La inquietante llegada al post-ecologismo

Cuando puede entreverse la aproximación a lo que parece una tregua de la beligerancia en la tensión política entre el discurso del presidente Trump, que rompió de modo unilateral el pacto antinuclear de 2015 con la República de Irán; tensión que dio paso a un calentamiento geopolítico en el Golfo del Petróleo, con el envío de una gran flota estadounidense hasta el Mar de Omán, en la embocadura del Estrecho de Ormuz, con atentados a petroleros de aliados de Washington en el Golfo. Justo cuando despunta una mediación nipona y con ello la posibilidad de una transición a nuevos horizontes de Teherán con Washington, en los que podrían incluirse negociaciones sobre la fabricación iraní de misiles de alcance medio. Cuando todo eso ocurre, se abre un debate de fondo sobre el disenso también estadounidense, respecto al Acuerdo Internacional sobre el Cambio Climático.

En ambos debates, preciso es decirlo, los respectivo disensos iniciales son de autoría Trumpiana. Y desde uno y otro crujido, es obligado advertir de que la brotación de uno y otro problema global tienen también paralelo y compartido origen. Ni cabe renunciar al consenso internacional sobre las armas nucleares ni, tampoco, al reconocimiento de que la defensa del clima es un imperativo planetario. El post-ecologismo, como pérdida unánime de conciencia, debe considerarse ceguera crítica, abismo, para nuestro mañana colectivo en el universo.

Por fortuna para la población humana, a contracorriente de la retirada del Acuerdo de París sobre el Clima, son 185 Estados que lo ratificaron, y Rusia se cuenta entre los que declaran su propósito de hacerlo, aunque EE.UU. para consolidar la deserción, tendría que mediar la reelección de Trump y que éste insista en repetir lo que hizo. De ahí que una eventual destitución que se lo llevara por delante, pudiera ser providencial para el futuro del Planeta.