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Kiko Rivera, un juguete roto de vida disoluta

Sus problemas con las drogas han dirigido una vida inestable que le ha llevado a dilapidar toda una fortuna y a generar incomprensibles peleas con su madre y su hermana

Kiko Rivera

Kiko Rivera

Antes de nacer, Kiko Rivera ya era famoso. Hijo de Francisco Rivera Paquirri y de Isabel Pantoja, protagonizó su primera portada entre la cuna y la cama del hospital. Por arriba, el segundo embarazo de Lady Di; a su derecha, la despedida de Fran (el hijo de Carmen Martínez-Bordiú) y, a sus pies, el nuevo embarazo de Norma Duval. Toda España supo que pesó tres kilos y 150 gramos, que “tenía la piel de su madre y las facciones de su famoso padre”. 

Lo cierto es que esto último no era verdad, pero eso nos lo desveló el paso del tiempo. Paquirrín de su padre solo se quedó con el nombre. Literal. La genética es muy caprichosa y el primogénito de Isabel Pantoja creció siendo la cara B de doña Ana, su abuela materna.

Recién cumplidos los siete meses, un Avispado de capa negra cercenó la felicidad familiar. El 26 de septiembre de 1984, Isabel Pantoja se convertía en la viuda de España y Paquirrín, en su Pequeño del alma. El renacuajo debutó en los escenarios un 4 de diciembre en el Teatro Lope de Vega de Madrid. Ante la mismísima Reina Sofía. Su madre presentaba Marinero de luces, un álbum compuesto por José Luis Perales. Al final del concierto, cuando la folclórica interpretó el tema Mi pequeño del alma, sacó al escenario a su hijo. Vestido de príncipe del siglo XVIII y luciendo una melena tazón teñida de rubio, el renacuajo cantó, balbuceó o lo que fuera que fuese Mi pequeño del alma.

Aquel día el futuro del bebezote quedó marcado para siempre. Creció con miles de cámaras a su alrededor. España entera supo que lo de estudiar no era lo suyo, prefería jugar al fútbol.

Reconocido seguidor del Sevilla FC, tuvo el privilegio de jugar en la cantera del Real Madrid. A saber cómo pasó las pruebas. “Estuve tres años, lo disfruté muchísimo. Para un niño de mi edad era lo máximo". Sin embargo, su sueño tuvo un final. "Me echaron porque no estudiaba. Nos obligaban a aprobar todas las asignaturas. Y lo entiendo, porque nunca sabes si un chaval va a llegar a la élite o no".

Kiko Rivera siempre presumió de una niñez feliz, con cierto grado de complicación, más que nada porque no todos los niños crecen con un arsenal de alcachofas en la puerta de su casa. Tampoco es normal celebrar la comunión entre cámaras de fotos y televisión, con una portada de revista y vestido de marinerito dorado, tipo caja de bombones. Esas cosas marcan más que las ausencias de una madre folklórica que tiene que ganar las habichuelas de su familia, su hijo, su madre, sus hermanos y sus adláteres.

El error del internado

Con la tormenta de hormonas, el adolescente Paquirrín dio guerra, mucha guerra. Su madre decidió llevarlo a un internado de Toledo con la intención de que, por lo menos, sacara el graduado. Gran error. Paquirrín entre aquellos barrotes sufrió acoso simplemente por ser el hijo de Isabel Pantoja. “Fui objeto de patadas, puñetazos, me robaban. Fue una época bastante dura, para qué engañarnos. Allí conocí todo lo prohibido", confesó en una de sus innumerables entrevistas. Lo cierto es que se acostumbró a tirar de los estupefacientes para huir de las malas experiencias. Paquirrín estaba siempre solo, casi no tenía amigos y, para colmo, apenas recibía visitas.

A los once años pudo ejercer de hermano mayor con su hermana Chabelita, pero jamás aprendió a aceptarla como parte de la familia puesto que, para los Pantoja, la niña jamás formó parte del clan. No le corre sangre gitana por las venas. Paquirrín mantiene con la joven una tóxica y anormal relación de ida y vuelta.

Si algo ha aprendido de su convivencia con las cámaras es a sacarle rentabilidad.

El huérfano de España crecía y la atención mediática crecía con él. Sus primeras novietas alimentaron la curiosidad de las hienas del corazón. Paquirrín mutó y se convirtió en Kiko Rivera y, desde ese mismo instante, inexplicablemente su fama de gallardo conquistador pululaba por las redacciones del corazón. Saray, Sara Alba, Noelia, Tamara, Techi, todas sacaron rédito de sus escarceos con el hijo de la Pantoja. Ora una entrevista, ora un plató bien pagado, ora un reality.

Amante de la juerga, la noche y la vida disoluta, decidió que lo suyo era la música y se dedicó a hacer bolos como Dj. Los consumos del internado se multiplicaron y su comportamiento era disoluto, inestable, incluso, agresivo.

Con la mayoría de edad le llovió la pasta fácil, su caché iba en aumento. Llegó a cobrar 25.000 euros por asistir a un evento y 100.000 por una actuación como Dj. Probó suerte en el cine de la mano de Santiago Segura. Torrente 4, Lethal crisis le llevo directamente al taquillazo.

Aprovechó su tirón mediático, dio las Campanadas de Fin de Año con su madre, se enroló en proyectos como Así soy yo, GH Vip o Desmontando a Paquirrín.

En 2011 participó en Supervivientes, su prima Anabel se estrenó ante las cámaras y él conoció a la que sería la madre de su primer hijo, Jessica Bueno.

Parecía que la calma había llegado con el amor. La pareja rentabilizó su boda, el embarazo y, en 2013, su ruptura. Ambos salieron tarifando. La modelo rehízo su vida con el futbolista Jota Peleteiro. El Dj regresó a la vida crápula y disoluta, a esa que jamás le fallaba cuando el mundo sí lo hacía. O eso debía pensar.

Entonces llegó Irene Rosales, la madre de sus dos hijas, Ana y Carlota. Si alguien sabe lo que es convivir con una adicción esa es ella. Intentó por todos los medios que su marido abandonara sus adicciones. Él intentó cuidarse, adelgazar y mantener a raya la diabetes y la gota. Irene ha sido su mayor apoyo, siempre ha dado la cara por él y ha desmentido la crisis de su matrimonio en innumerables ocasiones.

En noviembre de 2020 rompió los audímetros con el especial Cantora, la herencia envenenada, Paquirri se soltó la melena que no tiene y vomitó todos los secretos que, decía, había descubierto de la tonadillera y que habían provocado que ya no quisiese saber nada sobre ella. Entre otras cosas, el Dj aseguró que Isabel Pantoja aún conservaba los objetos de Paquirri, los que sus hermanos llevaban años reclamándole y que ella siempre dijo que se los habían robado. Esta polémica le unió de manera ficticia a sus hermanos paternos, Francisco y Cayetano Rivera y generó una brecha insondable entre madre e hijo.

Kiko Rivera es el prototipo de juguete roto, Sus problemas con las drogas han dirigido una vida inestable que le ha llevado a dilapidar toda una fortuna y a generar incomprensibles peleas con su madre y su hermana a cambio de contratos. El pequeño del alma que mutó en el rival hostil no es más que un enfermo que necesita ayuda.