Donald Trump, el desestabilizador

Se tuvo siempre, casi como evidente, que la contribución al orden y la paz internacionales era poco menos que imperativo categórico para los gobernantes, moralmente proporcional al rango de poder representado por el Estado cuyo mando ostentaba. Imperativo que acentuaban los casos de los regímenes institucionalmente concebidos como democracias de naturaleza representativa, dentro de la cultura europea y también cristiana. Pero cierto es también que tal concierto de referencias en la moral de los comportamientos internacionales de los Estados han coexistido con otros códigos y órdenes de referencias políticas, morales e ideológicas.

El debate y la polémica llegan cuando cuando quiebra la coherencia entre lo que se hace y lo que se dice en el correspondiente estandarte, para cuestiones de fondo como en términos formales. Vienen a cuento estas disquisiciones por la insistida trayectoria del actual presidente de Estados Unidos en sus desistimientos de Acuerdos internacionales sobre materias como el Cambio Climático, o contra la proliferación de armas nucleares – que se suscribió con la República Islámica de Irán. Pero la cuestión trumpiana, sus disensos con las pautas y cuidados para los consensos internacionales sobre lo que parece convenir a la paz del del mundo, sobrevienen en otros supuestos de hipertensión y conflicto, como ha sido la reactivación de la tensión con China, cuando la “guerra comercial” se había superado, con una reactivación plenaria con Foromosa de doble filo: suministros militares por 2.000 millones de Euros y visita a Washington de la presidenta de la Isla disidente y resultante nacional de la guerra civil perdida por Chiang Kai Shek.