El Barça, en manos de Messi

El traspaso de Lionel Messi era una necesidad para recomponer el equipo. Su venta y el ingreso de 300 millones de euros en que se calculaba la operación podía servir para fichar jugadores que dieran nuevo impulso al equipo. Algunos habían envejecido. Otros eran innecesarios dentro del esquema que se pretendía recuperar para el futuro. Messi mandaba demasiado. No había entrenador que se atreviera a ponerle la mínima pega. Se había caído en Liga de Campeones. La Liga parecía en manos del Real Madrid. La desilusión, la constatación de que los años de gloria empezaban a ser sólo recuerdo hacía creer necesaria, imprescindible, la gran renovación. Para ello hacía falta dinero y en las arcas del club no se disfruta de la alegría de otros tiempos. La carga de Messi, Suárez y Neymar en la contabilidad de la entidad obligaban a la más favorable de las descargas. Tal y como se habían sucedido los últimos acontecimientos futbolísticos, vender a Messi, después de haber disfrutado de sus mejores años, podía ser entendido por los socios. Ello dependía de una buena explicación de la exposición de un proyecto que entusiasmara. El domingo, en el Bernabéu, dijo Messi que no hay nada que explicar, que él siempre estará al quite y que tras su actuación en casa del peor enemigo no hay nada de lo que hablar. Todo lo antedicho es sólo una alucinación. Messi no puede ser objeto de duda. El Barça actual, definitivamente, es Messi. Punto final a las elucubraciones. Hablemos de otra cosa.

El Barcelona con Messi de estrella en el estadio madridista, no puede llevar a cabo ninguna remodelación de la plantilla de la que no se le haga sabedor. El entrenador tiene que ser a su gusto. Los fichajes deberán tener su visto bueno. Mientras sea capaz de bordar el fútbol, como hizo el domingo, silencio. Mientras consiga dar la vuelta a un encuentro y encima lo haga en terreno madridista y de modo en que millones de telespectadores de medio mundo se entusiasmen con su juego, bendigan sus maneras y sostengan que, indiscutiblemente, es el número uno del mundo, los barcelonistas le perdonarán cualquier error. Para el barcelonismo, además, que se despojara de su camiseta para enseñar su número a la grada fue la guinda. No podían aguardar mejor respuesta a aquella de Raúl en el Camp Nou que mandó callar a los espectadores.

Posdata. A más a más, que diría un culé, hubo exhibición delante de Cristiano que pretende disputarle el cetro.