Una desventurada visita presidencial

Me refiero, naturalmente, a la cursada por el Presidente Donald Trump a la localidad texana de El Paso, tan paredaña a la vecina México como su propio nombre sugiere, escenario de la masacre perpetrada por un joven norteamericano llegado al lugar al cabo de diez horas de carretera y una fijación criminal – pareja en un parigual suyo – por escenario semejante, con víctimas pariguales y también en los EE.UU.

Una y otra matanza, que los lectores conocen, son la razón y causa de la visita cursada este miércoles por el presidente Trump al escenario de ambos crímenes , tan vomitivamente sectarios y racistas. Unos hechos amasados, en lo moral y político, con responsabilidades presidenciales. El desprecio racista tan expreso, de una parte; y de otra, su defensa del libre comercio de armas de fuego, son cargas políticas y morales que rebozan de inoportunidad la presencia física del presidente en los escenarios de estas dos tragedias padecidas por la democracia estadounidense.

Dicho lo cual debe reconocerse, sin embargo, que el presidente no tenía más remedio que comparecer y que pechar con la vergüenza y el sonrojo.