El dopaje de estado, propio de dictaduras

Los deportistas rusos están a punto de perderse los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. El dopaje, la gran lacra que ha perseguido al deporte mundial, ha puesto a los mejores no sólo bajo sospecha sino acusados formalmente de haberse beneficiado de ayudas legalmente perseguidas. El informe, que se acaba de publicar bajo la firma McLaren, ha puesto de manifiesto, una vez más, que existe el dopaje de Estado, o lo que es lo mismo, el patrocinio del gobierno para buscar en el oropel de las medallas la imagen favorable del país. Habitualmente, tales prácticas han sido propias de dictaduras y en Rusia, como se ha demostrado, se siguen los mismos procedimientos.

Los sistemas de dopaje son tan antiguos que difícilmente se pueden estudiar etapas históricas sin que aparezcan datos que confirmen manipulaciones de seres humanos en diversos modos. A los porteadores araucanos se les proporcionaban hojas de coca que daban más fuerza y disminuían la ingesta. En Grecia, los atletas de la época ya se beneficiaron de apoyos que en su tiempo también significan refuerzo físico. En el mejor de los casos ha habido ocasiones en que se han proporcionando placebos que, psicológicamente han dado los resultados que se buscaban.

En el Comité Olímpico Internacional (COI) se ha perseguido durante años las prácticas dopantes. El príncipe de Merode, que desde el COI dirigió la Comisión Médica, trató por todos los medios de ir reduciendo el número de sustancias que se administraban a los deportistas. Llegó a la conclusión de que los ladrones corrían más que los policías. Era evidente que después de prohibir un producto aparecía otro. Desterrar las prácticas siempre fue complicado porque los grandes especialistas encontraban fórmula distinta para encontrar efectos similares.

Las transfusiones sanguíneas aparecieron en los Juegos de Munich y de ellos se acusó a Lasse Viren, doble campeón. El sistema fue prohibido después. Por entonces ya se había perseguido la anfetaminas. Posteriormente, aparecieron productos como el “probenecide” enmascarador que borraba restos de otras sustancias. Hubo un tiempo en que en el ciclismo había gran cantidad de corredores asmáticos y corría el “ventolín”.

El más grave de los problemas no ha estado en el ánimo de los deportistas, sino en el de sus dirigentes que les llevaban al dopaje por intereses económicos o políticos. La gran afección se padeció desde el momento en que hubo dineros de patrocinio. La marcas exigían resultados y en los equipos abundaron médicos especialistas. Desgraciadamente, ha habido más sanciones para los atletas que para quienes en el fondo han sido los responsables del delito.
Posdata. El Madrid suele fichar una gran estrella cada año. Sorprende a que aún no haya dado el aldabonazo.