos, pero fue lo suficiente para que la pelota se estrellara en un poste.

Con el empate volvieron los nervios los pases fallados, los ataques embarullados, la falta de visión en la jugada final y total ineficacia para llegar al remate en las pocas ocasiones en que el balón llegaba desde un lado y no hallaba quien lo rematara.

Sampaoli recurrió a la épica con solo tres defensas y refuerzo en el ataque con Kun Agüero. Ganó Argentina pero su fútbol no puede ser reconocido. Algunos de sus futbolistas, además, mostraron más deficiencias que virtudes. Di María e Higuain no fueron los refuerzos que se precisaban. Banega sí respondió, en parte, a lo que se puede esperar de él. Messi salvó el compromiso con el gol que abrió la esperanza, Pero tampoco está a su altura.