Corrimientos de carga en el Caribe y el Mar Egeo

Al aire del anuncio estadounidense de que pedirá a Rusia que salga de Venezuela…, Juan Guaidó, presidente interino de este hipertenso ámbito de soberanía hispánica – cuyo destino independiente, soberano, representado por Guaidó – endosan más de 50 democracias occidentales – anuncia que la Asamblea Nacional, en cualquier momento, podría dar paso al consentimiento de una acción norteamericana en Venezuela.

Cabe afirmar que en el plazo de los últimos meses nunca se había ido tan lejos en la definición de planteamientos potencialmente tan precisos en el orden de las conclusiones operativas. Cuando Donald Trump y Vladimir Putin emplean más de una hora de conversación telefónica, como la revelada días atrás, no es para intercambiar chismes ni para gastarse bromas, sino para despachar arreglos en cuestiones que, por saturación dialéctica, no admiten demoras ni soportan olvidanzas.

Se trata de tráficos de compensación sobre paquetes temáticos. Por ejemplo, la cuestión del Mar Negro, con la anexión de Crimea y el puente levantado entre esa península y el territorio ruso, junto con la cuestión de la entera Ucrania y sus provincias orientales, envuelto en la bolsa confusa de los Acuerdos de Minks. Eso, de una parte. Y de otra, el asunto del Caribe, con el feudo soviético de Cuba y el protectorado ruso con la dictadura rusa de Nicolás Maduro y el endeudamiento chino con la tralla pequinesa en Nicaragua para otro canal interoceánico y paralelo al de Panamá. Es demasiada y muy compleja la carga para que ésta no se corra y se desplace.