Japón, una muleta para Donald Trump

Una muleta para la lidia del toro persa con el que se encerró en el Golfo del Petróleo, tras denunciar el Acuerdo con la República Islámica de Irán para que ésta renunciara a su programa de enriquecimiento de uranio, plegándose a la veda de las armas nucleares en lo concerniente a su difusión. La marcha atrás norteamericana en tan crítica cuestión internacional, como no podía ser de otro modo, acabó por generar una crisis internacional de semejante envergadura a las causas político-jurídicas que la provocaron.

Quiso el hombre de la Casa Blanca que el régimen islámico de Teheran se atuviera a lo pactado en el Acuerdo antinuclear, por más que él se hubiera retirado de ese mismo acuerdo internacional, exigiendo así que no volviera al enriquecimiento de uranio, práctica que inició secretamente en su día porque estaba prohibida por la Ley Internacional. La presión estadounidense dañó profundamente las exportaciones iraníes. Y de ahí en adelante, el problema, además de afilarse, se expandió, al involucrar en el conflicto del Golfo del Petróleo a partidarios o aliados de una y otra parte. Como como ocurrió atentados con cargas explosivas contra petroleros saudíes y otras banderas aliadas de Norteamérica.

Pero la dinámica de bipolarización, por fortuna, parece haberse detenido con la entrada en escena de un factor de intermediación como parece ser el Gobierno japonés. Hasta la llegada del vértice del conflicto trazado por los ataques a los cargueros, la tónica estuvo marcada por la arribada de la flota estadounidense hasta la embocadura próxima al Estrecho de Ormuz, sobre un hipotético fondo de choque bélico en el Golfo Pérsico. De ahora en adelante, con la presencia -digamos “mediadora”, de Shinzo Abe, Primer Ministro de Japón, instada por Donald Trump, para una “Cumbre” con Irán, el conflicto parece haber dado un giro de 180 grados. Ningún símbolo puede expresar mejor en armas lo antinuclear que el que esgrime los muertos de Hiroshima y Nagasaki.