Elecciones alemanas: lecciones para el SPD y el socialismo europeo

A nadie puede sorprender que tanto las principales cadenas de radio y TV como las cabeceras y titulares de prensa escrita en toda Europa hayan dedicado enormes espacios de atención a las elecciones alemanas del pasado 24 de septiembre. Alemania, peso pesado en población y en PIB de la UE -que todavía hay cuenta con 28 Estados miembros-, resulta determinante para la definición del entero paisaje político europeo.

La República Federal ha sido calificada una y otra vez como el “hegemón reluctante”, en referencia a la displicencia con que ha ejercido su papel de gran potencia con vocación hegemónica en la articulación de la respuesta ante la crisis -una respuesta abyecta, por su confrontación con el modelo social con que se ha identificado lo mejor de la UE- y en la anteposición de sus intereses estratégicos frente a todos los demás ante la Gran Recesión que arrancó en 2008 y que ha sumergido a la UE en la peor crisis de su historia.

Su apuesta -el implacable Schäuble, cancerbero de Merkel- por la austeridad recesiva, su despiadada ausencia de miramientos ante el daño social infligido por la exasperación de las desigualdades entre los Estados miembros, y en los Estados miembros, han contribuido a realzar el interés con que a todo lo largo y ancho de Europa ha sido seguida esta campaña.

En una primera reacción, los resultados de las elecciones al Bundestag prorrogan otros cuatro años la orientación conservadora en Alemania y en la UE. Pero la victoria es pírrica, si es que no directamente amarga: aun perdiendo nada menos que un 7% de apoyo respecto de las legislativas de hace ahora 4 años, la revalidación de la hasta ahora Canciller Merkel (12 años en el cargo) para ¡un cuarto mandato consecutivo! han sido saludados como una “buena noticia” para la UE. Por lo mismo, la nueva derrota del SPD (pierde casi 4 puntos), tras la que su candidato, Martin Schulz, anunciaba que ¡por fin! pasaba a la oposición -poniendo fin a la experiencia, a mi juicio desdichada, de la Grosse Koalition CDU-SPD, ha dado lugar a una avalancha de comentarios duros acerca de la prolongada y profunda “crisis de la Socialdemocracia”. De acuerdo con la lectura dominante en Alemania, su pase a la oposición era, una vez más, una “mala noticia” para los socialistas.

No estoy de acuerdo; discrepo, de una y otra conclusión.

Para empezar, el mapa político que emerge desde Alemania tras estas últimas elecciones afecta, es verdad, a toda Europa. Como también lo es que  Merkel y la CDU se asoman a un cuarto mandato. Pero lo hacen, hay que añadir, más debilitadas que nunca; más lejos que nunca de una mayoría suficiente para asegurar una acción de gobierno coherente con lo comprometido en campaña, y abismada a pactar con las formaciones de idearios y programas muy distintos y parcialmente contradictorios entre sí: los liberales (que resurgen, creciendo en casi 5 puntos) y los verdes (que continúan a flote, aunque no como esperaban): la Coalición “Jamaica” (negro, amarillo y verde, por el color de la bandera del país caribeño) sólo será verosímil al coste de negociaciones arduas y prolongadas (hasta Navidad), renuncias cruzadas y compromisos limitantes que todavía se multiplican y complican aún más si incorporamos al polinomio CDU-FDP-Verdes a la CSU bávara y a su líder Horst Seehofer, escorado a una retórica trufada de populismo e instalado hace ya tiempo en un posiciones de corte ultraconservador, incomodando aún más el tránsito precarizado de Merkel hacia su cuarto mandato.

Tampoco puedo estar de acuerdo -y vaya si lo lamento- en las expectativas infladas de que “¡ahora es el momento!” de que Merkel, camino ya de “la Historia”, pruebe de una vez por todas su “liderazgo europeo” y su “proyecto histórico”: ni uno ni otro se corresponden con su ejecutoria hasta ahora (su contumaz negativa a la expansión del mandato del Banco Central Europeo en la salida de la crisis, su  Nein! a  los “eurobonos”, su Nein! al Tesoro Europeo y presupuestos anticlíclicos para reparar los daños causados por la austeridad), ni se corresponden tampoco con sus limitaciones ante la esperable crudeza de la recién estrenada aritmética parlamentaria.

AfD (Alternative fur Deutschland), la ultraderecha que reivindica la gloria de la “gloria de la Wehrmacht” alemana durante la II Guerra (¡!!), prorrumpe en el Bundestag con amenazadora pujanza (13% de votos, que sube hasta el 20% en los Länder de la antigua Alemania del Este. “¡Vamos a darles caza!”, brumaban exultantes -contra Merkel, claro está- los líderes de la extrema derecha la misma noche electoral. Su política del odio contra la diferencia y contra la inmigración desafía frontalmente cualquier europeísmo en Merkel, abocada ahora a restringir toda medida de acogida de refugiados, asilados y migrantes, con la habitual coartada de “frenar la ultraderecha” ultranacionalista y xenófoba. Merece la pena advertir que el voto de odio al extranjero es singularmente alto en ciudades y pueblos de los Länder del Este (de los que proviene Merkel) en que el porcentaje de extranjeros es raquítico o inexistente. La extrema derecha explota electoralmente miedos y prejuicios que -como sucede en Finlandia con los “Auténticos Finlandeses”- nada tienen que ver con los problemas reales, sino con los percibidos en neurosis colectiva.

La única opción disponible para impedir que AfD se erija como oposición y referencia alternativa frente al Gobierno de Merkel, era la que Martin Schulz comprometió tras admitir la dolorosa y abultada derrota del SPD (en torno al 20% de los votos, la menor cota de apoyo electoral de toda la historia democrática de Alemania): dar por finiquitada la desastrosa experiencia de la Gran Coalición, y pasar directamente, desde el primer día del mandato, a liderar la oposición a Merkel.

La Gran Coalición ha estado, en efecto, en el origen de todos los males padecidos por la Socialdemocracia a todo lo ancho de Europa y a lo largo de la crisis y de la Gran Recesión. La imagen, tristemente extendida, de que los socialistas ya no éramos percibidos ni como alternativa ni como solución frente a los estragos causados por la prolongada égida de los conservadores -sino como su “acompañamiento”, minions de la derecha, para atemperar socialmente su hegemonía ideológica, política y económica- ha resultado mortífera, letal de necesidad, para la credibilidad de nuestra diferencia y de nuestra vocación de liderar un proyecto autónomo, diferenciado frente al de la derecha, reconocible y distinto, con vocación de Gobierno  desde nuestros valores y nuestra identidad.

La consecuencia de este ciclo de desgraciada conmixtión del SPD con la CDU ha sido la floración de extremismos y de fuerzas de ultraderecha escoradas al nacionalismo eurófobo y a retóricas de supuesto “radicalismo antisistema”, trufadas de demagogia y populismo reaccionario.

Por eso es buena noticia que el SPD haya decidido pasar a la oposición. Porque ya iba siendo hora. Puede que esta derrota de la socialdemocracia, durísima, en Alemania, sea el principio de una página todavía por escribir: la de un nuevo capítulo de recuperación del alma y la identidad del socialismo en la UE, y la del relanzamiento de su modelo social, que es la razón de ser de la propia idea de Europa.