¿Miedo a defender la UE?

 

No por casua­lidad las utopías regresivas de la reacción populista, nacionalista y ultraderechista han coincidido en el tiempo con las resacas causadas por la inmersión de la UE en la peor crisis de su historia, la que arrancó en 2008 y ha venido a llamarse la «Gran Recesión» de la UE o la «glaciación» europea.

Hungría, Estado miembro de reciente adhesión bajo el Gobierno del ultraconservador Orbán, ha sido durante este período el caso más paradigmático de deslizamiento por la pendiente de una severa deriva de signo antidemocrático -restricciones del pluralismo político e informativo, de la independencia judicial y de la jurisdicción del TC-,  experimentada estos años no sólo en el país magiar sino en un extenso número de Estados miembros de la UE.

Notoriamente, Polonia exhibe también, desafiante, muestras acumulativas de un deterioro preocupante. En ningún caso se trata, desgraciadamente, éste de un caso aislado, ni incardinado tampoco en la etiqueta fácil de la “escasa tradición democrática” de los EEMM de más “reciente adhesión” (eufemismo que recubre un déficit de cultura política y de pluralismo en países largamente sometidos a la tutela de la extinta URSS), sino una tendencia cada vez más expansiva, y que ha recibido, por cierto, según los contextos, el expresivo sobrenombre de «putinización» u «orbanización» del modo de hacer política en EEMM de la UE.

La política del miedo, la explotación del sentimiento de ansiedad y de temor ante los cambios epocales que vertiginosamente se agolpan en la transición a la robotización y la economía digital en el contexto abrumador de la globalización y la financiarización de la economía global, suscitan la necesidad de actualizar la respuesta progresista de la izquierda, que en ningún caso ha de ceder un solo palmo de terreno a la extensión del pánico: antes bien, ha de mostrar el valor de la apertura a la integración europea y a la globalización de la lucha contra las desigualdades, contra la especulación y los paraísos fiscales, y contra el cambio climático...Y hacerlo desde la defensa de los derechos que estructuran el modo de ser europeo.

Las utopías regresivas contra la igual libertad plantean un desafío mayúsculo a la socialdemocracia. Perentorio, a la vista de la inminente (e imponente) carrera contra reloj que conducirá a 500 millones de ciudadanos europeos a decidir a mediados de 2019 el próximo Parlamento Europeo: recordémoslo, hablamos de la única institución directamente electiva (democráticamente legitimada por el sufragio directo de la ciudadanía de todos los EE.MM) en la arquitectura europea.

Así es. La democracia importa. Las libertades importan. Los derechos cuentan. Y su retroceso es un asunto y un objeto político insoslayable en la agenda socialista. La densidad democrática y constitucional europeo no pueden desdibujarse en ninguna agenda progresista; desde luego no en la socialista.

Frente a los miedos en la UE, y frente al miedo a la UE ¿Hay miedo a defender la UE?

La socialdemocracia debe denunciar más, hablar más claro, llamar las cosas por su nombre, alzar más la voz y exigir con contundencia respuestas proporcionadas a cada golpe de tuerca contra el acervo conquistado en separación de poderes, derechos fundamentales, acceso a la tutela judicial, pluralismo político e informativo en los medios, independencia judicial y de los medios de comunicación, garantía de la oposición, respeto a la labor social de las ONGs,  protección de la diversidad e integración inclusiva... En Hungría, en Polonia...como en España y en todas partes.

La socialdemocracia europea debe responder claramente al recuento de los deterioros constitucionales sufridos durante este período de lamentable declive de la cohesión europea.

Debe estar a la cabeza de cuantas iniciativas tengan lugar o puedan ponerse en marcha para asegurar el seguimiento, la alerta temprana y respuesta, tras la evaluación de daños, a cualesquiera regresiones o procesos regresivos.

Debe encabezar la protesta -no cederla a colectivos sectorialmente dañados (abogados, periodistas, sindicalistas...), ni tampoco a ONGs-. Esta batalla es política, e implica un  combate frontal contra las denominadas «pulsiones antiliberales» -o «iliberales» (Orban dixit)- que anidan en dichas derivas.

Pero también es exigible a los partidos socialistas pie en tierra y alerta roja frente al prolongado auge del nacionalismo y de la intolerancia frente a los extranjeros, contra los refugiados, contra la diversidad. Pie en tierra y alerta roja frente a los discursos del odio contra los diferentes, la estigmatización del otro y la espiralización del ellos contra nosotros, semilla de populismo reaccionario.

Porque, ante la perspectiva de las elecciones europeas de 2019, la batalla política de la socialdemocracia europea ha de ser puesta en relación con otros procesos histó­ricos de erosión y/o involución democrática en Europa, incidiendo en la dialéctica democracia vs populismo.

El socialismo europeo debe fijar posición clara ante los conflictos derivados del denominado «dilema de Copenhague»: se cubre bajo esta expresión la paradoja que contrapone el rigor de los exámenes para acceder al “club” de los Estados democráticos integrados en la UE, y la ausencia de controles de calidad de los estándares democráticos en esos mismos Estados una vez ya se “está dentro”, “ya se es parte del Club”.

Los socialistas europeos debemos situarnos sin ambages, sin dilación ni ambigüedad, contra el auge de la extrema derecha a lo largo y ancho de la UE: su “freno” en las elecciones holandesas y francesas (a duras penas contenido por formaciones liberales, que no por los socialistas) no puede paliar la evidencia de su creciente pujanza en el electorado (¡20% en Países Bajos, 40% en Francia!), y la amenaza del alcance de la ultraderecha en las próximas elecciones generales en Alemania.

Y debemos hacerlo con urgencia y fuerza ante las restricciones de derechos y de leyes de protección de refugiados y de los retrocesos habidos en los últimos años en derechos y libertades públicas padecidos en España bajo la insoportable mayoría del PP; ya así, hasta revocarla y revertir su apisonante legislación antisocial.

Es cierto que una buena parte del deterioro infligido al modelo europeo tal y como aprendimos a apreciarlo y valorarlo está vinculada a la abrupta e histórica «gran ampliación» que supuso la adhesión a la UE de diez “Estados del Este” largamente sometidos a la férula soviética, y con el telón de fondo de una crisis económica y financiera devenida, en poco tiempo, en una crisis social y de valores agravada por las disparatadas políticas de austeridad impuestas por un manejo conservador de la crisis.

Pero no es menos verdadero que tan abyecta gestión de la Gran Recesión ha acabado redundado en una impugnación de la propia idea de construcción europea desde el frente ideológico, que se ha ensañado con crudeza con las generaciones jóvenes abocadas a una oclusión de oportunidades y futuro carente de precedentes. La tarea socialdemócrata es propugnar con contundencia una respuesta europea a tan dañinas derivas, y, entre otros objetivos (justicia en la globalización, progresividad fiscal, dignidad en el empleo, garantía juvenil...), una reivindicación de sus valores fundantes y de su protección reforzada mediante mecanismos políticos que velen por la calidad democrá­tica y por la fortaleza del Estado de Derecho a todo lo ancho la UE.