UENavFor Med ¿La medida de un fracaso?

La sucesión de Consejos Europeos sobre inmigración en la UE nos dan la medida de un fracaso: la de la ambición proclamada en el Espacio Europeo de Libertad, Seguridad y Justicia en el Tratado de Lisboa (TL), en que brilla con luz propia un nuevo mandato normativo (no de “buena voluntad”): la solidaridad (art. 80 TFUE).

El propósito constitucional en el TL consistía precisamente en la comunitarización, la dimensión europea y la “lisbonización” de la gestión integral de fronteras exteriores de la UE. Y en la consolidación de un espacio de entrada y libre circulación de personas sujeta a reglas comunes.

La política europea de inmigración se ha deslizado, en cambio, en demasiadas ocasiones, hacia el reverso de esta ambición. Australia y Canadá, e incluso la iniciativa de la Administración Obama para reformar con profundidad la política de inmigración de EEUU, se erigen como ejemplos y referencias a seguir. La política europea parece aún por inventar, incomprensiblemente insensible al a realidad demográfica del envejecimiento de nuestra población y a la evidente conveniencia de regular y ordenar el aporte migratorio.

Pero la cuestión europea es única en su dramatismo: la conversión del Mediterráneo es una fosa común -aún peor que el “cementerio” del que habló el Papa Francisco-, por la imposibilidad de identificar e incluso de cuantificar las víctimas de la catástrofe de los tráficos ilícitos con sus prácticas de explotación.

Los países que más sufren la presión de las mafias descarnadamente deshumanizadas, no están en la UE: Turquía, Siria, Líbano, Marruecos… Y esa realidad desafía al conjunto de la UE, no a los países que más sufren la “carga” (burden) de esos tráficos ilícitos: Italia, Malta, Grecia, España….

Toda una sucesión de Consejos Extraordinarios a lo largo de este año de legislatura 2014-2019, y las iniciativas y estrategias promovidas desde la Comisión Juncker, se han estrellado o han encallado, al menos hasta la fecha, contra la resistencia de los Estados miembros (EE.MM), reunidos en Consejos inconclusivas o decepcionantes. Unos, por impotencia ante su deterioro financiero y económico; otros, por el cortoplacismo vulnerable ante el ascenso de los populismos xenófobos; otros incluso cediendo, como Francia o España, a todo tipo de subterfugios (insuficiencias presupuestarias ante la crisis, altas tasas de paro)…. Casi todos, de consuno, han frustrado una tras otra las esperanzas puestas en la capacidad de la UE de poner en marcha y actuar una genuina respuesta europea al desafío.

Los primeros pasos a los que estamos asistiendo deben sobreponerse a todo tipo de dificultades. Es mucho lo que está por ver… pero sin recursos, presupuestos, programas y acciones a la altura de los valores proclamados, estaremos condenados a la frustración, a la cólera y a la melancolía ante la enésima medida de un fracaso cada vez menos compatible con el Derecho europeo.

En efecto, hemos visto esta semana cómo el Consejo de Ministros de Exteriores de la UE adoptaba -¡acabáramos, después de un parto de los montes!- una primera fase de misión EUNavfor Med. En esta operación naval participan, sin embargo, sólo 14 países del total de 28 EEMM. Cuenta con un presupuesto escaso – voire, raquítico-, 11.9 millones de euros, para 14 meses. Pero sobre todo preocupa la limitación de objetivos: “intercambiar información” y “patrullar” en altamar para detectar traficantes, algo que ya es factible desde la Situation Room del cuartel general de la Agencia Frontex en Varsovia.

La Operación EUNavfor Med contará con cinco barcos, dos submarinos, tres aviones (de reconocimiento), tres helicópteros y dos drones. Destaca sobre las demás la contribución italiana: mil marinos militares. La contribución española se contrae a un barco de observación.

La jefa de la diplomacia europea, la High Representative Federica Mogherini, se ha visto obligada a insistir en que la operación es apenas el primer paso y comienzo de una estrategia más amplia que quiere contar con la cooperación de aliados norteafricanos y con el ACNUR (organismo de la ONU que dirige el ex premier portugués António Guterres).

En una primera valoración sobresalen dos limitaciones: de un lado, la ausencia de cobertura por falta de autorización del Consejo de Seguridad de la ONU para el empleo de fuerza naval en aguas territoriales libias: de ahí la reducción originaria de la misión al mero “intercambio de información”. Por otro lado, no existe acuerdo sobre la metodología ni bases operacionales del desembarco y atención de los migrantes aprehendidos en las embarcaciones que, una vez interceptados, deberían ser “destruidas” para frenar los tráficos.

El Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, protagonizó una vibrante y bien construida alocución ante el Pleno del Parlamento Europeo hace apenas dos semanas. En ella, adelantó su tesis de que la “destrucción” de las naves de los traficantes “no es una solución “, y reclamó una “genuina dimensión humanitaria” en la gestión inmigratoria con cargo a los recursos políticos y presupuestarios de la UE.

Sí, ya lo sabemos, el dilema es diabólico: nada de lo hecho hasta ahora ha disuadido ni frenado a los nuevos mercaderes y tratantes de seres humanos desesperados, ese éxodo migratorio que huye de la guerra y el hambre. Es más: los rescates operados por Mare Nostrum (iniciativa italiana) han servido cruelmente de acicate a la creciente e hiriente falta de escrúpulos morales por parte de esas mismas mafias. Pero también es seguro que a menos que la UE disponga de una diplomacia común capaz de hacerse valer en foros internacionales (para empezar, en la ONU) y con medios materiales parejos a sus autoproclamados propósitos y valores, ninguna sucesión de parcheos conjugará la tentación de la frustración y el ritual de los duelos y las lamentaciones ante la creciente pérdida de vidas humanas antes nuestras costas comunes, las fronteras europeas.