El “G7” abrió un cambio de escenario internacional

Aunque una cosa sean los propósitos y otra lo que éstos traigan consigo, lo cierto es que lo habido en el foro de Biarritz con la iniciativa de mediación del presidente Macron cerca de Donald Trump y del régimen iraní, de una parte, y de otra, entre entre el presidente ruso Vladimir Putin y la canciller de Alemania para abordar el tema de Ucrania, por la anexión de Crimea y las latencias bélicas en el oriente de esta república europea, determinantes de la expulsión rusa de este foro internacional.

Aunque de otro punto, abierto está también para Europa el incumplimiento por parte de Moscú de los Acuerdos de Minks, con los que se pretendió cerrar del todo el estado de cosas generado por Moscú en su presión anexionista sobre Ucrania, causa de las sanciones a la potencia rusa. Y todo ello generado, a su vez por la apertura del Este postsoviético de Europa oriental hacia la UE.

De algún modo, el estado de cosas provocado por la guerra de Crimea, llegó precedido por la reacción rusa en la orilla oriental del Mar Negro contra la sintonía con Occidente en su doble versión, bruselense y desde Estados Unidos, componiendo todo ello un síndrome propio de lo que, según Putin supuso, como “catástrofe”, la desaparición de la URSS.

Esa mar histórica de fondo quebró la estabilidad del entero espacio ucraniano de definido por la previa y propicia política de Kruschef. El detonante de esa ruptura fue Putín con su dicha interpretación de la desaparición de la URSS. Y es precisamente el significado histórico de este personaje lo que cuestiona la viabilidad política el otro punto de apaño planteado por el presidente francés, junto al arreglo irano-americano. Todos los cambio internacionales, obviamente no son posibles al mismo tiempo. Especialmente, el de retornar al foro en cuestión a Vladimir Putin.