Fracasos amorosos

Tamara o la maldición de los Falcó

Tocados por la varita mágica de la abundancia, educados en los mejores colegios y criados entre algodones, a los Falcó jamás se les resistió nada salvo el amor. Entre padre, tío y sobrina atesoran un suculento catálogo de infidelidades mediáticas, de perfidias que alimentan eso que podríamos bautizar como los escándalos del marquesado

Tamara o la maldición de los Falcó

Tamara Falcó, su padre Carlos Falcó y su tío Fernando Falcó

Los Falcó provienen de una de las familias aristocráticas más influyentes del siglo XX, una estirpe que atesora 41 títulos y 13 grandezas de España. Tamara es hija y sobrina (además de ahijada) de Carlos y Fernando, dos de los privilegiados renacuajos que en la década de los años 50 compartieron juegos y estudios con el futuro Rey de España. No en vano, la familia del V marqués de Griñón y del III marqués de Cubas prestó el palacete de la castellana en el que se instaló aquel que el generalísimo señaló a dedo para sustituirle. Por si fuera poco linaje, nuestra Tammy es nieta de Hilda Fernández de Córdoba, dama de honor de la reina Victoria Eugenia, y de Manuel Falcó y Escandón, gentilhombre de Alfonso XIII e íntimo amigo de Don Juan, padre de Juan Carlos I.

Tocados por la varita mágica de la abundancia, educados en los mejores colegios y criados entre algodones, a los Falcó jamás se les resistió nada salvo el amor. Entre padre, tío y sobrina atesoran un suculento catálogo de perfidias que alimentan eso que podríamos bautizar como la maldición de los Falcó o, en su defecto, los escándalos del marquesado.

Los hermanos Falcó eran como el Yin y el Yang, antagonistas y a la vez inseparables. Sus vidas navegaron paralelas alternando escándalos entre la jet set. Una vez tú, otra yo. Siempre solapados y con el fantasma de la infidelidad pululando sobre sus cabezas.

Corrían los años 60 y 70 de una España en blanco y negro que olvidaba las penas y desdeñaba la libertad hojeando revistas de evasión. Los españolitos de Machado fantaseaban con el metaverso abrazando las páginas de la revista Garbo o del Hola.

Entre nobles y plebeyos, el marqués de Cubas estaba considerado como el rey de la noche madrileña. Fernando Falcó era uno de los puntos cardinales de aquella vida social, el mismo que enseñó a bailar el twist a Ava Gadner, un playboy al que se le atribuyeron romances con Cristina Onassis (aunque la millonaria siempre prefirió a su hermano Carlos que le dio calabazas), Claudia Rivelli (hermana de Ornella Mutti), La Contrahecha, Nadiuska o la mismísima Soraya, la emperatriz de los ojos tristes a la que el sha de Persia había repudiado por no poder tener hijos.

El escándalo de Ramón Mendoza

Mientras el joven Fernando se daba la gran vida, su hermano Carlos conoció a su primera mujer, Jeannine Girod, en un guateque de la época, en una boîte de aquellas en las que frecuentaba con las hermanas Koplowitz y Carlos Fitz-James Stuart, actual duque de Alba. La pareja se prometió a la velocidad del rayo, tanto que el novio recibió como regalo de boda un Maserati. El 6 de diciembre de 1963 Carlos y Jeannine se casaban y se trasladaban a vivir a California, allí donde germinaba la cultura hippie. Ya saben, la del prohibido prohibir. Con 26 años Carlos quería ampliar allí sus estudios de Economía Agraria mientras que la primera marquesa de Griñón se iba haciendo a la idea de que con 20 años recién cumplidos su vida ya estaba escrita y atada a pata de la cama. Manuel, el primogénito, vino al mundo tan pronto como solía suceder en las casas bien de boda regular. Xandra tampoco se hizo esperar. Los jóvenes marqueses de Griñón regresaron al terruño y al toparse con la intolerante, intransigente e insoportable España franquista, Jeannine fagocitó aquel lema que rezaba ‘el amor es lo único que mueve el mundo’. Ante el estupor general, plantó al marqués para caer rendida en los brazos de Ramón Mendoza, un conocido truhan de la noche madrileña, íntimo del entonces del Príncipe de España, escudo de sus fechorías y futuro presidente del Real Madrid (1985-1995).

El escándalo fue mayúsculo. El marqués de Griñón no encajó muy bien la cornamenta, de manera que la separación fue más que traumática para la familia Falcó. Con el tiempo, inevitablemente, las aguas se calmaron, llegó el acuerdo de separación, incluso, hasta la nulidad eclesiástica. Como pago a su deslealtad pública, Jeannine perdió la custodia de sus dos hijos. Era lo que se estilaba. A cambio, demostró a la pacata sociedad tardofranquista que su relación con Mendoza no era solo un antídoto contra el aburrimiento burgués. Su amor duró 15 años, eso sí, con un paréntesis de dos en los que el pícaro Mendoza protagonizó un tumultuoso escarceo amoroso con Naty Abascal, la exmodelo y musa de Valentino que aún no se había casado con el duque de Feria.

Isabel Preysler entre el marqués y Miguel Boyer

Una década después de la afrenta amorosa, el marqués de Griñón conoció durante una proyección privada de Fiebre de sábado noche a Isabel Preysler, la que estaba destinada a ser su segunda mujer. Tras salir juntos durante algunos meses, en 1980 se casaron en la más rigurosa intimidad en la finca Casa de Vacas (Toledo). No estaba el marqués para jacarandas. A la ceremonia solo fueron invitados la madre de Carlos Falcó, Hilda Fernández de Córdoba y Mariátegui, los hijos y hermanos del novio, los padres de la novia y los hijos de Isabel Preysler, acompañados por su nanny Elvira Olivares. Un año después nació Tamara. 

Como si le hubieran echado un mal de ojo, la felicidad en la casa del marqués duró un lustro escaso. La pareja firmó el divorcio en 1985 cuando mamá geisha ya estaba urdiendo su tercer matrimonio con Miguel Boyer.

Los rumores de la infidelidad comenzaron a circular a los dos años del enlace. ¿Miguel Boyer, el ministro de Economía y Hacienda, el superministro liado con la reina de corazones? Imposible, todo sonaba a fantasía popular. Rumorología barata. El caso es que los primeros y temerosos indicios surgieron en Interviú. Según la revista, Isabel y Miguel se habían conocido, en la primavera de 1982, en una de las comidas que convocaba la periodista Mona Jiménez. Isabel acudió por primera vez con el marqués y Boyer estaba allí con su mujer, Elena Arnedo. El flechazo fue instantáneo, como cantaba Mecano.

Gracias a la complicidad de Carmen Martínez Bordiú, la pareja se veía en un piso del centro de Madrid, en París o en Marbella. Los rumores de la felonía eran tan fuertes que Carlos Falcó llegó a convencer a Isabel para que enviara un comunicado a los medios negando la evidencia. ¿Les suena? Como su hija, el marqués no quiso constatar la deslealtad y los periodistas, al revés que hoy, jamás se atrevieron a desvelar la noticia por miedo al poder del superministro.

Enamorado hasta las trancas, el marqués por fin se creyó el adulterio, pero miró hacia otro lado. Estaba convencido de que aquello no podía durar. El socialista de cuna no tenía nada en común con su reina de corazones. ¡Qué equivocado estaba!

Al final, todo saltó por los aires el verano de 1985. Carlos Falcó no tuvo más remedio que admitir una segunda infidelidad pública y el affaire Preysler-Boyer propició una soberana crisis de Gobierno. El ministro que intervino Rumasa dimitió, abandonó la política y se encerró en Villa Meona con la que había sido su amante durante años, con la que sería su última esposa y madre de Ana, la benjamina del clan.

Lo nunca visto de Marta Chávarri

En plena vorágine, cuando el triángulo marqués-reina de corazones-superministro vivía una realidad camuflada, Fernando Falcó hizo su aparición estelar en las revistas del corazón. En 1982, con 43 años, harto ya de corretear entre los tálamos de actrices, emperatrices, millonarias y vedettes, el marqués de Cubas puso fin a su soltería casándose con la jovencísima Marta Chávarri, bisnieta del conde de Romanones, sobrina política de Raphael y madre de su único hijo, Álvaro Falcó Chávarri (actual IV marqués de Cubas y marido de Isabelle Junot, hija de Philippe Junot ex de Carolina de Mónaco y… de Marta Chávarri). La novia no tenía fortuna, pero podía presumir de un pedrigrí impecable y una belleza arrebatadora.

Ni las juergas vividas, ni la fama de playboy salvaron al marqués de la infidelidad. La víspera del día de los enamorados de 1989, Interviú publicó unas fotografías de Marta Chávarri, la mujer de moda, sentada en una discoteca con un cigarrillo y una copa en la mano. El flash de la cámara descubrió ‘lo nunca visto de Marta Chávarri’, la flamante mujer del marqués de Cubas lucía unas medias transparentes, pero iba sin bragas. Cosas de la época. Los tanga aún no se habían democratizado y si no querías marcar, con aquellas minifaldas había que ir ligera de equipaje.

Corría la última década del siglo XX, Marta Chavarri era la protagonista de los sueños líquidos de todos los hombres del entorno de su marido. A ella siempre le gustaron maduritos, muy pero que maduritos y, aburrida del marqués, cayó en los brazos de Alberto Cortina, entonces felizmente casado con Alicia Koplowitz.

Un día, Alicia Koplowitz llamó a su amigo Fernando Falcó y le dijo: "Tu mujer está acostándose con mi marido". Una frase devastadora que puso en marcha el final de los dos matrimonios. Años más tarde, el marqués de Cubas sorprendió al mundo anunciando su compromiso pseudo endogámico con Esther Koplowitz, hermana de Alicia. Es lo que tienen los nobles y los personajes de alta alcurnia, se empalman entre ellos y no se mezclan con la chusma. El matrimonio se fue a pique sin aspavientos.

18 años de paz y una extraña viuda

Durante los años en los que Fernando Falcó y Marta Chávarri estuvieron en el candelero, el marqués de Griñón, con la lección aprendida, hizo mutis por el foro, vivió centrado en su bodega y alejado de la prensa de corazón. En 1993 se casó con Fátima de la Cierva, con ella tuvo dos hijos más, Duarte y Aldara. Dieciocho años de paz que se fueron al traste cuando Fátima, una persona discreta y preocupada con los temas sociales, abandonó la finca El Rincón, la casa que compartía con Carlos Falcó y donde Tamara había imaginado su banquete de bodas.

Ella le pidió el divorcio, sin más, sin escándalos y sin adulterios. Durante años, el marqués se negó a firmar los papeles porque su regia estirpe no podía soportar un tercer fracaso matrimonial. La agonía marital se alargó hasta 2016, cuando el aristócrata conoció a la que sería su cuarta y última mujer, Esther Doña, una misteriosa modelo, 42 años menor que él, de la que se enamoró como un bellaco y por la que llegó a pasar una noche en el calabozo.

Carlos Falcó, marqués de Griñón, murió de COVID el 20 de marzo de 2020. Su inseparable hermano Fernando falleció exactamente siete meses después, el 20 de octubre de 2020, tras una larga enfermedad. Al contrario que el marqués de Griñón, el marqués de Cubas vivió sus últimos años alejado del foco mediático.

No fue el caso de los marqueses de Griñón. Ella tenía hambre de fama.

La joven marquesa viuda tuvo la desfachatez de publicar un libro de memorias, La vida de un gran hombre a través de sus ojos (Ed. Planeta), en el que, aferrada a un mal entendido amor, en 278 páginas aireó los mensajes de whatsapp que le envió el marqués de Griñón en pleno cortejo sexual. Esther Doña es la misma cazatalentos que anunció mediante exclusiva su compromiso con el juez Santiago Pedraz, la misma que se vio forzada a desmentirlo con la portada de la revista Hola recién horneada, la misma que se curó el mal de amores y buscó consuelo en el yate de Bruno Rodríguez-Argüelles Riva, alto ejecutivo de la naviera Suardíaz y al que casi le cuelga el sambenito de novio. Así las cosas, por el bien de Tammy, alguien debería exorcizar y bendecir los títulos de los Falcó.