Contrapunto ruso/chino al divorcio atlántico

La embestida de Donald Trump a la Alianza Atlántica, ejecutada al aire de la evocación del Desembarco aliado de Normandía, se ha visto replicada por la exaltación de la sintonía ruso-china en San Petersburgo, dónde Xi Ping, la primera autoridad de Pekín, en una entrevista a la Agencia Tass, califica al presidente Putin de “amigo del alma”, en una suerte de síntesis y compendio de lo mucho que significa el hecho de que se hayan reunido hasta 30 veces en el curso de seis años, dato que Vladimir Putin califica de “vínculo bilateral sin precedentes”, a lo que añade en el mismo escenario del encuentro de su agigantada relación geopolítica, “no hay límite para el perfeccionamiento de nuestras relaciones”.

Si resultante poco menos que estructural del talante y la inverecundia histórica de Donald Trump ha sido esto que en lo político-militar es el “Nuevo cisma de Occidente”, también a la misma causa se debe la guerra comercial emprendida por Estados Unidos con China por vía del incremento en sus aranceles sobre productos de 200.000 millones de dólares contra el gigante tecnológico de Asia.

Una cosa y la otra, salidas de la misma mano trumpiana, han venido a trastocar condiciones capitales de los equilibrios geopolíticos en el orbe atlántico y en el bloque eurasiático. Cambios que a  corto plazo pueden dar de sí lo menos deseable y más inesperado.