La política europea del nuevo Gobierno Sánchez

El pasado 27 de mayo el Comité Federal del PSOE vivió una jornada histórica. Debatimos y autorizamos la presentación de una moción de censura contra el Gobierno de Rajoy, con el Secretario General del PSOE como candidato alternativo a la presidencia del Gobierno (art. 113 CE). Si, contra todo pronóstico, el viernes de esa misma semana el presidente del Gobierno se llamaba Pedro Sánchez, parte de la explicación reside en un superlativo estado de hartazgo nacional (y, como se vio, parlamentario) contra el Gobierno del PP. Un punto de saturación que el PSOE acertó, con arrojo y con sentido de la oportunidad, a convertir en un impresionante impulso de cambio. Cambio político, y simbólico, que de manera inmediata ha comenzado a sustanciarse en gestos y en decisiones.

Es mucho lo que la sociedad, la ciudadanía española, espera de este cambio de Gobierno, desde la conciencia de que el tiempo es muy estrecho (al límite, hasta 2020) y el margen de maniobra se halla acotado también por la fragmentación (y el desuso del acuerdo) en las Cortes Generales. Pero hay una arena crucial en la que no solo es posible, sino urgente e imprescindible, imprimir cambios palpables desde que se ponen las manos de un Gobierno fresco, europeísta y progresista, sobre el timón del Estado. La dimensión europea e internacional de España palpita, efectivamente, como clara prioridad del nuevo Gobierno de Sanchez.

En los nombramientos mismos del escalón de Gobierno reside ya un primer mensaje. A partir de ahí, se incorporan al Consejo de Ministros personas tan bregadas en la arquitectura europea -con su complejidad y su sofisticación, que nadie debería ignorar-, como Pepe Borrell, Nadia Calviño, Luis Planas, Teresa Ribera, entre otros. Saben cómo fajarse desde su primer día en el cargo en el Decision Making de la cada vez más procelosa (y empecinada hace tiempo en una profunda crisis) integración supranacional, y traen la lección aprendida.

Una evocación personal -me la van a permitir- viene particularmente a cuenta. Cuando, en marzo de 2004, los socialistas españoles regresamos al Gobierno después de los duros años de la mayoría absoluta de Aznar y del PP, el Gobierno Zapatero arrancó nuestro mandato lanzando el mensaje claro de que la política importa; de que desde el Gobierno se pueden cambiar las cosas cumpliendo la palabra dada y honrando los compromisos contraídos en campaña. Con energía y resolución, en las primeras semanas adoptamos decisiones en las llamadas a hacer historia, marcando la diferencia: No a la guerra de Irak (orden de regreso de las tropas desplazadas en aquella intervención ilegal y tan dañina contra tantos valores relevantes para la estabilidad y la paz en la globalización); sí a la lucha sin cuartel contra la violencia machista (la ley contra la violencia de género); sí al matrimonio entre personas del mismo sexo; sí al divorcio sin necesidad de alegar causa ni conflicto previo; y sí a la regularización de casi 800.000 trabajadores extranjeros que se encontraban en España bajo el miedo permanente de ser explotados o expulsados… “Yes, we made the difference!”.

Análogamente, la primera decisión señalada del Gobierno de Sanchez ha tenido enorme impacto en la arena internacional, objeto de titulares de prensa globalizados instantáneamente. Ante la cruel y brutalmente antieuropea decisión del nuevo (neofascista) Gobierno de extrema derecha en Italia, y ante la censurable indiferencia de los países más próximos (Malta), el nuevo Gobierno español marca su diferencia: ofrece acogida humanitaria en un puerto seguro español (Valencia) a los 630 desesperados que vagaban desde hacía varios días en el Mediterráneo a bordo del Aquarius.

Me cuento entre quienes abogamos desde el minuto uno de esa (enésima) crisis humanitaria por que fuera justo y precisamente España -con la renovada imagen de un nuevo Gobierno al frente- la que mostrase a toda Europa y a los noticieros del mundo que hay otra vía, otra mirada, otra alternativa elegible, más conforme a los principios y valores proclamados por el Tratado de Lisboa (TL) y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE (CDFUE), vigente desde 2009, además de ser respetuosa con el Derecho del Mar (rescate, salvamento en el mar y arribo a Puerto Seguro) y con el Derecho Internacional Humanitario (Convención de Ginebra de 1951 sobre los refugiados) y el actual Derecho europeo legislado y en vigor (Paquete de Asilo y mandato de solidaridad, adoptados por el Parlamento Europeo durante mi mandato como Presidente de la Comisión de Libertades, Justicia e Interior en la Legislatura 2009-2014).

Es mucho, efectivamente, lo que a lo largo y ancho del programa de diseño y ejecución de la política y acción exterior de la UE cabe esperar ahora de España:

a)- Una apuesta por una mayor contribución al Presupuesto de la UE que permita afrontar juntos (y compensar en lo posible) los efectos del Brexit (mayo de 2019), tal y como han comprometido otros Gobiernos progresistas (destacando Portugal, con Antonio Costa al frente).

b)- Una defensa enérgica de las partidas financieras orientadas a impulsar las Políticas de cohesión, solidaridad interterritorial y compensación de las desigualdades, los Fondos de Cohesión, Fondos Estructurales (Fondo Social Europeo); la Política Agraria Común (PAC). Y, en lo que le importa a España, la protección de las RUPs: los Fondos que garantizan sus opciones específicas (PSOE, REA, compensaciones por el impacto de Acuerdos Comerciales sobre sus productos sensibles…). Ninguna de estas políticas tan distintivamente europeas (que nos señalan lo mejor de la construcción europea) puede ser descalificada, sin más (como lamentablemente se viene haciendo de un tiempo a esta parte, como si hubieran pasado a ser “políticas antiguas”, “viejas” o “tradicionales”…: No lo son en absoluto ¡Son columna vertebral de la razón de ser de Europa y de su modelo social!

c)- Una reivindicación del Eje Atlántico de la Política Exterior y de Seguridad Común, con una mirada activa y positiva hacia América Latina (tan en el corazón de Canarias, siempre con el acento propio de nuestra posición en el mundo);

d)- Un mirada solidaria hacia las migraciones. Y una exigencia de respeto escrupuloso del Derecho Europeo y del Derecho Humanitario ante la mal llamada “crisis de los refugiados”. Porque es verdad que ya España marcó, hace 14 años, una enorme diferencia con el Gobierno Zapatero (con la regularización extraordinaria de inmigrantes; con el espectacular incremento de la Ayuda al Desarrollo y la Cooperación, apuntando al 0,5% del PIB en el curso de la Legislatura 2004-2008; con el Plan África; auténtica reinvención de nuestra diplomacia africana; y con las contrataciones en origen de trabajadores procedentes del continente africano; y con el Programa de Ciudadanía para los españoles en el exterior y sus descendientes-, …). El nuevo Gobierno de Sanchez también puede marcar su diferencia ahora rechazando la miserable “externalización” del drama (rechazando, como hemos hecho los socialistas en el Parlamento Europeo, el infame Deal con Turquía, y la incentivación de los campamentos en Libia, Jordania, Líbano….), acometiendo al mismo tiempo una aproximación global, comprensiva -holística, decimos en el PE- de los flujos migratorios y su contribución al reverdecimiento demográfico (y social) de una envejecida Europa.

e)- En síntesis, y en definitiva, se trata de aprovechar la ocasión impostergable de volver a situar a España en el corazón, en el alma y en la locomotora de Europa y su respuesta ante la globalización, de donde hemos estado patéticamente ausentes durante los años del Gobierno de Rajoy.

Pero hay, además, por último, al menos otros dos objetivos de singular urgencia:

1)- Una enérgica campaña proactiva de diplomacia pública para restablecer la imagen malherida de España tras esa feroz campaña de desprestigio por parte del secesionismo independentista catalán (orquestada, claro está, con la malversación masiva de dinero público), sin que, por cierto, hasta la fecha haya existido más que inanidad y omisión por parte del irresponsable Gobierno del PP desalojado en la censura que invistió a Pedro Sánchez el pasado 1 de junio.

2)- Va siendo hora asimismo de que España asuma la palmaria evidencia -y la haga valer en la UE- de que la Administración de Trump en el Gobierno de EEUU no solo ya no es la “aliada” de Europa y su causa supranacional, sino que se ha convertido en un factor ofensivo, propalador de desorden, inestabilidad, fake news y caos global, con peligrosos precedentes: ni en Defensa, ni en Comercio Mundial, ni en Seguridad, ni en la Paz, podremos ya contar con Trump. Cuanto antes lo sepamos -asumiendo enteramente las consecuencias ingratas- mejor para España y Europa.

La UE debe decidir qué quiere ser de mayor.