Del “buenismo” de ZP al Consejo de Seguridad

El atronador autobombo con que el Gobierno del PP se ha regalado al acceder a un puesto temporal (por dos años) en el Consejo de Seguridad de NN.UU ha conseguido ocultar -mediáticamente, cómo no- la irónica moraleja de la campaña de Margallo: sus principales activos para promover a España en la arena internacional provenían de la denostada “herencia de ZP”. Tanto el formidable aumento de la cooperación y la ayuda al desarrollo –ahora derrumbado- como la idea e iniciativa de la denominada “Alianza de Civilizaciones” –demonizada y ridiculizada con ferocidad por la derecha española- han resultado cruciales para que la Asamblea General de la ONU se decantara por España en tercera votación.

Lo cierto es que el infamado “buenismo” del “ingenuo” ZP ha reportado al Gobierno del PP un rédito diferido, cuya capitalización podría absolverle del desastre que fue la última ocasión en que tuvimos asiento en ese mismo Consejo, hace ahora 10 años, cuando la ministra Ana Palacio nos hizo pasar el bochorno de embarcarnos junto a Bush en la catastrófica Guerra de Irak, cuyas consecuencias fueron y siguen siendo terribles, para España y para Irak y para la entera y torturada región del Oriente Medio.

Llegará seguramente el día en que rehabilitaremos, aquí como en otros ámbitos, a fuerza de puro contraste con lo que ahora padecemos, el “buenismo” e “ingenuidad” de aquel Gobierno Zapatero.

Porque, en efecto, había una vez, en un país muy muy lejano, un ingenuo Gobierno Zapatero. En aquel país acostumbrado a la manipulación gubernamental de los medios de comunicación públicos así como a la injerencia masiva en los medios privados, aquel ingenuo Zapatero apostó por la desgubernamentalización de la Radiotelevisión y por la neutralidad de sus informativos, pese a que muchos advirtieron de la enorme candidez que suponía dar por hecho que la ciudadanía en aquel remoto país no admitiría una vuelta atrás de aquel desarme unilateral por el que dicho Gobierno renunciaba a la intervención directa en la escaleta de los telediarios públicos y privados. De modo que sus ministros renunciaban a aparecer en ellos a toque de corneta, mediante un simple chasquido de los dedos, ordenando una declaración “a tiro de cámara”. E incluso llegó a afirmar que aquel paso hacia el avance y la profundización democrática “no tendría marcha atrás”. Y a pesar de que en su propio partido muchos advirtieron que, apenas se produjera la alternancia en el Gobierno, su feroz oposición volvería a regubernamentalizar la Televisión y sus telediarios, el ingenuo Zapatero persistió en su peregrina idea de que aquel impulso al pluralismo “merecería la pena por coherencia y por valores”.

Había una vez en un país muy muy lejano, un ingenuo Gobierno Zapatero. En aquel país acostumbrado a la manipulación progubernamental de las estadísticas oficiales, además de a su control anticipado por el Ejecutivo de turno, aquel Gobierno Zapatero renunció a acceder privilegiadamente y por anticipado a los datos de empleo o paro, así como a las demás cifras oficialmente descriptivas de las magnitudes macroeconómicas, para compartir su conocimiento, manejo e interpretación con los demás partidos de la oposición, por minoritarios que fueran. Y aunque muchos le advirtieron de que en cuanto se produjera la alternancia en el Gobierno de su feroz oposición, aquellos avances democráticos serían -como todos los demás derechos sociales o libertades civiles- revertidos y pisoteados con despótica arrogancia, el ingenuo Zapatero asumió que aquel desarme unilateral del Gobierno tendría lugar de todos modos. Y que en cuanto los ciudadanos tomaran conciencia y gusto de aquellas parcelas de libertad y calidad democrática, no aceptarían ya nunca más ninguna involución regresiva hacia la casilla de partida de la que se procedía.

Había una vez, en un país muy muy lejano, un ingenuo Gobierno Zapatero. En aquel país, acostumbrado a la manipulación de las encuestas de opinión del Centro de Investigaciones Sociológicas, de titularidad pública, el ingenuo Zapatero decidió renunciar a conocer, manipular o distorsionar las encuestas de opinión mediante la “cocina masiva” por la que -abracadabra, arte de birlibirloque- la intención directa de voto y la simpatía quedaba sin más contradicha por la “estimación de voto”. Para favorecer – ¡oh sorpresa! – al partido del Gobierno. Y aunque muchos le advirtieron de que en cuanto su feroz oposición regresara al Gobierno, aquel avance democrático no sería más que un pálido recuerdo, el ingenuo Zapatero resolvió tirar adelante en este nuevo desarme unilateral que suponía una ruptura con la arraigada tradición de intervención sobre el CIS.

Moraleja: muchos advirtieron al ingenuo Zapatero de que esos avances en derechos de la ciudadanía, libertades, tolerancia frente crítica y profundización del pluralismo -descalificados groseramente como “ocurrencias” “del “talante” por su feroz oposición- podría resultar flor de un día en cuanto fueran reversibles por la materialización de la alternancia del Gobierno. Muchos le avisaron también de que esa involución regresiva podría pasar inadvertida por una ciudadanía aturdida por el empeoramiento abrupto y brutal de sus condiciones de vida, cuando no desdeñosamente ignoradas por amplios sectores escasamente sensibles o reactivos ante los atropellos contra la libertad, siempre frágil y permanentemente amenazada. Como lo son todas las conquistas de la civilización, que nunca lo son para siempre y son, por lo tanto, precarias y revertibles, debiéndoselas cuidar con mimo, so pena de que se deterioren.

Muchos le advirtieron, en efecto. Pero ahora no basta lamentarse. Solo cabe aprender enteramente de las durísimas lecciones aprendidas en tiempos tan crudos y hostiles, de viento en contra y de oleaje crecido. Solo cabe comprometer que en una próxima vez habrá que acometer reformas contundentes y democráticas profundas, de gran calado y blindadas ante la alternancia de Gobierno. Y deberán suponer un empoderamiento genuino de una ciudadanía más vulnerable y vapuleada que nunca por la exasperación de la desigualdad y por las injusticias. En aquel país remoto se ha producido, a lo bestia, una regubernamentación de RTVE que ha hecho de nuevo estomagantes los telediarios y nauseabunda la práctica de la adulación al Gobierno por parte de una mayoría de tertulianos de referencia, con expeditivos castigos a cuantos se atrevan a “ignorar quién manda aquí”. Se ha regresado a la práctica de la patrimonialización e instrumentalización interesada de las estadísticas oficiales. Y se ha retornado a la manipulación en las encuestas del CIS. Por no hablar –como hemos hecho otras tantas veces- de los retrocesos brutales en la dignidad del trabajo y la igualdad ante la Ley y ante las oportunidades en el acceso a la Sanidad, Educación y Justicia, obstaculizadas todas ellas por “tasazos” prohibitivos y discriminatorios.

Si, como evoca García Márquez en la última línea de “Cien años de soledad”, cupiera todavía esperar una “segunda oportunidad sobre la tierra” para tan ingenuos avances en libertad, igualdad, transparencia y pluralismo, ahora pulverizados, habrá que amarrar en serio -en la Constitución- las nuevas reglas de juego.