Televisión

Cristo y Rey, la bestia del circo y la bella del espectáculo

La serie protagonizada por Jaime Lorente y Belén Cuesta retrata los casi nueve años del matrimonio de Ángel Cristo y Bárbara Rey y fulmina el supuesto pacto de silencio que había entre la vedette y Juan Carlos I

Cristo y Rey, la bestia del circo y la bella del espectáculo

Fotograma de Cristo y ReyFotograma de Cristo y Rey.

Bárbara y Ángel, la bella y la bestia. La bestia del circo y la bella vedette del espectáculo, la bella del rey. Se levanta la veda de un comadreo que es más viejo que el puente de Tudela. La serie Cristo y Rey fulmina el supuesto pacto de silencio que había entre Bárbara Rey y Juan Carlos I. Desde el primer capítulo, aquel secreto de Estado con el que chismorreaban las redacciones de este país, de puertas para dentro eso sí, estalla sin disimulo ante los ojos del espectador.

Se supone que Cristo y Rey retrata los casi nueve años de matrimonio de la vedette más famosa de la Transición con Ángel Cristo, el mejor domador del mundo allá por el pleistoceno. El caso es que la serie, aprovecha la coyuntura y se adentra en el Palacio de la Zarzuela para alimentar el morbo y echar leña al fuego de una figura que trajo la Democracia y que perdió el respeto de su pueblo por el ansia de dinero y por no poder mantener la bragueta subida.

“Esta historia está inspirada en hechos y personajes reales, tal y como nos lo han contado algunos de sus protagonistas y los medios de comunicación de la época. También hay hechos y personajes ficcionados con fines dramáticos”.

Por si acaso y para ahuyentar a la bicha, sus productores se curan en salud y arrancan con esta declaración de intenciones. Pio, pío que yo no he sido, que me lo han contado.

Ángel Cristo y Bárbara Rey se casaron por sorpresa un 12 de enero de 1980 bajo la carpa del Circo Ruso que se había instalado en la plaza de toros de Valencia. Fue el bombazo del año. Algo parecido a lo de Shakira y Piqué, pero de andar por casa. El enlace acaparó las portadas de todas las revistas, más que nada porque la pareja decidió casarse tras un efímero noviazgo. Unas pocas semanas fueron suficientes para que el empresario circense y la actriz y musa del destape se dieran el “sí quiero” y se convirtieran en una de las parejas más mediáticas de la época.

“Es acojonante ser el puto amo. Piensas que cuando puedes domar a cuatro fieras, puedes domar el destino. Hasta que un día te das cuenta de que el destino es indomable”.

Arranca el primer capítulo de la serie perfilando a un atormentado domador de circo que vive obsesionado por el recuerdo de su primera mujer, Renata, una trapecista fallecida por culpa de un cáncer. Tanto él como su circo se encuentran al borde del abismo. Como si de un prólogo se tratara y gracias a la soberbia interpretación de Jaime Lorente, el espectador comienza a barruntar la violenta y autodestructiva personalidad del domador. No hay suficiente pantalla para él, se la come. Su fuerza gestual, su nervio y su brío anulan al resto de los compañeros. Asoman ya los primeros indicios de malos tratos que en su día denunció Bárbara Rey. No parece que la serie vaya a transitar de soslayo por ese camino, por lo menos eso es lo que se presume al finalizar los 50 minutos del primer episodio.

Ángel Cristo y Bárbara Rey, pocos días antes de su boda.

EFE - Ángel Cristo y Bárbara Rey, pocos días antes de su boda.

Del cielo al infierno de las drogas y la ludopatía

Durante años, Bárbara Rey y Ángel Cristo vendieron a las revistas del corazón una vida rodeada de lujos, casoplón en la Moraleja, coches de alta gama, joyas y una falsa felicidad bendecida por la parejita, Ángel y Sofía (el nombre de la niña es un torpedo en la línea de flotación de la Zarzuela). Ella, desde la cumbre, lo dejó todo por el circo. Incluso se presentó como domadora de elefantes. Por entonces, el Circo Ruso de Ángel Cristo se convirtió en el espectáculo al que asistían todos los famosos de la época. Fue un negocio rentable, muy rentable e inversamente proporcional a la bonanza del matrimonio. Cuando se cerraban las puertas de la caravana, la felicidad conyugal salía por la ventana. Entre portada y portada de couché aquella pareja ocultaba una relación tóxica, un vínculo enfermizo dominado por la droga, la ludopatía, la infidelidad real y la violencia.

Belén Cuesta interpreta a “la mujer de las piernas eternas” (como la calificó en su día Mario Conde) emulando sus gestos, sus movimientos, alejándose de la imitación. Más que nada porque semejante mujerón resulta imposible de replicar. A Belén le falta el poderío que rezuma la gran vedette del destape. Así las cosas, la fotografía, la posición de las cámaras y la luz colocan a la actriz de manera que parezca que predomina sobre los demás en un curioso juego de trampantojos. Y es que del 1,74 que mide la réplica al 1,82 de Bárbara surge una brecha importante.

Sostiene Daniel Écija, productor y creador de la serie, que el proyecto inicial se centraba solo en la vida de Ángel Cristo. “Con el tiempo, la figura de Bárbara Rey cobró peso y nos percatamos de que allí había una mujer a la que no se había hecho justicia”, comenta. Así decidieron contactar con la actriz que les permitió grabar casi 30 horas de conversación.

Lo cierto es que cuesta creer que no supieran que estaban ante dos fieras enjauladas, dos personajes dignos de cualquier tragedia griega llevada al siglo XX. Bárbara y Ángel airearon al mundo sus glorias y también sus miserias, sus bajadas a los infiernos. Al final, a él su adición le pasó factura y a la vedette, su estilo de vida. Amante de muchos, mujer liberal y reina del destape, parte de la sociedad de la época interpretó que ella se había buscado aquellos malos tratos. Pocos empatizaron con su denuncia. Si algo ha dejado claro el óxido del tiempo es que lo suyo fue un maltrato de manual.

Por la ficción, que bebe de la estética de los años 70, pasan los grandes personajes de la época Chelo García-Cortés convertida en secretaria, Parada, Manolo Escobar, José María Íñigo, Rocío Dúrcal, incluso Paquirri, interpretado por Jesús Castro. Sus nombres, sobreimpresionados en la pantalla, resultan ridículos. Parten de la base de que el espectador no va a reconocerlos, que necesita una explicación clara para entender quien se pasea por la pantalla. Un recurso innecesario ideado claramente para alimentar el morbo. Los que tenemos memoria no necesitamos que nos recalquen quien fue José María Iñigo, por ejemplo, o que Rocío Dúrcal y Bárbara Rey rodaron Me siento una extraña, una cinta en la que ambas protagonizaron la primera escena lésbica del cine del destape. Y los que por edad no pueden tener recuerdos, no deberían necesitar la impresión. Que tiren de hemeroteca. ¿Acaso The Crown matiza con sobrenombres quién es quién?

Entre verdades y mentiras a medias, entre recuerdos deslavazados y certezas publicadas, el primer capítulo de Cristo y Rey (el titulito se las trae) sienta las bases de un folletín que se nos antoja eterno, un culebrón que resucita fantasmas que más de uno preferiría arrinconar en el sueño de los justos.