Ciudadanos europeos: por qué se hicieron yihadistas

Condolencias con las víctimas de esos atentados que nos golpean a todos. Y solidaridad infinita con Francia y con todos los países que sufren en propia carne el terrorismo. Pero los ciudadanos europeos tienen derecho, además, a una respuesta legislativa -del legislador europeo que es el Parlamento Europeo- que garantice y refuerce su seguridad frente al miedo y frente a la indefensión.

Y eso exige aprender algunas cosas con realismo.

La primera es que este no es un debate sobre la extranjería, ni sobre la inmigración, ni sobre el derecho de asilo. Ni siquiera sobre el islam. Porque tenemos que entender que será imposible que Europa y sus libertades puedan prevalecer si no conseguimos la cooperación de las comunidades islámicas en nuestra política interior y en nuestra política exterior. Sin un diálogo constructivo y la cooperación activa de las comunidades islámicas que sufren y combaten también el terrorismo -las primeras y más numerosas víctimas mortales de los yihadistas y del Daesh son los propios musulmanes que mueren o huyen del torturado Oriente Medio-, no es posible una estrategia para evitar que la espiral yihadista se cronifique.

Y la segunda es que los atentados que más nos han dolido, como París en 2015 o Madrid en 2004, no fueron perpetrados por personas que vinieran en avión. Habitaban y habitan entre nosotros. Y por eso es imprescindible reforzar la comunidad europea de inteligencia, para saber cómo actúan en las redes. Cómo se financian y mueven globalmente su dinero. Cómo podemos interceptarlo. Congelarlo y confiscarlo. Cómo podemos evitar que al amparo de las redes y del anonimato de las nuevas tecnologías puedan tantos europeos trasmutar en yihadismo su resentimiento extremo. Y cómo podemos defender nuestros valores sin rendir nuestros derechos y nuestras libertades.

Por eso, el debate sobre la prevención de la radicalización y el reclutamiento de ciudadanos europeos por organizaciones terroristas es un debate oportuno. Lo es. Lo que no es oportuno ni legítimo es mezclarlo con un debate sobre la extranjería, sobre la inmigración o sobre los refugiados. No: debe ser un debate sobre lo que puede hacer Europa para prevenir que ciudadanos europeos, nacidos europeos y residentes entre nosotros, continúen siendo reclutados por organizaciones terroristas.

Nuestro valor añadido europeo consiste en que aprendamos cómo intervenir y cancelar contenidos en la red que instigan al extremismo violento. En que aprendamos a intervenir también la socialización del terror en las cárceles y prisiones europeas. En que aprendamos a prevenir no solamente el tráfico de armas, a través de sus medios cada vez más sofisticados, sino la financiación de ese adoctrinamiento en el terrorismo; y en que congelemos sus activos, y lo hagamos en la escala europea.

Pero también, y sobre todo, en que aprendamos a cooperar policialmente para compartir información sobre los 5.000 europeos que han entrado y salido después de haber sido entrenados para el terrorismo en algún lugar extranjero.

Y en que denunciemos que la austeridad y el derrumbamiento de las políticas de educación, de inclusión y de integración en barrios marginados y colectivos especialmente vulnerables han hecho que muchos jóvenes europeos, muchos ciudadanos nacidos europeos, se muestren prestos a embarcarse en esa enloquecida espiral de violencia destructiva y autodestructiva, y se declaren dispuestos no solamente a matar, sino a morir matando.

Este es el desafío que tenemos que resolver: un valor añadido de auténtica escala europea a esa respuesta de la comunidad internacional más necesaria que nunca, frente al terrorismo del Daesh tanto más efectiva en cuanto consiga implicar a grandes actores regionales de población musulmana: Turquía, Irán, la Liga Árabe y, cómo no, Arabia Saudí.