República y federalismo: ¿cosas de gente de izquierdas?

Ni el federalismo ni el republicanismo son ideologías de izquierda. Ambas se prestan a ese equívoco en España debido a razones históricas y psicológicas: tanto una como otras formulaciones políticas se asocian en nuestra historia a formaciones progresistas y a sus impulsos de cambio. Pero ni una ni otra prefieren ni discriminan por principio las posiciones políticas que tradicionalmente consideramos distintivas de la derecha y la izquierda.

Así lo muestra la evidencia empírica disponible, tanto bajo la óptica del Derecho y la política comparada como también, incluso, desde nuestra propia historia cuando leemos con detalle y no superficialmente.

En efecto, el federalismo propugna una articulación jurídica de la complejidad, integrando en un todo estructurado y unitario la diversidad de sus partes. La historia de los EEUU, Alemania, Suiza, Austria, Australia, Canadá y otros entes políticos federales muestra con claridad que la solución federal no es en sí conservadora ni progresista, sino fruto de un acuerdo de integración y convivencia en distintos escalones de poder territorial, susceptible de lecturas y aplicaciones ventajosas desde la derecha y la izquierda. Tanto si los Estados federales proceden históricamente de la agregación de entidades territoriales preexistentes (EEUU, Alemania, Suiza, India…) como de la descentralización de Estados antes unitarios (España, Bélgica, Australia…), el federalismo añade valor constitucional al pacto para vivir juntos porque el reconocimiento de las identidades compatibles y la garantía de las competencias y recursos financieros para ejercerlas son asumidos en la propia Constitución común. Por eso federalismo y constitucionalismo son principios vinculados en la historia y la experiencia. ¡Por llamativo que parezca, con una descentralización comparable al arquetipo de un Estado federal, estas son todavía las horas en que ni las identidades, ni las competencias, ni la financiación de las CCAA aparecen recogidas en la Constitución española de 1978 sino, casi 40 años después, en los EEAA, en las leyes y en la jurisprudencia del TC!

Por su parte, el republicanismo expresa, históricamente, la apuesta por una solución no hereditaria frente al problema político de la asignación de la jefatura del Estado. No exhibe, pues, en teoría, ningún marchamo ni ADN izquierdista por sí mismo. Ideológicamente, el republicanismo refuerza la separación de poderes, sus frenos y contrapesos y el carácter electivo y la responsabilidad en todas las instituciones. Más contemporáneamente, los valores del republicanismo cívico -deliberación, dación de cuentas, transparencia, redistribución del poder y no dominación- son no sólo compatibles con la monarquía parlamentaria (simbólica, sin poder político) sino que representan un mejoramiento de la calidad democrática sea cual sea la opción constitucional elegida para la magistratura encarnada por un Jefe del Estado en países democráticos.

Dicho con toda claridad: ni para propugnar valores republicanos ni para ser favorable a una racional y saludable federalización de España hace falta ser de izquierdas. ¿Se pude ser republicano o federalista y al mismo tiempo de derechas, gente conservadora? Por supuesto que sí. Para responder basta con evocar figuras como Eisenhower o Nixon en EEUU, Tiers o De Gaulle en Francia, Adenauer o Kohl en Alemania, De Gasperi o Andreotti en Italia… La sola pregunta sonaría directamente estúpida de no ser porque en España una y otra propuestas han debido confrontarse con una hegemonía histórica de despotismo y/o autoritarismo bajo la forma política de una monarquía centralista, en modo que republicanismo y descentralización dieron la mano a la insurgencia y/o a la rebelión contra el binomio de su opuesto. Pero lo cierto es que ni Nicolás Salmerón ni Estanislao Figueras, ni Emilio Castelar, ni Niceto Alcalá Zamora, ni Alejandro Lerroux… (por mentar sólo ejemplos) fueron ideológicamente personalidades de izquierda en el momento de asumir sus cargos y responsabilidades durante las experiencias de la I República (1873) y la II República (1931-1939).

El propio Manuel Azaña, cuyo genuino perfil intelectual y político distaba de ser el un “rojo” ni tampoco un “radical”, dejó escrito que, contrariamente al pensamiento establecido, “el problema de España no ha sido el subdesarrollo económico sino el subdesarrollo político”. De ahí que gobernantes enamorados de la unidad de España como él mismo o Juan Negrín (su presidente del Consejo durante los años finales de la Guerra Civil) hubiesen debido optar por el republicanismo y la descentralización que en España equivalían a modernización frente a la reacción, frente a la revolución y frente al secesionismo de los nacionalistas. También por ello en España es especialmente clara la contraindicación entre el federalismo y el independentismo. Como lo es, por cierto, entre el nacionalismo identitario y los valores del republicanismo cívico.

Lo mismo sucede si enfocamos el período más reciente, desde la Transición hasta hoy. Por señalar un ejemplo, el abogado García Trevijano –que se autoerigió en España como arquetipo de republicanismo disidente del consenso que legitimó, por medio del referéndum de la Constitución, la monarquía parlamentaria- distaba de ser un izquierdista. Tanto como distan ahora muchos capitanes mediáticos que compiten entre sí por su hostilidad a la Corona.

En cuanto al federalismo, no es tanto una ideología como una experiencia histórica de distribución constitucional de competencias. Del mismo modo que las Constituciones establecen una democracia abierta a la alternancia de gobiernos de distinto signo político –de derechas o de izquierdas o mediopensionistas-, la Constituciones federales se abren también a distintas hipótesis ideológicas, políticas y sociales. En los EEUU han sido posibles los gobiernos más rabiosamente conservadores, e incluso que éstos propugnasen una visión volcada a la devolución de poderes a los Estados en detrimento de la capacidad cohesiva o correctora que corresponde la Unión (“Washington”, Federal Government, como en Alemania el Bund). En la UE un alto número de Estados republicanos y/o federales (Alemania, Austria, Italia…) en los que las oleadas descentralizadoras han venido impulsadas por formaciones escoradas a la derecha.

¿Por qué cunde en tantos estratos de la sociedad española la percepción de que el republicanismo es de izquierda… y el federalismo también? Insisto: es éste un reflejo psicológicamente condicionado, mezcla de prejuicio y resabio, por la asociación específica que en nuestra historia han tenido las propuestas de uno y otro como motores de cambio en la oposición progresista al monarquismo centralista. Pero también, hay que añadir, por la anomalía distintivamente española que supone que en nuestro país la derecha se haya caracterizado por una resistencia al cambio rayana en el inmovilismo reaccionario.

Desde el Bunker y la caverna hasta llegar a la actual actitud mayoritaria en la derecha española, prima ahora y todavía una lectura cerrada y de la Constitución de 1978 que hace ya tiempo que perjudica la capacidad integradora que debería preservar la norma fundamental. Hace décadas que buena parte de la derecha española que no sólo no votó sino que votó no a la Constitución ha optado por confiscarla –aun sin haberla leído, o sin practicar sus valores- para agredir con ella, como si fuera un martillo, a cuantos estigmatizados como “herejes”, “desleales” o desafectos al régimen constitucional pretendan o propugnemos su reforma o revisión. Su cosificación y petrificación ha impedido a la Constitución –de la mano de la hegemonía conservadora en la política española, además de en los poderes económicos, financieros y mediáticos- mantener fresca, no ya intacta, tanto su fuerza vinculante como su adhesión afectiva ante segmentos crecientes de desafección ciudadana. No solamente en Cataluña, es obvio, sino en el resto de España.

Urge acometer el debate sobre la federalización del Estado de las Autonomías y la republicanización de la actual monarquía parlamentaria con seriedad en el manejo de las categorías. Tanto para afinar en la eficacia transformadora de las reformas constitucionales que tenemos el derecho y el deber de debatir –antes de que sea tarde-, como para ensanchar el espectro de los actores convocados a esta conversación, que llama a las generaciones vivas y a sus representantes políticos y sociales.

Va siendo hora de que la derecha española sepa hablar de federalismo y republicanismo como respuestas políticas dignas de ser discutidas, y cuyas propuestas concretas puedan prestarse a acuerdos en los que sus valores y posiciones distintivas puedan desempeñar un papel relevante. Como sucede en los países con más alto nivel de desarrollo político, ciudadanía, cultura cívica y calidad democrática.

Juan F. López Aguilar es catedrático de Derecho Constitucional y eurodiputado socialista