Balada triste del Aquarius: ¿Mediterráneo, Mare Nostrum?

Durante el Pleno del Parlamento Europeo (PE) celebrado en Estrasburgo la segunda semana de junio, el debate monográfico sobre la denominada “crisis de los refugiados” alcanzó un clímax paroxístico, mezcla de hartazgo general y cabreo superlativo, expresado con rotundidad en una mayoría abrumadora de intervenciones que interpelaban -o increpaban- directamente al Consejo de la UE (órgano en que se reúnen los gobiernos de los Estados Miembros, EE.MM) y a la Comisión. Esta institución -“guardiana de los Tratados”, no se olvide- se ha mostrado hasta ahora patéticamente incapaz de conjurar la inacción en el Consejo y el quebrantamiento continuo de la regla de solidaridad entre los EE.MM preceptuada desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa (art.80 TFUE).

En mi intervención me esforcé por anudar la crítica al elogio del ejemplo que acaba de asentar desde España el nuevo Gobierno socialista, prestando amparo a un Aquarius perdido agónicamente en su balada triste en medio del Mediterráneo: “Comisión, Consejo… ¿pero es que acaso no son capaces ustedes de percibir la exasperación de este PE, expresada ya mil veces en todas las lenguas de la UE? ¿Van a responder ustedes en este debate, y van cien debates ya, que, una vez más, desnuda crudamente la inoperancia y el fracaso de Europa ante las migraciones? El Gobierno de España ha adoptado una decisión humanitaria en relación con el Aquarius. ¡Y esta decisión es un símbolo que marca la diferencia, un símbolo del cambio político, pero también de cuánto puede la voluntad política cambiar las cosas!”

Y voluntad, voluntad política, es, en primer lugar, lo que se espera del Consejo, de la próxima Cumbre Europea sobre migraciones, para decir, en primer lugar, que no tienen cabida en Europa los gobiernos de los EE.MM que incumplan el Derecho internacional humanitario y el Derecho europeo cerrando las puertas a los desesperados como el caso del Aquarius.

Pero, en segundo lugar, habrá que añadir de inmediato que no existe ninguna solución que pueda basarse en la externalización o en la pura negación o represión del problema; que hay que adoptar una política -como ha demandado muchas veces el Parlamento Europeo- holística; esto es, una política integral, comprensiva y preventiva, incrementando la ayuda humanitaria y el compromiso humanitario con los desesperados.

Pero, en tercer lugar, hay que cambiar la legislación europea, desbloquear Dublín y establecer de una vez visados humanitarios para facilitar en origen la llegada regular de los demandantes de protección humanitaria que de otro modo se expondrán a los tráficos ilícitos de explotación de personas a riesgo de perder la propia vida y la de los seres queridos.

Y es que la mal llamada crisis de los refugiados no es agua pasada, como todavía hoy algunos pretenden con desidia o descarnado cinismo… Nuestro Mar Mediterráneo sigue siendo lo que, en su alocución dramática ante el Pleno de Estrasburgo en 2016, el Papa Francisco refirió como un “cementerio marino” (en rigor, una trágica “fosa común” submarina, en la que se hacinan miles de cadáveres innominados de imposible trazabilidad para sus seres queridos). Es, en efecto, un cementerio. Lo es para tantas y tantas personas, seres humanos como usted y como yo, que huyen como de la persecución, la violencia, la miseria, las hambrunas, las sequías, la desertificación, el cambio climático y el calentamiento global, la explotación de personas, el terrorismo,  y la guerra…

Pero no es solo un cementerio. Este Mar Mediterráneo, el que un día fue Mare Nostrum, es también el espejo de nuestra peor vergüenza, la de la indiferencia y de la insolidaridad que socaba el fundamento de los mejores valores fundacionales de la UE.

Sin embargo, sigue siendo preciso denunciar al mismo tiempo otro tipo de vergüenza, la que deberían sentir los que “escurren el bulto” frente a la acción solidaria y humanitaria de quienes valientemente desenmascaran su cruel pasividad. La vergüenza de acusar y señalar al que hace algo por parte de los que llevan tanto tiempo sin hacer nada al respecto: ¡la vergüenza de criminalizar y perseguir penalmente a los voluntarios y cooperantes de las ONGs que actúan para rescatar migrantes salvando vidas en la mar!

Un contrapunto, sin embargo. Un enorme sin embargo. Porque como socialista europeo -y español- me siento legítimamente orgulloso del nuevo Gobierno socialista de España. Un Gobierno que ha ofrecido, por razones de emergencia humanitaria, un puerto seguro (Safe Harbour) al buque Aquarius tras vagar días y días a la deriva, atestada su cubierta por cientos de personas -630, incluyendo un alto número de mujeres embarazadas y niños no acompañados, vulnerables, indefensos- que habían sido rechazados por varios EEMM (Gobiernos de ¡Italia, Malta! Name and Shame) con excusas indecentes y frontalmente contrarias al Derecho internacional humanitario y al Derecho del Mar.

Debo insistir aquí en que no se trata solo de una cuestión ética y moral, ni de mera compasión. Es una obligación jurídica para los Estados. Porque existen obligaciones ciertas y desde el prisma del Derecho internacional del Mar y el Derecho humanitario que son vinculantes para los EE.MM.

Muchos llevamos años apelando al mandato jurídico de solidaridad en la gestión de nuestras responsabilidades comunes en materia de refugio y asilo que impone el Tratado de Lisboa (TL), en el que se consagra el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia (ELSJ, Título V TFUE, art.67 a 89) y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE (CDFUE), que entró en vigor con el TL (art.6.2 TUE) “con el mismo valor jurídico de los Tratados”.

Desde y dentro del PE, hemos sido y somos muchos los socialistas y progresistas combativos que hemos denunciado y combatido con todos los instrumentos a nuestro alcance la  inaceptable práctica de la externalización (subcontratación con terceros, a cambio de miles  de millones de euros) de las preceptuadas (e incumplidas, clamorosamente) políticas europeas de asilo, refugio y gestión común y solidaria de las fronteras exteriores de la UE y los flujos migratorios. Muchos hemos protestado y rechazado en el PE los “acuerdos” vergonzantes con Turquía (el Deal que evitó la forma de Acuerdo internacional que hubiera requerido el voto favorable de una mayoría en el PE para entrar en vigor). Y la mezquindad y el mercadeo que se han cronificado en el seno del Consejo sobre las alegadas “cuotas de realojamiento” flagrantemente incumplidas por los EE.MM que las habían adoptado desde el mismo día siguiente de haberlas firmado en acuerdo y resoluciones solemnes…

Y muchos somos también los que seguimos peleando, ahora, todavía hoy, para conseguir que la UE apruebe e incorpore por fin las necesarias “vías legales” y seguras (¡visas humanitarias, ya!) para la inmigración y los demandantes de asilo: hace falta, cuanto antes, el desbloqueo por el Consejo y consiguiente aprobación de un paquete de asilo (Reglamento de Dublín) que mejore las carencias manifiestas del actual sistema, bloqueado, cómo no, por la mayoría conservadora dominante en el Consejo: ¡Reforma, pues, del sistema insolidario e injusto del Reglamento de Dublín! ¡Y visados humanitarios! Como también, por cierto, hemos peleado para mejorar -a través de políticas de inversión, cooperación y desarrollo- la pobreza y lo conflictos de los países emisores…

La desidia europea -y su actual inacción- abona el embate populista, nacionalista y xenófobo en los EEMM. Su empuje es una amenaza en las próximas elecciones europeas, ya próximas, dentro de un año (mayo de 2019). Es el incuantificable coste de la no Europa. No podemos permitírnoslo. Necesitamos que Europa reaccione. Y que reaccione ¡YA!

Tengo la seguridad de que el nuevo Gobierno socialista español peleará en el Consejo desde el minuto uno. Para cambiar las cosas. Y poner en el centro del debate europeo una cuestión pendiente, de la que penosamente tantos Gobiernos irresponsables vienen huyendo instalados en un demencial modo pánico: una respuesta común a la inmigración y a la búsqueda de asilo y de protección humanitaria en la UE.