Baño al Chelsea y ridículo de Mourinho

El Atlético de Madrid le dio un baño al Chelsea. Cholo Simeone le dio una lección al prepotente y presuntuoso Mourinho. La victoria colchonera fue auténtica exhibición. Reaccionó tras el gol de Fernando Torres, se sobrepuso al ambiente londinense, logró el empate en las postrimerías del primer tiempo y en el segundo le dio un repaso al adversario. Adrián, Diego Torres y Arda dejaron en el campo del Chelsea la imagen de equipo que puede ofrecer diversas alternativas de juego y puede tratar de igual a igual al Madrid en la final lisboeta. Esta vez no es historia en dos ciudades, sino dos equipos en una. Lo nunca visto.

No hay peor cuña que la de la misma madera y al Atlético lo puso contra las cuerdas su Niño Torres. Éste se abstuvo de la celebración gozosa. En tal circunstancia, dos equipos que se estaban peleando con fuerza, sin la menor restricción mental, tenían que mantener el mismo espíritu ya que el juego no era brillante. Y en ello llegó el empate de Adrián, jugador sorpresa en la alineación, y la oportunidad de llegar a Lisboa.

El Chelsea renunció a ganar en el Calderón. Le bastaba defenderse para jugar su baza en casa. En Londres no podía dedicarse al juego defensivo y no pudo. Tenía que buscar el gol aunque sin perder de vista la defensa en la que David Luiz era quinto hombre en la zona. El Atlético tardó cinco minutos en avisar y el remate de Koke se estrelló en el larguero. El Chelsea tardó más de media hora en enlazar jugada de ataque. William se libró de dos defensores, su balón fue a Azpilicueta y el remate final de Torres llegó a la red. La eliminatoria, pese al gol no había cambiado sustancialmente porque tras el empate a cero de Madrid bastaba con que el Atlético lograra el empate para clasificarse. Y llegó la feliz celebración en jugada trenzada entre Thiago, Juanfran y remate de Adrián. Era el minuto 44.

La eliminatoria con la igualada estaba ganada y, sin embargo, el Atlético no renunció a ganar. Quiso pasar con todos los pronunciamientos favorables. Salvo unos pocos minutos, dominó el balón, ganó en todas las parcelas del campo y hubo momentos en que el Chelsea corrió riesgo de ridículo mayúsculo.

Tampoco le bastó el segundo tanto que ponía al Chelsea contra las cuerdas. En ningún momento tuvo la tentación de dedicarse a defender su ventaja. Quiso y pudo completar la hazaña. Para rematar la función fue declamando un monólogo con brillantez. A medida que pasaron los minutos se fue agrandando. Cada vez parecía muy superior. Fue el ejemplo palmario de lo que es un equipo. Un conjunto, once hombres con sentido solidario.