Otro solar para el imperio con Trump

Bastante menos que una mera pata de banco entre las tantas en las que suele incurrir el presidente Donald Trump, que se destetó en las lides del poder desde los negocios inmobiliarios, ha venido a resultar su aflorada idea de pujar, para Estados Unidos, por la compra de la megaporción del mundo atlántico que supone o representa la mole hiperbórea de Groenlandia, equivalente a cuatro veces la superficie de España.

Esta iniciativa trumpiana de adquirir tal macroespacio, para llevarlo al territorio estadounidense, dispone de precedentes tales como el de 1803 con la compra a Francia de la Luisiana, por 15 millones de dólares; el de la adquisición, en 1887, de Alaska al Estado ruso, y, ya en 1946, por el presidente Truman, con la compra de Islas Vírgenes.

Tales hitos pertenecen a otros momentos del imparable crecimiento del poder norteamericano en el concierto mundial. Bien que correspondiendo tal dinámica a un proceso susceptible de llamarse “monofásico” o propio de un sólo origen causal. Pero en la actual tesitura histórica el proceso de cambio para el ajuste a las nuevas claves geopolíticas, se expresan en una pluralidad de frentes, aunque el origen sea singular y único: el propio Donald Trump, en su denuncia del Pacto Nuclear con la República Islámica de Irán, suscrito en 2015 con los Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania.

Tal fractura de la globalidad diplomática que supuso el desplante de Trump contra el Pacto de 2015, suscrito en la Presidencia de Obama, se ha traducido, por su propia naturaleza, en efectos estructurales, expresados en dinámicas de alcance estructural, como las expresadas en el Golfo Pérsico con los episodios en torno al Estrecho de Ormuz: ámbito por el que es transportado el 20 por ciento del petróleo extraído en el mundo.

Pocos factores como los derivados del mundo de la energía son de Impacto tan relevante en los equilibrios internacionales y, por ello mismo, en la relevancia de sucesos geopolíticos como el destino soberano de espacios como el de Groenlandia. Una esclusa geopolítica de primera magnitud.