Trump quiere ir de compras

La extrañeza por la idea del presidente Trump de dirigirse al Gobierno de Dinamarca para ofrecerle la compra de la isla de Groenlandia, probablemente cuando visite Dinamarca a primeros del próximo septiembre, es de una lógica poco menos que obvia.

No se trata de la compra de un solar más entre, los muchos adquiridos en su pasado profesional en el mundo inmobiliario, con el atenuante, de que el territorio en cuestión sea un helado de ingentes cantidades de hielo y de que el tema haya aflorado en el vértice de la canícula estival.

Tampoco la cosa estriba en que operaciones de compra de territorios sea cosa sin precedentes en la ejecutoria internacional de EEUU. Ahí está la compra de la Luisiana a Francia en 1803; la de Alaska a Rusia y la de Filipinas a España, además de otras operaciones similares. La singularidad de la eventual oferta a Dinamarca sobre Groenlandia estriba en lo numeroso de la población danesa que la habita y el peso político y complejidad sociológica de las actuales poblaciones europeas.

Pero otro aspecto de esta comunidad danesa, de relevancia considerable, es lo que puede representar el clima de enfriamiento atlántico a que está llevando la reticencia de Trump en el seno de la OTAN.