Un liderazgo de unidad

Tal y como relata magistralmente mi paisano el gran Galdós en sus Episodios Nacionales, la historia del siglo XIX (y, por extensión, la de buena parte del “olvidado siglo XX” que nos explicó Tony Judt), se revela atravesada por la dolorida recurrencia de autoderrotas de la izquierda causadas por su autolisis y sus fracturas internas.

A lo largo de la última de nuestras Guerras Civiles -Juan Negrín, también paisano, sería su exponente más dramático- la división faccional y el sectarismo en el PSOE se enhebra con la rivalidad con las distintas ramas del comunismo español -estalinistas v. trotskistas- y del anarcosindicalismo -CNT v. FAI-, además de despeñarse en la hora trágica de España que acabó con la oportunidad de una democracia bajo la II República.

Entrado el S. XXI, la izquierda española se muestra de nuevo fracturada en una sucesión de procesos electorales clave: 2014 (europeas), 2015 (locales y autonómicas), 2016 (dos elecciones generales, y autonómicas -gallegas y vascas-). Lo mismo en 2017, ante unos Congresos y citas partidarias que se avecinan problemáticos y tensos, proporcionando escaso margen para preparar un espacio táctico compartido y delinear horizontes de reagrupamiento que primen el objetivo estratégico de derrotar a la derecha, más unida en derredor de sus intereses comunes a lo largo de esa historia de cuanto haya acertado a mostrarse su oposición por la izquierda y las posiciones progresistas.

Singularmente preocupante -penoso, o cabreante, según las emociones- es observar la recidiva del síndrome de división en el interior del PSOE: no en vano una organización imbuida de un proyecto y de un sentido de misión requiere unidad de estrategia y liderazgo -colectivo, compartido, colegiado, federal y por lo tanto plural, pero liderazgo al cabo- aceptable por sus miembros, por todos sus componentes.

Los éxitos electorales -y sus rendimientos políticos- de la mejor historia del Partido Socialista (Felipe y Guerra, Zapatero...) sólo fueron concebibles en los mejores años de convivencia interior en los distintos escalones de su estructura orgánica, cuidando con cabeza y método la habitabilidad y un clima de hospitalidad receptiva hacia cuantos miraban al Partido o lo visitaban viniendo de los círculos concéntricos de una formación distinguida por su expresa vocación de centralidad política: capaz, una y otra vez, de señalar e imponer su hegemonía en el temario de la conversación española.

En doloroso contraste, en la actualidad alarma la fragmentación sectaria en una proliferación de corros y plataformas que apuntan, cómo no, a “recuperar” al PSOE sin explicitar la premisa de que para ello convenga depurarlo de “traidores” que hayan “decepcionado” algún supuesto “mandato” conferido en su confianza... En cada vuelta de tuerca de esta dinámica gregaria, se añade un ladrillo más a la pesada carga de una desmoralización que alimenta el pesimismo y corroe la ya menguada capacidad de convocatoria y movilización en torno a las siglas del PSOE, a nuestros actos orgánicos y a los posicionamientos de nuestros cargos públicos.

O restablecemos, todos, entre todos y con todos -basta de “ellos” y “nosotros”- la unidad en la conciencia de nuestra razón de ser y de seguir estando juntos, sin excluir a nadie, o no hay nada que hacer. La sugestión de un futuro de “recuperación”, restauración”, “relanzamiento” del PSOE exigen reconciliación con nuestra pluralidad y diversidad interior, reintegrando a “unos” y “otros” sin dejarnos nadie atrás en un liderazgo que asuma la integridad de un “nosotros” como prioridad moral. Vengo sosteniendo hace un tiempo que nadie merecería liderar ninguna rama del socialismo español -con más razón, la federal- si para poder ejercer debe prescindir de cuantos/as socialistas no hayan juramentado “adhesión inquebrantable” a la “plataforma” política desde la que recabó los avales necesarios, los votos de un determinado censo o los apoyos orgánicos sobre los que se haya aupado. Perseverar en esa lógica o condescender con ella sin tomar lo bastante en serio los perjuicios que acarrea sobre la credibilidad de los valores proclamados -los socialistas, los nuestros: fraternidad, igualdad, solidaridad, tolerancia ante la discrepancia y disparidad de opiniones- supone asumir un PSOE aún más diezmado, descapitalizado, despoblado e incapaz de derrotar a la derecha por más que sea criticable, por despiadado o devastador, su balance de Gobierno, como lamentablemente prueban nuestras experiencias frente al PP de la Gürtel, la reforma laboral, la LOMCE y la Ley Mordaza del PP de Rajoy y sus mayorías absolutas en 2016.

Con toda claridad, el liderazgo del PSOE requiere un “nosotros”, PSOE, no mitades del PSOE, ni un PSOE demediado o contraído a fuerza de sus contradicciones y conflictos irresueltos. Sólo todo el PSOE tendrá una oportunidad de suscitar la espiral de emulación, admiración y capacidad de atracción, movilización y arrastre demostrada en los años que ahora echamos de menos, en los que fuimos muchos más habiendo perdido a tantos que ahora echamos de menos... La espiral de admiración y afecto que me capturó a mí, uno más entre los miles que nos hicimos afiliados y uno entre los millones de españoles que suscribimos votando con convicción e ilusión los años en que ganamos elecciones en España y en tantas CC.AA con nuestras propias fuerzas.