Instalación diplomática rusa en el norte de África

La turbamulta política internacional generada por la política exterior del presidente Donald Trump, especialmente en lo que respecta al temario de la comunidad atlántica de defensa, se ha venido a traducir traducir reiteradamente en una dinámica de progreso ruso y retroceso occidental en los ámbitos de confluencia geográficos. De una parte, en el Oriente europeo con el aborto de la occidentalización política ucraniana, seguida de la instalación rusa en la eternizada guerra civil siria, y ahora la instalación diplomática rusa en el norte de África dentro del marco de la también enquistada civil líbica abierta en el después del conflicto en el que perdió la vida el coronel Gadafi.

Pues bien, en el subsiguiente episodio bélico, resuelto en guerra civil donde combaten las dos partes en que se quebró el mundo gadafiano: una, la del general Haftar en la parte oriental, junto a la frontera egipcia, y otra, al oeste, en la que comparecen sin orden apreciable el revuelto de los muy plurales componentes del régimen gadafiano. Entre ambos contendientes, la Turquía de Erdogan comparece de la mano con la Rusia de Putin, no importándole ni mucho ni poco su condición de Miembro de la OTAN.

Pero a los occidentales -europeos o no- si nos debe importar que Rusia venga a sobarnos por cada uno de los puntos del perímetro terrestre. También nos resulta relevante que siga en la Casa Blanca el plutócrata que debiera gastarse en neuronas unos cuantos de sus millones.

De seguir como marchan los rusos hasta ahora, Mediterráneo adelante, habrá que cambiarle el nombre: de Nostrum a Vobiscum, con el huésped de la Casa Blanca