El agua del Nilo inunda la diplomacia en África

No podía ser de otro modo. La decisión de Etiopía, cabecera crítica y nudo geográfico en las afluencias de cuencas fluviales convergentes, de embalsar gigantescamente las aguas del Nilo, lejos de su desembocadura, condicionaría el presente y el futuro de la capitanía egipcia del gran río africano, con su presa de Asuán, legado del tiempo de Nasser. Hasta hoy, el estado etíope dispone de libertad de iniciativa, tan cierta como condicionada a los derechos de sus concurrentes geográficos. Pero, lo que dibuja y define la pretensión etíope de embalsar para sí misma en un solo reducto hídrico, el caudal mayor del Nilo y sus afluentes con sus respectivas aportaciones de aguas, supondría de seguido el descenso más que brutal de los recursos de la citada presa de Asuán. Ello, a su vez, acarrearía un desplome en sus rendimientos de todo tipo: riegos, navegación y, por supuesto, generación eléctrica. Una conmoción continental en el mundo africano. De momento, no caben previsiones sobre lo que finalmente acontecerá. Así, según reza el título de esta nota, el agua nilótica, en sus diversos afluentes, ocupa no solo largos valles, sino toda opción a esa específica diplomacia en África.