El Papa Luna se perdió en el oasis catalán

Ya sé muy bien que el asunto no puede ser tomado a broma. Es muy serio. Y muy grave. Pero releyendo los tuits, artículos y tribunas de ese racista de libro que dice ser el “¡133!” President de la Generalitat, Quim Torra, que circulan como pólvora por las redes sociales, es imposible no acordarse de una de esas memorables citas de Groucho Marx: “Sí, ya sé que parece un imbécil; que habla un imbécil y actúa como si fuera imbécil... Pero no se dejen engañar por la apariencia: en realidad... ¡Es un imbécil!”

Groucho parafrasea una máxima acuñada en la politología americana, de esas que suenan mejor cuando se las cita en inglés: “..If it quacks like a duck, walks like a duck...sure it´s a duck!” (“Si grazna como un pato, camina como un pato...seguramente es un pato!”).

El realismo político supera aquí la ficción, y no por primera vez. Lo que una vez imaginamos que era el “oasis catalán” (espejo de europeidad para el resto de España) hace tiempo que desfonda todas las peores hipótesis imaginables: Y ahí lo vemos, nada menos que al Parlament de Cataluña (por ¡65 votos contra 64!) invistiendo ¡Presidente! a un sujeto menos que mediocre, que  agazapaba sus odios y perturbaciones racistas en el número 11 de la lista por Barcelona de PdCat (esa nueva marca registral de una derecha burguesa y confesional que arrastra su propio historial de corrupción y cleptocracia en largos años de Gobierno autónomo), sin más mérito que haber sido designado con su dedo por su señor feudal -su President Puigdemont- desde miles de kilómetros. Y sin otra prioridad que acudir raudo y solícito a besar, genuflexo, postrado de hinojos, el anillo pontificio de su particular Papa Luna (que, como Benedicto XIII, porfía continuar siendo el “único Papa verdadero” frente a los antipapas y anticristos que le niegan) encastillado en su Peñíscola (llámese Berlín o Bruselas).

Son muchos los opinadores sesudos que se afanan en contar las horas que quedan para que Europa entera reaccione, contundente, ante la revelación de esa sarta de prejuiciadas estupideces vertidas una y otra vez en los escritos de Quim Torra. Pero es lo cierto, tristemente, que nada de lo acontecido en la lamentable deriva en que incursiona hace tiempo la política catalana -admirada durante décadas, con cierto papanatismo, por una parte sustancial de la opinión pública española- resultaría explicable sin la redefinición de los paisajes políticos en la UE y sus Estados miembros (EE.MM) a rebufo de la crisis que arrancó en 2008 (la “Gran Recesión” europea) y su pésimo manejo.

En efecto, la depauperación de la clase media y la trituración de la dignidad del trabajo, con la exasperación de las desigualdades entre los EE.MM  y dentro de los EE.MM, ha sido el caldo de cultivo de un rebrote virulento de malestar y cabreo -singularmente sañudo en las cohortes más jóvenes, abandonadas al paro, o en su caso al precariado, y al empeoramiento de sus expectativas vitales-, en cuyo río revuelto han pescado toda suerte de demagogias y políticas del odio. La explotación del miedo (miedo a la “globalización”, al “diferente”, al “otro”) ha potenciado -como nunca antes, desde el final de la II Guerra Mundial- la peste del nacionalismo y del discurso populista (que no es una ideología, sino una retórica adaptable a la estigmatización de los chivos expiatorios a los que señalar para odiarlos -“los musulmanes, los judíos, los gitanos, los extranjeros, los políticos, la casta... los españoles, ¡esas bestias con forma humana!”- en cada caso y circunstancia).

La mezcla de uno y otro síndrome -¡el nacionalpopulismo!- compone un cóctel indigesto que ha hecho estragos en el campo de principios y valores constitucionales y democráticos que creíamos sólidamente asentados en la Europa que puso en marcha el trabajoso edificio de la integración supranacional regida por el Derecho y el imperio de la Ley, aprendiendo las lecciones de la devastación de la II Guerra Mundial. “¡El nacionalismo...es la guerra!” exclamó, poco antes de morir, el presidente Mitterrand ante el Parlamento Europeo.

Pero ahí vemos, de nuevo, cómo cuando se cumplen 200 años del nacimiento de Karl Mark y 170 de la publicación del “Manifiesto Comunista”, “un fantasma recorre Europa”... sólo que en esta ocasión, es el fantasma del populismo!

En este contexto, países que, como Austria (E.M desde 1995), habían sufrido en carne propia, y en primera línea, los horrores del nazismo, han venido cayendo del lado oscuro de la fuerza (la embestida de la ultraderecha trufada de populismo, xenofobia y exaltación de la consigna primaria de “¡los nacionales primeros!” en sucesivos procesos electorales: primero, en las presidenciales (con el auge de la ultraderecha, cuya derrota por los pelos requirió la repetición de las elecciones); luego, las legislativas (con un Gobierno federal austríaco minado de nacionalismo extremo y populismo reaccionario).

Y en este contexto también vemos ahora cómo Italia -¡nada menos que Italia, país fundador de la construcción europea, desde los Tratados de Roma de 1957!- viene también a caer del lado oscuro de la fuerza con un Gobierno investido por una coalición xenófoba de extrema derecha reaccionaria (la Lega Nord) y populismo rampante (el Movimento 5 Stelle). Que nadie pierda de vista que nunca ha sido verdad que Italia (y su política italiana, crecientemente inmanejable) sea una “excepción” o “anomalía” en Europa. Antes bien, la República Italiana ha sido siempre precursora. Pionera de los cambios y mutaciones en curso. Anticipación de los síndromes que luego se han expandido contaminando al conjunto de las democracias europeas avanzadas: así, con la penetración del crimen organizado en la competición política; con la corrupción y el cinismo de la democracia defectiva; con la lottizzazione y la partitocrazia; con la desconfianza generalizada en una política envejecida y alejada del pulso de la sociedad civil; con el denuesto de las “castas”;...Y con el populismo trumpista de Berlusconi avant la lettre...,

De modo que lo que ahora sucede en Cataluña no es, en realidad, algo ajeno ni extranjero a este deterioro pandémico de las constantes vitales de una UE cuyos valores se encuentran hace tiempo expuestos al embate del rebrote del viejo diablo conocido del nacionalismo (trufado, en esta última edición, de nacionalpopulismo) y de los discursos del odio. De modo que el mediocre Quim Torra no puede ser subestimado como un “supremacista” extravagante y disconexo respecto de los potajes circundantes o concéntricos...

Porque, antes al contrario, Torra es un racista a rebufo de vientos que huelen a lo que son: heraldos de una extrema derecha nacionalista y cargada hasta reventar de prejuicios cuya irracionalidad no la hace menos ofensiva a los valores democráticos que España abrazó hace décadas y creyó consolidados al incorporarse a la UE.

Sí, es lo que parece.