Florentino, Pertini en Lisboa

Las derrotas nunca dejan amistades. En el Atlético de Madrid sentó fatal que Florentino Pérez se convirtiera en Sandro Pertini y en el palco presidencial lisboeta mostrara sus alegrías. En el lugar más importante del campo siempre se pide que exista moderación. Los presidentes están obligados, moralmente, a contener sus ímpetus. Es cuestión de educación. Es modelo para los seguidores. Sin embargo, no siempre se producen actos serenos.

En la fila de preferencia hay presidentes que se sienten incómodos. Tanto si ejercen de local como si lo hacen de visitante. En general, resulta difícil contenerse porque, a fin de cuentas, un dirigente puede ser igual de forofo que un socio del club. Fernando Roig, presidente del Villarreal, tomó la decisión más inesperada del fútbol nacional. Dividió la primera fila del palco presidencial en dos zonas de modo que él no tiene al lado al presidente foráneo. Se saludan, toman canapés en el antepalco y previamente, almuerzan juntos. Después, en el campo, cada uno muestra sus opiniones sin que ello sea menosprecio al contrario o motivo de discusión. Hay que fijarse muchas veces en las caras de los hombres de la presidencia para saber su opinión respecto de un penalti, un gol en fuera de juego o en una entrada más o menos violenta. Desde el palco también se desean amonestaciones, expulsiones y penas máximas para favorecer a su equipo, pero discretamente.

En el Atlético cayeron mal los momentos de euforia de Florentino, quien incluso se levantó de su asiento para ir a abrazarse con un madridista tan declarado como el ex presidente José María Aznar. Cuando el presidente italiano Pertini, ya anciano, se alzó para mostrar su complacencia por el triunfo de Italia, su gesto fue celebrado por medio mundo. Hasta el Rey de España sonrió al ver a su invitado de honor con el entusiasmo que mostraba, su alegría por los goles y la victoria del equipo italiano.

Lo de Florentino en Lisboa no se había visto nunca. Tal vez se excedió en celebrar el cuarto gol de penalti. Todo estaba sentenciado. Ya no tocaba. Era el momento de congraciarse con Enrique Cerezo. Debía ser el momento del abrazo del vencedor al perdedor. Éste necesitaba consuelo y no gestos que le humillaron.