Trump asimila el estatus de Irán al de Corea del Norte

Justo al aire de las sanciones establecidas contra la República Islámica de Irán, por efecto de la retirada norteamericana del Acuerdo internacional de 2015, para el abandono iraní de su actividad de enriquecimiento da uranio destinado a la fabricación de armamento nuclear -actividad prohibida por las leyes internacionales – y al tiempo que manifestaba su disposición para abrir una vía de contactos directos con los dirigentes iraníes, se venía a establecer un giro político de primera magnitud para la relación actual entre ambas partes, puesto que las sanciones aplicadas a la economía iraní, principalmente en lo que toca al petróleo, son de una gravedad poco menos que insuperable.

El estrangulamiento económico de la República Islámica de Irán, al establecer sanciones a quienes compran su petróleo, es de una tal violencia que participa de las condiciones tan duras como una guerra. De tal manera es poco menos que posible entender que el régimen de Teherán se avenga a la aceptación de cualquier tipo de contacto si, de modo previo, la primera potencia mundial no remueve por su propia raíz su actual premisa.

Pero, de otro punto, el cambio de relación entre Washington y Teherán habría de contar con la aceptación política de la Federación Rusa y de la propia China, tan sustancialmente atada ésta a los suministros del petróleo persa, de una parte, y de otra a la propia tensión comercial en que se ve envuelta con Estados Unidos.

Asimismo es también de considerar la propia aceptación israelí de un cambio del régimen de interlocución entre Washington y Teherán, desde los actuales términos históricos – de ontológica incompatibilidad- al clima de entendimiento y dialogo propuesto propuesto ahora por Trump a la República Islámica como alternativa. Como interlocutor, Norcorea es sólo un asteroide en Asia, mientras que Persia, con el Islam chií, es tanto como un universo dentro de ese mismo continente.