Putin explota el cambio político en Ucrania

Es una explotación en términos de política territorial de continuidad, mediante la anexión de Crimea, conforme lo practicado previamente, en la campaña militar de Georgia, con el régimen establecido en Abjasia y Osetia del Sur, y de acuerdo con la consideración putiniana, previamente establecida, de que el final de la URSS fue una “catástrofe geopolítica”. No hay, pues, contradicción ni hiato alguno en ninguno de los pasos o fases de las actuaciones de la Rusia de Putin, en todo el proceso ucraniano desde que la Unión Europea y la OTAN se definieran positivamente ante la voluntad de adherirse por parte de los ucranios; del mismo modo que previamente lo habían hecho los georgianos.

Establecidos los precedentes de tal modo, como eslabones de una cadena – la del discurso histórico de Vladimir Putin – no cabe llamarse a engaño. Corresponde todo a un desarrollo coherente y sin desviación; los cambios son únicamente de ritmo. Pasada una fase, una coyuntura, sobrevienen otras. Así, y siempre en este caso de Ucrania, pasada la crisis bélica, los choques armados entre el Ejército de Kiev, en las tierras orientales y el conglomerad formado por separatistas del levante ucranio reforzados por apoyo militar ruso, se llega a los Acuerdos de Minks, una suerte de alto el fuego que incluye sanciones económicas a Rusia desde la Unión Europea, y vuelta a empezar, tiempo adelante, con la cuestión del puente entre la península de Crimea y la costa rusa, con lo que se refuerza, por vertebración con cemento y hierro, la fagocitación rusa del espacio anexionado. La deglución geopolítica del territorio peninsular es una constante que se reitera. El Mar Negro oficia para el desove del atún rojo y como atalaya rusa sobre la cuenca mediterránea, apoyada en el estribo sirio de la base naval de Lataquia. Este Putin, anfitrión ahora del Norcoreano en Sebastopol, no para en sus evocaciones de la extinta URSS y en su explotación geopolítica de la desventurada Ucrania.