Familia Real británica

¿Y si Meghan Markel tenía razón?

En el seno de la familia real británica el racismo sobrevuela de manera sibilina desde la época de Isabel I, la reina que apoyó el comercio de esclavos

¿Y si Meghan Markel tenía razón?

EFEEl príncipe Harry junto a Meghan Markle

¿Y si Meghan Markel tenía razón al acusar a la familia real británica de racista? Sin duda bajo esa actitud soberbia, presuntamente caprichosa y por momentos altiva, la actriz que un día alcanzó el título de Alteza Real por su matrimonio con el benjamín de Carlos III, la misma que lo perdió porque no pudo soportar el rígido protocolo de los Windsor, ella tenía razón. En el seno de la familia real británica el racismo sobrevuela de manera sibilina. Y si no se lo creen, miren lo que le ha ocurrido a Susan Hussey. La dama de compañía de Isabel II, madrina del príncipe Guillermo y asistente de honor de la reina Camila ha sido obligada a renunciar a su puesto, después de que se publicaran los comentarios racistas que le dirigió a Ngozi Fulani, la directora de una ONG.

Meghan levantó la liebre al acusar de racistas a algunos miembros de la familia Windsor en su entrevista en exclusiva con Ophra Winfrey. “Hubo conversaciones sobre lo oscura que sería la piel del bebé cuando naciera. Se preguntaban cómo se vería, si sería demasiado moreno". Meghan, en la entrevista, no desveló quién lo dijo. Igual lo cuenta Harry en En la sombra, el libro de memorias que publicará el próximo 10 de enero y cuya rentabilidad, según ha confesado, irá destinada a organizaciones benéficas.

El silencio ante las acusaciones de racismo de la familia real británica desde la expansión del imperio hasta los comentarios contra Meghan Markle resulta, cuando menos, inaudito. No hay más que hojear los libros de historia.

La monarquía británica, con su boato y su poder, custodia una historia de expansión colonial que rezuma racismo y esclavitud, una postura no reconocida públicamente por ninguno de sus miembros.

Una reina esclavista

Para empezar, la primera Isabel fue la responsable del establecimiento del comercio británico de esclavos. Sir John Hawkins, uno de los mayores comerciantes de personas del siglo XVI, fue conocido como el “comerciante de Isabel I”. Ella incluso financió uno de sus buques esclavistas, el Jesús de Lübeck.

Aquel imperio británico menguó tras las grandes guerras del siglo XX, ahora bien, su mentalidad colonial resistió impertérrita durante todo el reinado de Isabel II gracias al golpe de efecto de la Commonwealth. Veremos a ver qué pasa en la etapa de Carlos III cuyos cimientos están aún sin fraguar. Él ha sido el único miembro de la familia real que se ha avergonzado públicamente del papel que se adjudicó Gran Bretaña en el comercio de personas. En 2018, siendo príncipe de Gales, lo calificó como una “verdadera atrocidad”.

Eduardo VIII, aquel que reinó 325 días, siendo príncipe de Gales expresó su desdén absoluto por los aborígenes australianos, lo hizo durante una visita oficial en la década de los años 20. En una carta dirigida a Wallis Simpson, la mujer por la que más tarde abdicaría, escribió: “Ayer nos mostraron unos aborígenes. Son la forma de vida más repugnante y cercana a los monos que he contemplado nunca”.

Según afirma el documental La Corona y nosotros: la historia de la realeza en Australia, en otra de las cartas escritas a su amante en una posterior visita a Barbados, el rey efímero no tuvo problema en señalar que la isla le había parecido “fea” y su población de color, “repugnante”. “Tuve que bailar a disgusto con varias mujeres durante el viaje”. El hijo mayor de Jorge V se convertiría en rey de Inglaterra en enero de 1936 y renunciaría al trono en diciembre para casarse con Wallis Simpson. Tras su abdicación, ya convertido en duque de Windsor recorrió la Alemania nazi, allí mostró sus simpatías pronazis. Para callarlo su hermano lo envió a Bahamas como gobernador.

Acusaciones de racismo han sobrevolado también por la cabeza de Felipe de Edimburgo, el padre del actual rey, que se vio obligado a renunciar a su apellido para él y para sus hijos por sus relaciones familiares con la Alemania nazi. El rey consorte llegó a calificar a los escoceses como “borrachos”, a los nativos de Nueva Guinea como “caníbales” y a los caribeños como “piratas”, además de señalar a los chinos por sus ojos rasgados. A un jefe indígena australiano le espetó: "¿Todavía se tiran ustedes lanzas los unos a los otros?”, y se quedó tan ancho. Durante una reunión en Londres, cuestionó a lord Taylor de Warwick. “¿De qué exótico lugar del mundo procede usted?”, a lo que el invitado de raza negra respondió, “soy de Birmingham”. Más o menos lo mismo que ha hecho Susan Hussey con Ngozi Fulani. Siempre fue un bocazas, una vez que se topó con una caja de fusibles anticuada no se le ocurrió otra cosa que afirmar que “habría sido colocada por un indio”.

Harry, en su época de despendole, se disfrazó de soldado nazi. Borracho como una cuba aquella imagen ocupó las portadas de los tabloides británicos y dio la vuelta al mundo. ¿Por qué lo hizo? ¿Por tocar las narices a su familia o porque ideológicamente se sentía cercano a los de la esvástica?

Como institución, la monarquía británica (posiblemente todas las monarquías europeas) es absolutamente racista. Jamás han tenido un gobernante que no luciera una piel rosada o blanca como la leche. Archie, el hijo de Harry y Meghan, no iba a ser el primero en un país en el que una de cada diez parejas es interracial. Más que nada porque tiene a unos cuantos por delante en la línea de sucesión.

Terremoto emocional en Windsor

Se avecinan unas Navidades agitadas para el rey Carlos III y parte de su familia. Para empezar, son las primeras tras la muerte de Isabel II y la paz que se supone llega intrínseca a las fiestas está muy lejos de reinar en el hogar de los Windsor. Como era de esperar, el matrimonio Mountbatten-Windsor-Maxwell ha rechazado la invitación para pasar la Navidad en familia en Inglaterra. Ahora bien, Harry aterrizará en Londres en Año Nuevo para promocionar su libro y, suponemos, explicar al mundo los motivos que le han llevado a sacar los trapos sucios de La Firma y no lavarlos en casa. “La venganza es fría” dijo Bruto tras matar a César, se refería a la espada con la que le asesinó, pero qué razón tenía.

Carlos III tiene que estar descompuesto. Leyendo los periódicos se habrá enterado de que, tras la muerte de Isabel II, los responsables de la publicación se obstinaron en abarcar más aspectos de la vida del ex duque de Sussex y se emperraron en recalcar algunas anécdotas que ya estaban contadas. El rey de Inglaterra recela de su hijo menor. No es para menos. En la calle existe un run run que asegura que los editores han obligado a Harry a incluir revelaciones con las que, incluso el autor, podría sentirse incómodo. Esas voces se refieren a que, en el libro, Harry desvelará el nombre de la persona, o personas, que tuvieron el mal gusto de realizar ese comentario racista sobre la piel del pequeño Archie, su primogénito.

En su devastadora entrevista con Ophra Winfrey, Harry y Meghan revelaron el infierno y las terribles presiones que sufrieron dentro del palacio. Perfilaron un abanico de personajes insensibles que viven bajo el ala de una institución displicente. Además de racismo, hablaron de depresión, pensamientos suicidas y rechazo. Meghan no sabía dónde se metía al casarse con Harry. O sí. Tras aquella confesión pública, la actriz de Suits se ganó la enemistad de los tabloides británicos, la animadversión del pueblo y, como su suegra con la entrevista de la BBC, la de la familia británica. Ya nadie en el Reino Unido hablaba bien de ella.

Del amor al odio

El caso es que la popularidad de la pareja dio un giro de 180 grados desde el día de su boda hasta aquel en el que anunciaron que se borraban de la familia. El enlace de Harry y Megan se vendió como un soplo de aire fresco para la realeza británica. Mas de 2.000 millones de personas en todo el mundo siguieron su boda retransmitida en directo. La Firma pretendió acercar la monarquía británica a las nuevas generaciones y presumía de una indómita norteamericana que, saltándose el protocolo, había decidido avanzar sola hacia el altar.

La paz duró bien poco. Obsesionado con la presión mediática, Harry no ha superado el odio que le tiene a los paparazzi, a los que culpa de la muerte de su madre. Cuando sintió que todo lo vivido por Lady Di se podía repetir en la figura de su mujer decidió romper con todo y con todos. Como dijo Harry, tanto su padre como su hermano están atrapados por el peso de la corona. Él no. El orgullo se tornó en fobia. La pareja se autoexilió y el resto ya lo conocen.