Quini, un hombre bueno

Enrique Castro Quini será recordado fundamentalmente por su capacidad goleadora. Por haber sido varias veces el Pichichi nacional. Prefiero recordarle como lo conocí. Fue en Inglaterra, en Hull, donde en partido internacional de un codazo le hundieron un pómulo. Tuvo que ser sustituido por Manolete antes de la media hora. Se disputó contra Irlanda del Norte en aquella población inglesa por los conflictos políticos de la época. Jugar en Belfast se consideró inadecuado. Tuvo que ser retirado por el golpe y de su boca no salieron más que disculpas para su agresor. Consideró el lance como propio del fútbol. No entendió que hubiera animosidad en el contrario. Fue la primera vez que constaté su grandeza de espíritu.

Después, desgraciadamente, padeció el secuestro que le marcó para toda la vida. Salió de aquel lance, en el que su familia contó con la protección de Alesanko, que fue un hermano en aquellos difíciles momentos, con la solidaridad nacional,  La noticia de su liberación lo celebró la selección nacional más que con la victoria ante Inglaterra que por vez primera se conseguía en el mítico Wembley.

La buena nueva nos llegó a los cuatro periodistas que estábamos en la tribuna y la conocieron también los jugadores. Al término del encuentro (1-2), más que los goles de Satrústegui y Zamora se festejó que Quini volviera a casa. Hubo quien interpretó que su posterior perdón a los secuestradores era consecuencia del Síndrome de Estocolmo. Quienes lo conocimos sabíamos que era la reacción natural de un hombre bueno, bueno en el sentido de los versos de Machado. Fue de espíritu generoso. Estuvo humanamente por encima de sus condiciones de ídolo futbolístico.

En Mestalla, el 16 de diciembre del infausto 1981, jugó de nuevo con la selección y al término del partido lo volví a saludar. No había marcado ninguno de los dos goles porque fue Satrústegui quien los hizo en su honor. La imagen de Quini aquella noche era muy distinta a la que había conocido. Un amigo que me acompañaba, pintor y experto en imágenes, me dijo: “Este chico tiene una nube en la mirada”.

Efectivamente, creo que nunca más volvió a ser el Quini que habíamos conocido cuantos seguíamos el futbol de la época. Años después volví a conversar con él en las reuniones que mantuvimos los miembros del jurado del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Seguía emitiendo mensajes de bondad. Siendo quien era se sentía casi incómodo en el jurado y pedía ayuda para no quedar mal. Continuaba respondiendo a la imagen de los mejores días, aunque el secuestro le cambió la vida. Tanto como el desgraciado accidente de su hermano,  el portero Castro del mejor Sporting, que falleció en el mar intentado salvar a quien se ahogaba. Los Castro eran así. Daban la vida por los demás. Quini fue ejemplo en el campo como profesional y tuvo la mayor grandeza de un ser humano fuera del césped.

La última vez que le di un abrazo seguía teniendo una nube en los ojos.