Votar es derribar los tópicos desmovilizadores contra el Parlamento Europeo

Las elecciones europeas del próximo 25 de mayo son, de lejos, las más decisivas que se hayan librado hasta ahora en toda la historia de la Unión Europea.

Vengo insistiendo a lo largo de estos últimos cinco años de agónica recesión -desde que entró en vigor el Tratado de Lisboa (diciembre de 2009)- en las razones que explican el peso que tiene hoy el Parlamento Europeo (PE).

Primera, porque decide por qué puerta de salida y cómo proponemos salir de la que ha resultado ser la peor crisis de la UE a lo largo de su historia.

Segunda, porque el PE es, por fin, legislador de la UE sobre competencias que impactan de forma directa en las vidas cotidianas y en las expectativas vitales de 500 millones de ciudadanos europeos.

Y tercera, porque la politización y la parlamentarización de estas elecciones europeas radica no solamente en la determinación del liderazgo de la Comisión Europea sino en su impacto en aquellos Gobiernos nacionales que, a rebufo de la crisis, más duramente han decidido ensañarse con el modelo social que ha distinguido a Europa. El mismo que tantos sacrificios ha costado construir y tan deliberadamente está siendo derruido.

No va a ser fácil restañar los daños ni reparar los descosidos. No va a ser fácil revertir los retrocesos infligidos, ni en Europa, ni en España. Pero si alguna esperanza hay a estas alturas de que nos devuelvan la UE que muchos echamos de menos, esa esperanza pasa desde luego por la restauración del crédito y la credibilidad de las alternativas que la ciudadanía pueda decidir en las urnas.

Uno de los mantras más socorridos para desmovilizar en las urnas a los electores -alejándoles, de la “funesta manía de votar”- consiste en prorrogar la imagen de un PE como “gran casa de consenso” donde no solamente no parecen evidentes las alternativas confrontadas sino que resultarían indistinguibles las orientaciones de voto de la derecha y la izquierda. Hace tiempo que este tópico no se corresponde con la verdad.

Así, escucharán decir una y un millón de veces que “el 70% de las veces populares y socialistas votan juntos”. No es cierto. En esta legislatura, al contrario, las líneas divisorias entre derecha e izquierda con las alineaciones de voto se han multiplicado y regruesado. Cierto es, y hay que saberlo, que la derecha lleva siendo mayoritaria en el PE durante los últimos 10 años. Los últimos cinco años, por cierto, de forma particularmente cruda y sañuda con los vectores sociales de la integración europea, esa mayoría del PP (flanqueada a su derecha por cada vez más escaños de extrema derecha populista, nacionalista y eurófoba) se ha traducido en un significativo número de derrotas de la izquierda en otras tantas causas. Éstas causas progresistas -derrotadas una y otra vez-están mayoritariamente vinculadas con la inclusión social, la integración de la diversidad, el respeto a las minorías o colectivos discriminados (por ejemplo, LGBT), y los derechos y libertades amenazadas por la globalización, ya sea ésta tecnológica (acuerdos de transmisión de datos) o, financiera o económica (acuerdos comerciales o de regulación del mercado de trabajo y la libre circulación de personas).

Pero hay que saber también que no podemos efectuar un análisis mínimamente serio de las alineaciones de voto de los grupos parlamentarios en el PE si no tenemos en cuenta al menos otros dos factores.

El primero tiene que ver con el objeto. Se trata del tipo de asuntos, expedientes y materias que se votan en el PE. Centenares de votos tienen todavía que ver con otras tantas materias de alto carácter técnico, obedientes a los condicionamientos de los procedimientos decisorios, cuya última palabra corresponde al PE (convalidación final de liquidaciones de cuentas; autorizaciones de partidas de gasto; apertura de negociaciones especificas; voto final de acuerdos diplomáticos, consulares o sectoriales con centenares de países terceros en todos los rincones del globo…). En este ámbito, la confluencia de voto de todos los grupos de la Eurocámara arroja la misma frecuencia que la que se registra en cualquier Parlamento Nacional (¿O es que alguien piensa que los nacionalistas o IU votan distinto que PP o PSOE una liquidación de la cuenta de una institución, una agencia, o un acuerdo consular con Bermuda o con Srilanka?)

El segundo tema tiene que ver con la especificidad del procedimiento legislativo en la UE. Debe saberse, es verdad, que el PE es, por fin, un órgano legislativo, pero también que su itinerario legislativo no es idéntico o replicante de ninguno de los que rigen en los diferentes Parlamentos Nacionales, sino marcadamente singular y específico. Existe en este procedimiento una primera lectura y mandato de negociación con el Consejo, (órgano intergubernamental que actúa como segunda Cámara Legislativa europea). En esta primera lectura, el papel del ponente (Rapporteur, en la jerga europea) es decisivo. Pero su objetivo ha de ser, cualquiera que sea el Grupo político del que procede, obtener la más amplia mayoría favorable. No sólo para no quedar personal y políticamente desautorizado como negociador por parte del PE ante la Comisión y el Consejo, sino para sumar para sus orientaciones el mayor respaldo posible. Y para enviar, con ello, un mensaje fuerte y con señal política distintiva y reconocible de cara a la fase posterior. Y, en efecto, esa fase posterior (a través del llamado “trílogo”, diálogo del PE con el Consejo en presencia de la Comisión) consiste en asegurar, tras la “posición Común” (General Approach) que debe adoptar el Consejo (por unanimidad o mayoría cualificada, según sea el objeto de que se trate), una segunda votación parlamentaria (que es la llamada “segunda lectura”). De modo que si esta segunda lectura contradice lo acordado en el Consejo, se iría a una tercera fase llamada de “conciliación” que sólo si se ratifica por la mayoría requerida por los Tratados pondría punto final al procedimiento legislativo europeo.

Pues bien, en la primera lectura el objetivo es, para todos los grupos igual, obtener una mayoría amplia (que pueda cosechar votos favorables procedentes del PP y del PS o lo contrario, según sea el ámbito decisorio o de confrontación en cada caso). En la segunda lectura (la más de las veces definitiva) es donde se produce la fractura entre el grupo de la derecha y la izquierda. Es ahí donde se registran las grandes divisiones de voto entre el PP y los socialistas en el PE.

Pero además, todavía hay otro factor condicionante adicional para desmentir el tópico de las coincidencias. Al igual que sucede con el ADN (los mamíferos compartimos más de un 90% de rasgos genéticos comunes) lo importante no son las coincidencias sino las diferencias, es decir, la discrepancia. A lo largo de los votos de esta Legislatura 2009-2014, PP y PSOE han confrontado, ampliamente divididos, en asuntos de claro contenido político y trasfondo ideológico: Protección de datos, espionaje de los EE.UU, ACTA, (derechos de propiedad industrial vs. Garantía de derechos de los usuarios de la red); inmigración; libre circulación de trabajadores con igualdad de trato de todos los trabajadores, procedan de donde procedan, residan donde residan; derechos de la salud sexual y reproductiva; portabilidad de derechos civiles y sociales (ej. Libre circulación de matrimonios del mismo sexo)… Las confrontaciones de voto de la derecha y la izquierda en este abanico de temas políticamente relevantes han sido una constante en el PE.

Insisto: para cambiar el estado de esta UE, que no nos gusta, no hay camino más seguro y efectivo que ir a votar con ganas el 25 de Mayo. Que no voten solo los eurófobos; ¡Votemos! Y seremos así, más -por fin, también en las urnas- los europeístas que echamos de menos la Europa que nos hizo mejores cuando nos hizo europeos.