El caso Navalny revive la cohesión frente a Rusia

La denuncia de la Canciller de Alemania del ensañamiento ruso con Navalny, el líder de la Oposición, se ha resuelto de momento en una escalada de adhesiones en el mundo occidental, iniciada en la Unión Europea y seguida por la OTAN, reeditando gestos y dinámicas de la llamada Guerra Fría. El envenenamiento del líder con novichok, una sustancia con virtualidades de muy alto efecto, está rediseñado esquemas de confrontación que parecían para siempre superados.

A estas alturas del Caso Navalny, socios de la Unión Europea y aliados de la OTAN se mancomunan y más allá de sus respectivas adscripciones nacionales, confluyen en un frente de conciencia histórica y ponen a Putin las peras a cuarto, rescatando del ayer un pacto antirruso que hace de los derechos humanos fórmula que viene a aposentarse de nuevo en las gradas de una historia y así, literalmente también, viene a resucitarse de nuevo como una constante sin alternativas ni variables a la vista.

Pero al fondo superior de esta dinámica subsiste un componente de muy principal y obligada referencia andando por medio Vladimir Putin el de la escuela suprema para los servidores del Estado, a la que éste ha consagrado su vida. Digamos el KGB: clave de continuidades totalitarias y servicios sin fin al Estado. Sin pausa y sin límites. Navalny ha sido una víctima más: la más sonada.