El oro atlético ya no es quimera

El deporte español ya no acude a los Juegos Olímpicos a aprender que era la coartada de la que se servían los dirigentes para simular los fracasos. España tampoco participa con equipos fundamentalmente masculinos porque las mujeres ocupan puestos incluso más importantes. El oro también ha dejado de ser quimera porque en Río se ha alcanzado una cifra que solamente se había disfrutado en Barcelona-92. Ocupar el puesto catorce de la clasificación final y la suma total de preseas, diecisiete, ha proporcionado la euforia que en la primera semana de las competiciones se consideraba inalcanzable. Sin menospreciar a todos cuantos han alcanzado el podio, hay que hacer constar que no todos los puestos de honor tienen el mismo valor. Ni siquiera todos los oros son de los mismos quilates.

El atletismo, que era el patito feo desde Barcelona, ha levantado la moral gracias a la medalla de Ruth Beitia. Desde entonces, con Fermín Cacho y Daniel Plaza, no se había podido morder tal galardón. De todas maneras ha habido algunos participantes que han justificado su presencia en Río, condición que no acreditan otros muchos. La Federación tiene obsesión por aumentar el número de seleccionados a pesar de que se sabe de antemano que para algunos pasar una ronda clasificadora es casi un imposible.

Orlando Ortega, de origen cubano y acogido en Ontinyent en donde pudo rehacer su vida ciudadana y de atleta, ha logrado ser pieza importante en las aspiraciones federativas que con Bruno Hortelano, el futuro en pruebas de velocidad, y las clasificaciones dignas de David Bustos, séptimo en la final de 1500, el octavo de Beatriz Pascual en 20 kilómetros marcha y Sergio Fernández que batió el récord de España en 400 vallas, marca antigua y señorial, se cambiaron los desilusionantes antecedentes. La gran frustración fue Miguel Ángel López, gran campeón mundial, de quien se esperaba más en los 20 kilómetros marcha.

El oro de Ruth, tal vez el de mayor valor de los siete conseguidos dada la condición de deporte rey que tiene los Juegos, no debería ser rara avis y debería ser objetivo para el futuro. Los éxitos olímpicos se celebran con todo entusiasmo cualquiera que sea la disciplina en que se consigan, pero hay que hacer distinción sobre su trascendencia. Mireia, con su oro y bronce en natación, está a la misma altura. Lo que no debe hacernos perder la visión de la trascendencia de los podios es la importancia mundial de cada especialidad. Los ganadores españoles de medallas tienen el mérito añadido de practicar disciplinas que durante cuatro años son invisibles. Y ello no debe cargarse, como hacen algunos dirigentes, a los medios informativos.

Posdata. Las cifras de licencias federativas dicen a las claras el ámbito nacional de cada deporte. Y en alguno casos, el internacional.