Interludio coreano en la tensión venezolana

En la versión oficial de la Casa Blanca sobre la dilatada conversación telefónica entre el presidente Trump y su parigual de la Federación Rusa, Vladimir Putin, apenas se precisa sobre lo conversado a lo largo de más de una hora la mera referencia al temario. Se omiten, sin embargo, los pormenores de los epígrafes entre los que figuran la cuestión de Corea del Norte y la de Venezuela, con sus modificaciones de paisaje político de tono mayor, en la medida que el factor militar se ha convertido a estas horas en elemento de importancia capital no sólo en el ámbito venezolano sino en el conjunto geopolítico centroamericano, con el aplazado desenlace de la crónica nacional cubana y el encelamiento estratégico chino en una réplica nicaragüense del Canal de Panamá.

Con un paisaje de fondo subyacente al escenario de la actualidad que cursa en Venezuela, luego de incorporarse a la misma Juan Guaidó, el representante de la Asamblea Nacional secuestrada por Nicolás Maduro  con su golpe de Estado, no cabe desentenderse de los graves términos de responsabilidad internacional que afectan a la primera potencia del mundo al cabo de los derroteros por los que  el chavismo ha llevado a Venezuela. No es cosa de trasnochado monroismo el que Trump o cualquier otro presidente estadounidense se decida a tomar cartas en el asunto. Tampoco sería cuestión de mirar a otra parte  cuando la Rusia postcomunista meta baza  en el equilibrio  y la seguridad de Venezuela y del mundo centroamericano.

Cuando un consenso internacional de 60 Estados apoya la causa que representa Juan Guaidó se dan las condiciones suficientes para que Estados Unidos asuma el riesgo de pechar con  los precio político que estime necesario y oportuno. Para América entera, la Venezuela de Nicolás Maduro representa un riesgo sistémico. Carece de toda base legal porque procede de un golpe de Estado de la peor de las especies: del asalto frontal a una de las más limpias y rotundas victorias  en las urnas de una mayoría nacional. Convirtió en mayoría constituyente la derrota suspendedora que le infligieron los votos opuestos, obligándole a un referéndum de revocación.

Los riesgos diplomáticos para Trump, y para todo gobernante de una gran potencia, es obligado asumirlos. Al peso de la púrpura sólo se renuncia al precio de una traición y al coste, según los casos, de una responsabilidad histórica, como la patentizada en este interludio coreano en la espera esperanzada del estafado pueblo de Venezuela.