Crisis catalana: dos narrativas en conflicto

La vuelta de tuerca en la crisis que padece Cataluña -y por extensión el conjunto de la política española-  tras la detención de Puigdemont en su trayecto de vuelta por carretera de Finlandia, al atravesar frontera entre Dinamarca y Alemania (en el Land de Schleswig-Holstein), reviste una gravedad que no puede ser subestimada. Su negativo impacto en la prensa internacional incide en el deterioro de la reputación de España en el exterior; esa que tantos esfuerzos nos había costado conquistar, después de siglos de aislamiento trufados de sentimiento de inferioridad ante Europa. El comportamiento y discurso del expresident apresado báscula en la extravagancia y la ficción disociada de conexión con la realidad, pero el daño perpetrado -mediante la desviación de cuantiosos recursos públicos- es tan real como enorme.

Lo que hemos dado en llamar cuestión catalana se despeña hace tiempo hacia su definición como la crisis constitucional más grave en los últimos 40 años, desde el restablecimiento de la democracia en España. Escribí hace mucho tiempo que la aplicación final de lo previsto en el art.155 CE (uno de esos artículos pensados para no tener que ponerse a prueba nunca) se presentía inevitable. Y ello por la simple razón de que esa era exactamente la desembocadura afanosamente perseguida por los secesionistas en su delirante propósito de confrontar a la propia sociedad en Cataluña e “internacionalizar el conflicto” que ellos mismos azuzaban. Por eso hemos asistido al quebrantamiento doloso, reiterado y sistemático, de la legalidad (ilícitos que luego hipócritamente han buscado presentar como “desobediencia civil”). Y a su sobreexposición de victimismo infatuado (haciendo pasar sus desmanes y su consciente búsqueda de una dinámica imparable de “acción”/”reacción” “contra el Estado” como si fuese “opresión” o “represión franquista”). Y a su martirologio impostado (disfrazando sus responsabilidades penales como autoinmolación por una “causa” que acabará por “¡triunfar ante la Historia!”).

Pero a día de hoy lo cierto es que la situación empeora, continuadamente, porque cada episodio agrava el anterior, sin resolver ninguno. De modo que el gradiente de opciones constitucionalmente disponible sigue todavía desplegándose con perspectivas tan inciertas como inquietantes (ahí están los “estados de excepción” del art.116 CE). Vista su repercusión mediática exterior -con un perjuicio a nuestra imagen como país sin precedente en las décadas de progresos democráticos que habíamos disfrutado hasta ahora-, son muchos los observadores que se preguntan what next? ¿Qué nos queda por delante? ¿Cómo saldremos de ésta?

No será fácil, desde luego, reparar tanto destrozo. Va a tomar tiempo, en todo caso. Y requerirá de estadistas capaces de convocar a esfuerzos intergeneracionales de los que requieren motivos y energías de envergadura y fuerza movilizadora como los de la evocación mítica del célebre discurso de Churchill: “sweat, toil, blood… and tears”. De modo que la batalla por la salida de futuro del laberinto catalán va a ser librada en la pugna de dos narrativas opuestas:

a)- De un lado, la que nos explica que nuestro resiliente orden constitucional está, sí, siendo sometido a un stress test como nunca habíamos visto… Pero nuestra Constitución probará haber sobrevivido, sin traicionar ni desmentir su fortaleza democrática, al golpismo, al involucionismo, al terrorismo etarra y a la locura yihadista, al soberanismo vasco (recuérdese el Plan Ibarretxe), al malestar masivo y preinsurreccional del 15M… y al secesionismo unilateral de la proclamación de la  imaginaria “República independiente de Catalunya!

b)- De otro lado, la que pretende que una arquitectura constitucional afectada por su generalizada fatiga de materiales, visto su envejecimiento y pérdida de la legitimidad que confiere el afecto popular, está a punto de desgarrarse por su costura más expuesta y vulnerable: la que exhibe en su punto de ebullición un conflicto identitario álgido en Cataluña, que busca su emancipación y su ruptura traumática con el del resto de España y de los españoles, y proclamar su independencia frente a España y la UE ante la historia, y si fuera preciso, hacerlo contra todos ellos.

Yo prefiero la primera. Y creo con convicción que sigue mereciendo la pena trabajar con denuedo y largo plazo para que prevalezca. Pero ésta no triunfará sin que los defensores del relanzamiento del pacto constitucional de convivencia hagamos nada por reescribir alguna de sus líneas y, en lo que sea necesario, alguno de sus capítulos. Reforma constitucional y estatutaria, pacto federal de convivencia e integración de nuestra diversidad y singularidades, son capítulos de un libro todavía por escribir. Pero ante todo y sobre todo, todo deberá ser hablado, discutido y acordado desde el respecto de la ley; esto es, la primacía del Derecho en el Estado constitucional democrático, en España y en la UE.  Porque eso es, sobre todo, Europa. Europa es legalidad, imperio de la ley y democracia entendida como preservación del pluralismo político y de los derechos de las minorías en un espacio de gobierno multinivel y abierto a sus círculos concéntricos de ciudadanía compatibles.