Casa Real

Letizia nos da la espalda

De la renacentista anatomía real solo nos quedaba por ver la musculatura de su espalda, así que la Reina se puso a ello y eclipsó hasta al mismísimo Verdi en la inauguración de la temporada del Teatro Real

Doña Letizia en el Teatro Real

EUROPA PRESSDoña Letizia en el Teatro Real

Pongamos que hoy no es hoy, pongamos que vivimos los estertores del 2002, pongamos que no nos han pasado 20 años por encima. ¿Aceptaría la periodista Letizia Ortiz Rocasolano ser el florero que acompaña al rey? ¿Le parecería normal acaparar todos los titulares de la corte, esos que analizan al detalle y de los pies a la cabeza todo lo que se coloca la consorte real? ¿Entendería que su real espalda haya sido la comidilla de la inauguración de la temporada del Teatro Real? Seguro que no. La periodista se llevaría las manos a la cabeza y despotricaría de todo y de todos. “No hay nada más machista que fijarse en los modelitos de las mujeres. Y ellos, ¿qué? ¿De ellos no habláis?”, les diría a sus excolegas.

La periodista mutó en princesa de Asturias un 22 de mayo de 2004 y subió al trono diez años después, un 19 de junio de 2014. Al ver que no podía derrumbar ciertos muros, la Reina claudicó y decidió que ella sería el florero perfecto. Se propuso hablar al mundo a través de su imagen y protagonizar los titulares que antaño ideaba ella.

Lamentablemente, de aquella periodista reivindicativa, luchadora, segura de sí misma, ambiciosa, perfeccionista y controladora hasta límites insospechados, ya no queda nada. O sí. Su afán de perfeccionamiento y su espíritu controlador han crecido exponencialmente, lo que hace sospechar que bajo esa apariencia firme bulle un alma insegura que esconde cierto grado de falta de confianza y algunas dosis de ansiedad. Es de manual.

Letizia ya había dado muestras de la importancia que le atribuía a la imagen. Siendo princesa pasó por el quirófano y se remodeló el rostro. No le gustaba ni su perfil de nariz aguileña, ni su quijada.

Una vez cumplida su responsabilidad de dar un heredero a la corte, se consagró a una sola causa, ser el florero real perfecto. Para ello, además de documentarse y estudiar cada vez que asistía a un acto (siendo periodista para ella eso es una nimiedad), decidió modelar su imagen.

Entre la salud y la vigorexia

La Reina se montó un gimnasio particular en las cocheras de su residencia, tiró de un entrenador personal con el que trabajar a diario, salvo los días que la agenda real no se lo permitía. Desde entonces y bajo su dirección realiza, un día sí y otro no, ejercicios de curl de bíceps con pesas, barra o TRX. Juntos hacen pesas, cardio, incluso ha probado el boxeo. Para quemar calorías tira del spinning y está enganchada al yoga, concretamente al yoga Iyengar.

Dado su espíritu perfeccionista, ya se imaginarán que siempre ha sido súper disciplinada. Lleva años con una rutina inalterable. Se levanta con el alba y suele aprovechar las primeras luces del día para hacer algo de carrera por los jardines del Palacio de la Zarzuela. Letizia completa su preparación física con clases de zumba dominicales. Por lo visto, la profesora viene de un gimnasio cercano y a esas clases en el garaje asisten sus amigas, ya saben, la guardia pretoriana y antiguas compañeras de TVE.

Gracias a esta práctica continuada y a una genética privilegiada, la Reina presume de una figura tonificada con un nivel de grasa cero o menos cero. Unos pensarán que su cuerpo es “de escándalo” otros aborrecerán su enjutez. De carácter obsesivo, Letizia hoy roza lo que los especialistas han bautizado como vigorexia, un trastorno en el que las personas se obsesionan por su estado físico, afectando a su conducta alimentaria y a sus hábitos de vida.

Sea lo que fuera, Letizia no sabe lo que son las alas de murciélago, sus brazos surgen cincelados y ella, consciente, los luce como nadie. Sus hombros también afloran altivos y firmes, tanto como sus abdominales y sus oblicuos, aquellos que ya se encargó de insinuar con el vestido fucsia de Serendipia estratégicamente abierto por la cintura que lució durante un acto en Valencia la pasada primavera.

De la renacentista anatomía real solo nos quedaba por ver la musculatura de su espalda, así que Letizia se puso a ello y eclipsó hasta al mismísimo Verdi con un modelo malagueño de Miphai que ha colgado el cartel de agotado apenas 12 horas después de que la Reina lo llevara en público.

Ejercicios para conseguir una figura real

La espalda real ha provocado que las pantallas se saturen de especialistas que recomiendan ejercicios para conseguir una figura como la de la Reina. Da igual la cadena, tampoco importa el programa. Todos se han vuelto locos con el lomo de Letizia. Según ellos, con 20 minutos al día de ejercicios, ya sea con el palo de la escoba o con dos botellas de leche, las señoras de 50 pueden lucir los mismos músculos que su majestad. Lo cierto es que conociendo su rutina deportiva no sabemos si tras la jornada laboral, la intendencia familiar (compartida o no) y la economía (cada vez más mermada) sacaremos el tiempo suficiente para el culto al cuerpo. Cuando inventen jornadas de 48 horas puede que lleguemos a todo. ¿Quién sabe?

No se engañen, la supuesta perfección de Letizia nace de una aleación perfecta entre las prebendas reales y la vigorexia. Sus excesivas ansias de mejora la han llevado a rozar la obsesión y la desproporción. Ya saben, allí donde no está la virtud. Letizia no sabe de grises, lo suyo siempre pulula entre el blanco y el negro. Flaco favor está haciendo a la lucha por la igualdad, aquella que la periodista portaba como estandarte.

Esa devoción a la imagen la ha convertido también en una adicta a la medicina estética. A los 50 años, su semblante ha perdido naturalidad, su rostro rezuma exceso de ácido hialurónico y bótox, ha perdido el rictus y la naturalidad de antaño.

Por supuesto, Letizia cuida hasta el extremo su alimentación y la de toda su familia. La Reina es una de las más famosas seguidoras de la dieta del doctor Perricone, más conocida como la dieta antiedad.

La edad… ¡Por fin surgió la gran palabra! Por mucho ejercicio, por mucho bótox, vitaminas o ácido hialurónico, al final, el óxido del tiempo siempre nos gana la batalla. Y si no, amplíen la imagen de la tendinosa espalda real. A pesar de la crema con color y el brilli brilli, la edad asoma en forma de rugosidad.

Poco nos queda de la bella Letizia de antaño, su rostro y su cuerpo evocan al de miles de actrices de Hollywood ávidas de juventud. Como en el cuento de El traje del emperador, alguien debería decir a su majestad que llega un momento que resulta más saludable dejar que el óxido del tiempo nos esculpa libremente el físico en lugar de bregar contra la vejez.