Sigue la danza coreana de Kim y Donald

Nunca la crónica de una aproximación efectiva entre las las dos partes de una enemistad a fondo, zanjada con miles de muertes, y odio a pachas por generaciones, se había visto precedida primero y pautada luego por un triduo vesperal como este en que se ven los respectivos vértices de lo que puede, finalmente, reducirse a una comedia de cálculo y meras fantasmagorías destinadas al mercado de la ficción y la picaresca diplomática.

No cabe pensar en razones de propaganda en lo que se refiere a las utilidades que Kim espere obtener de esta danza de encuentros en el exterior y visitas a Norcorea por parte del presidente Trump, puesto que la masa destinataria de tales liturgias no las necesita para nada. Pero, al contrario, el ciudadano norteamericano, a estas alturas, ya se encuentra incurro en vísperas de urnas, de urnas electorales, para lo que pesa en contra la impertinencia electoral de las pruebas balísticas de Kim, así como las realizadas, al parecer también con explosivos.

Utilidad añadida para la renta de imagen norteamericana cabría rastrearla en el potencial de indiferencia que se desprende frente a sus concurrentes internacionales de Occidente, en el sentido de que la primera potencia del mundo, en lo político y lo militar no necesita a nadie para absolutamente en esta suerte de doma diplomática y política.