La gran paradoja

La brutal recomposición del arco parlamentario de la representación en la UE y en sus Estados miembros (EE.MM) a que venimos asistiendo, causada por el malestar de amplios sectores sociales ante las desigualdades y el deterioro del modelo social europeo, alimenta hace ya tiempo un encendido debate -periodístico, mediático, digital y político- que profundiza cada día una inmensa paradoja.

En la resaca de las celebraciones del 40 aniversario de la Constitución española de 1978, proliferan los discursos nostálgicos de los “consensos” y los “liderazgos” -visionarios, generosos, abiertos a las concesiones mutuas- que en su día hicieron posibles la reconciliación y la democracia en España.

En acentuado contraste con esta salmodia que ensalza los entendimientos pretéritos, la práctica de la política -esto es, la política práctica, la que en realidad hacemos- no deja de enconarse en la senda de la intolerancia recíproca y la polarización. Todo ofrecimiento de diálogo cae ipso facto en saco roto, vituperado como signo de debilidad, hipocresía, doble moral, doble lenguaje… Ningún gran acuerdo a la vista sobre ninguna cuestión que se vislumbre irresoluble a menos que de la flamígera indignación entre opuestos -irónicamente tan próxima a la “santa intransigencia”- alguien tenga el coraje de hablar de algo con alguien con voluntad de acuerdo.

El cambio de guardia en Andalucía es un penúltimo reflejo de la magnitud del seísmo en nuestro paisaje político. El mismo que sacude a la UE desde que arrancó en 2009 la “Gran Recesión” para sumergirla en la crisis más prolongada de su historia. Tanto en los Parlamentos de los EE.MM como en el Parlamento Europeo (PE) se han multiplicado los escaños eurófobos con la utopía regresiva (o distopía disruptiva) de un indigesto cóctel de nacionalismo reaccionario y comunicación populista.

A rebufo de la euforia y de la sugestión irradiada en la opinión conservadora por una conglomeración de formaciones políticas escoradas cada vez más a la derecha (PP, C´s, VOX), que se jacta de “acabar” con 36 años de gobiernos socialistas en la C.A más poblada de España, parece cada día más difícil conjurar el riesgo cierto -e inminente, ante la suma de citas electorales del 26 de mayo, municipales, autonómicas, europeas- de una polarización tan extrema como la confrontación a cara de perro a que aboca.

En este caldo, “tender puentes” entre los polos de la confrontación se despacha como signo de ingenuidad o “tibieza”, como un ejercicio improbable de funambulismo político que a buen seguro será castigado con dureza por el electorado cuyo voto se quiere fidelizar con un “regreso a las esencias” ¡aunque ello contribuya a jibarizar, cada día más, los márgenes de la política que hace posibles los cambios y de la que surgen avances!

Visto el endurecimiento de los votantes que reaccionan -en sentido regresivo- contra los cambios que imponen la revolución digital (esos malditos algoritmos), la mecanización (robotización, la llaman) y la globalización, como si votando en contra pudiesen detener sus efectos, las elecciones europeas de mayo de 2019 serán más decisivas que nunca.

Y deberán serlo, en efecto, porque urge hacerle frente a este derrotero alarmante de embrutecimiento político. Para combatir este mix de infantilización del lenguaje en que se expresa la política, y para enfrentar la ascendencia de discursos que apelan sólo a las tripas (“a las emociones”, dicen) despreciando las razones y la argumentación, al tiempo que exaltan falsedades y mentiras consentidas (la “postverdad”, la llaman), haciendo imposible arrojar luz sobre su laberinto de oscuros resentimientos y odio.

Se trata, pues, de una genuina batalla ideológica. Una batalla como las de antes. Digna de ser librada. En torno a la pervivencia de un ideal europeo beligerante y combativo contra esa regresión involutiva y reaccionaria que viene siendo referida como “auge del fascismo” en los EE.MM y en la UE. Porque es innegable que parte del descrédito que la tarea de la política -hacer posibles los cambios que resultan necesarios- ha venido padeciendo en estos tiempos de vértigo, proviene del daño causado por la exasperación de las desigualdades y por la postergación y degradación del “modelo social europeo”. Y que, por ello, una parte de antiguos votantes de partidos progresistas europeos viene expresando su cabreo con una inacabada cascada de “patadas al tablero” que está redefiniendo el paisaje de la representación.

Pero nada de ello resta un ápice a la preocupación que suscita -y vaya si la merece- tan prolongada secuencia de polarización en sociedades tronchadas por bloques irreconciliables. ¡De ahí la gran paradoja! La de una invocada “nostalgia de los grandes líderes” capaces de unir voluntades… y las ganas de votar por la confrontación entre bloques radicalmente enfrentados sobre ejes divisorios!

Vengo expresando hace tiempo esa preocupación. Si seguimos postergando contumazmente esas reformas que requieren de consensos (la constitucional, entre ellas, junto a otras que vertebren nuestra urgente transición económica y energética), el futuro seguirá siendo más remoto que el pasado. Insisto: ni puedo ni quiero resignarme, sin batalla ideológica y sin batalla política, a que tras 40 años de Constitución democrática los españoles del presente no hayamos, de una vez, madurado, sino sólo envejecido.