El Atlético desmontó el juego barcelonista

El Barça no apareció en el Calderón hasta el último cuarto de hora y en él cometió el penalti que le costó el segundo tanto de Griezmann y la definitiva eliminación. El juego colectivo, sacrificado, de esfuerzo generoso del Atlético, fue suficiente para solventar el partido. No estuvo Messi, falló contantemente Neymar y Suárez luchó pero sin premio final. El equipo barcelonés confirmó su baja forma. El Atlético, su estajanovismo colectivo.

Para el equipo madrileño la semifinal es un triunfo extraordinario. Para el Barça, la eliminación siendo campeón es herida que solamente podrá restañar si gana la Liga y la Copa del Rey. Seguramente tales éxitos sabrán a poco porque la gran aspiración era la copa europea tras ganar el Mundialito. El Barça necesita ahora reflexionar sobre las razones por las cuales ha cambiado de manera tan extraordinaria tras haber vivido meses en que parecía invencible. Tal vez ha terminado la época dorada de Luis Enroque. A partir de hoy se especulará con la posibilidad de sustituirle. Se le acusará de haber malbaratado el estilo que hasta hace poco se consideraba incuestionable.

Hasta el minuto 36 en que Griezmann batió a Ter Stegen todo el juego correspondió a la calificación de minutos basura. El Barça afrontó el partido con la idea de sujetar los ímpetus atléticos, es decir, contralar lo mejor posible su presión y en ello empleó la posesión de la pelota que llegó a un escandaloso 80-20. Pero todo ello sin llegar al área contraria. Todo ello manejando el balón horizontalmente y hacia atrás. Todo ello sin imponer al ataque la mínima velocidad.

El juego barcelonista no era el del toque ni el que con Luis Enrique ha empleado con éxito los contragolpes para superar las presiones. El conjunto culé volvió a mostrar la imagen anodina de los últimos encuentros. Con tanta parsimonia lo único que se consigue es aburrir al personal civil.

El Atlético montó su estrategia con espíritu solidario. Todos en defensa para impedir las penetraciones foráneas y ataques rápidos con remates desde cualquier posición. En la primera parte no creó tampoco grandes peligros, pero en su encogimiento cada vez que tuvo ocasión quiso mostrar más valentía que el Barça. Los barcelonistas quisieron dormir el juego y no se sabe para qué. Bien que no les guste el fútbol alternativo, las correrías, pero comienza a ser preocupante para los suyos que, prácticamente, la mayoría de sus futbolistas protagonizan sesiones mediocres.

Suárez no recibe balones para rematar, Neymar se embarulla solo y Messi lleva unos cuantos partidos en los que ha perdido la imaginación, la magia. Intenta los regates dentro del área, pero contra una línea Maginot suele ser imposible encontrar la ocasión para el remate.

El Atlético halló en Carrasco, casi inagotable en su esfuerzo, un estilete que puso en apuros a los zagueros azulgrana. La jugada decisiva fue un magnífico pase de Saúl Ñiguez que Griezmann, casi solo, remató de cabeza a la escuadra izquierda del meta alemán. Griezmann fue el rematador feliz en el primer tanto y el matador en el penalti.

El Atlético no se rindió aunque se aculó y jugó muchos minutos de la segunda mitad acorralado. Llegó al extremo de la vieja tradición de echar balones fuera cuando se gana. El esfuerzo de todos compensó suficientemente a sus seguidores. Fue victoria muy sudada. El sacrificio mereció la pena.

Posdata. La mercadería manda sobre los sentimientos. El Atlético no fue colchonero y el Barça perdió su camiseta azulgrana. Lo de luchar por los colores es eufemismo. No sabemos cuáles son los nuestros.